El silencio ya no es una opción

El silencio ya no es una opción

Hacía unos días aparecía en el debate sobre el acoso sexual y las violencias machistas un manifiesto contra el Movimiento Me Too firmado por 100 mujeres francesas. Admito que al principio no quise dar más protagonismo a dicho texto, sin embargo, las circunstancias y la importancia que se le dio me ha empujado a hablar sobre ello.

Si me preguntan por qué no quise hacer caso a dicho documento contestaré que no me parece lógico y tampoco, en aquel momento, algo conveniente. Ese manifiesto estaba contaminado y podrido desde su misma redacción.

Desde los medios generalistas se vendió la aparición de ese texto como un documento apoyado por cien mujeres intelectuales, marcando un componente de clase importante, evidenciando así una distinción entre las mujeres que a su modo de ver son “intelectuales” y las que no. Dando a entender que el testimonio u opinión de mujeres de mayor formación tiene más peso y más válidez que el de otras. Sin embargo, cabe destacar que el hecho de etiquetar a alguien como intelectual tiene mucho debate detrás, y más cuando hablamos de personalidades como las que firman estas declaraciones…

¿Qué hace a la prensa destacar a las mujeres como intelectuales normalmente? ¿Cuántos titulares, artículos o reportajes se dedican a mujeres intelectuales? Normalmente son pocos o inexistentes, cuesta mucho destacar a la mujer por su inteligencia, esto no se puede negar… Nuestras capacidades, sobre todo intelectuales se hayan siempre en segundo plano – por si en algún momento pudiese cuajar un referente cultural en el que otras se vieran reflejadas o inspiradas-. En este caso, y en mi opinión, se empleó dicha categoría para legitimar un escueto y terrible texto que firmaban tan sólo cien mujeres, frente a una oleada de cientos de miles de mujeres a lo largo del mundo, que defienden el “Yo también”.

Es simple, al sistema le parece perfectamente lícito deslegitimar la palabra de una gran ola de mujeres con la de una centena… Es el argumento que estaba esperando. Las buenas hijas del patriarcado habían hecho su trabajo.

Conste por adelantado, que yo soy de las que piensan que no se ha de juzgar a las mujeres por tener comportamientos machistas, ni tampoco por seguirle el juego… A fin de cuentas nos educan, condicionan y dirigen para eso, y por supuesto, para de esa misma manera, compitamos entre nosotras. Especialmente a nivel moral, así seremos las mismas mujeres las que nos reprendamos entre nosotras mismas, y del mismo modo, las que sigan el mandato de género las que encarrilen a las rebeldes… Es lo que ha pasado en este caso. Sólo que las rebeldes no pretenden seguir obedeciendo ante un sistema desigual.

Han sido mujeres las que han defendido ideas tan machistas como el acoso en sí. Como la razón y la naturaleza que dan lugar al acoso y la violencia sexual: la desigualdad, el patriarcado. Aunque siendo mujeres, y teniendo en cuenta el avance que ha supuesto para el progreso el feminismo, se han visto en la obligación de reconocer cosas básicas como que la violación es un hecho deleznable y punible. No obstante, no han podido dejar de caer en la trampa que a ellas mismas las envuelve. (Y esto no es una acusación que culpabilice, sino la expresión de la realidad misma).

Se han olvidado de hacer una lectura del curso que siguen el acoso y la violencia. Y es que cuando un hombre persiste en su intento por convencer a una mujer de que debe cambiar un “no” por un “sí” , lo que sigue es una violación a su intimidad, su integridad y un ataque sobre su derecho a ser respetada como individua en la sociedad. El derecho que se nombra “a flirtear” no existe, “flirtear” no es algo que entienda que haya que tipificar legalmente, pero sí existe un derecho universal que recoge la Declaración Universal de Derechos Humanos:

“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.”

En arreglo a eso debemos entender que existe el derecho a que los hombres respeten la voluntad de las mujeres y sus negativas de manera legítima, puesto que sus decisiones en este campo afectan posteriormente a su seguridad, a la gestión y libertad sobre sus cuerpos, asi como al derecho a vivir en paz y libre de violencias y ataques. Ello quiere decir que las mujeres tenemos el poder de consentir, como hacemos en muchas ocasiones y cuando así lo decidimos, pero también a no consentir.

Y es que cuando un hombre persiste en su intento por convencer a una mujer de que debe cambiar un “no” por un “sí” , lo que sigue es una violación a su intimidad, su integridad y un ataque sobre su derecho a ser respetada como individua en la sociedad.

Por desgracia la sociedad patriarcal en la que vivimos y el sistema que lo articula señala no sólo crea leyes injustas destinadas a cuestionar automáticamente el testimonio de las mujeres, sino que también da lugar a un conjunto de normas culturales que defienden el derecho de los hombres a actuar de la mano del privilegio que les otorga su género sobre las mujeres. Construyendo así una desigualdad que en situaciones que implican sexo o afectos conducen a las mujeres a una situación de peligro, puesto que su palabra se inválida.

El hecho de importunar a alguien puede darse, pero ante una negativa, debemos comprender que el seguir insistiendo constituye un ataque ante la libertad de la persona que no quiere entablar relación con la otra. La libertad sexual, al igual que cualquier otra libertad, se basa en el derecho a decidir, y ahí las mujeres han de tener el mismo derecho a decir que sí o que no. Lo que este texto viene a defender es que los hombres tienen poder para establecer cuándo podemos ejercerla y cuando no.

La libertad no es relativa, es un valor potencial y bruto, que ha de tomarse como es. El acoso afecta directamente a las normas que establece una mujer sobre su cuerpo, y su cuerpo ha sido y es constantemente empleado y moldeado al servicio del sistema de maneras muy diferentes. Es por ello que cada mujer pone sus normas, y nadie tiene derecho a cuestionar esas normas. Esas reglas se basan en vivencias, convicciones o ideas, y han de ser respetadas.

Cada llamada a saltarse estas normas, como es el caso de este manifiesto, es un apoyo más al ataque contra la integridad y seguridad de las mujeres, no porque ellas sean más o menos liberales sexualmente, -juzgar la sexualidad de cada cual está muy anticuado y fuera de lugar-, sino porque son simplemente libres de decidir.

Y en ese punto sobre el juicio hacia la libertad sexual el texto ha señalado el puritanismo dentro de las consecuencias del “Me too”, comprendiendo que la visibilización y denuncia de los acosos y abusos sexuales son algo que nos convierte a las mujeres que lo hacemos en monjas de clausura con voto de castidad. Pero nada más lejos de ello, posiblemente cuando las mujeres sufren un episodio de acoso, es cuando se manifiestan sus límites: cuando dicen “no” y no se respeta su “no”, posteriormente se reafirman más en su negativa, no en resignarse a que eso sea algo que deban tolerar.

Concienciar en el consentimiento es un deber social, el consentimiento se nos ha negado durante milenios, y se nos sigue negando a día de hoy. No debería por tanto existir o fomentarse una cultura del silencio que enseñara a las mujeres que tolerar comportamientos sexistas está bien, o que rechazarlos y plantarles cara les convierte en unas “estrechas”. No queremos seguir aceptando que cuando una mujer denuncia condena al hombre, porque el hombre se condena sólo al cometer un acto de abuso. No queremos seguir aceptando que nuestra palabra y voluntad tiene menos peso por nuestro género.

Sea como sea nuestra apariencia, nuestra forma de actuar, expresarnos, bailar, hablar… ninguna mujer tiene que soportar comportamientos que la incomodan. Por ello, comparar la caza de brujas a la condena de la violencia sexual es una falta de respeto hacia la historia de las mujeres y su persecución y masacre por parte de las instituciones machistas. No hay sentido para tal símil, sólo uno: que la superstición es muy peligrosa. Y este manifiesto de cien personas frente a miles, representa la superstición entorno al mito de que el patriarcado no existe.

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