DESTAPE 3.0

DESTAPE 3.0

 

Nochevieja. Otra vez las mismas disquisiciones de siempre sobre quién dará las campanadas o con qué vestido. O, más bien, desvestido. Más de lo mismo. Pero con un plus. Este año parece que quería ser distinto.

Lo primero que me llamó la atención es ver las declaraciones de cierta nocheviejera de pro acerca de su indumentaria. Y me dejaron de pasta de boniato. Que iba a llevar un vestido super-feminista. Super-feminista. Si me pinchan no sangro. Aun estoy dando vueltas cómo puede ser un vestido feminista, y más aún si lo es en grado súper. Y hasta llegué a preocuparme pensando que lo estoy haciendo todo mal, que soy una feminista de pacotilla porque no tengo la vestimenta adecuada. Menos mal que me duró poco.

Con todo el respeto, creo que tenemos un pequeño lío. Que no todo lo que hagan o lleven las mujeres es feminista. Se trate de un vestido o unos guantes de boxeo. Y es que lo femenino no es lo feminista, aunque se pueda ser las dos cosas a la vez, sin necesidad de echar mano del estereotipo de que las mujeres somos capaces de simultanear varias cosas al contario de los hombres

Dicho esto, vayamos al vestido de marras. Salir en la tele medio en cueros, por más que sea a base de estrellitas y brilli-brilli, no es feminista. Como no lo es salir vestida de lagarterana ni disfrazada de Robocop. Porque en primer lugar, las filas feministas quedarían reducidas ostensiblemente. Si la que suscribe ha de ponerse semejante cosa, paren el tren del feminismo que me bajo. Y si lo hiciera y me colocara el uniforme propuesto, tal vez se bajarían de ese tren muchas personas, porque menuda pinta me gastaría, a mi edad y con mis lorcitas, con el cariño que les he cogido.

Ponerse lo que a una le venga en gana es un síntoma de libertad, sin duda. Pero de ahí a que hacerlo sea ser feminista dista un mundo.

Pero, bromas aparte, a mí semejante arrebato me trasladó a una época no tan lejana, esa época donde empezaba el destape y parecían confundirse hormonas y neuronas después de tanta represión como se sufrió en este país. Desde el anuncio de los limones salvajes del Caribe, en que por vez primera se adivinaba en televisión un pezón -aunque tuvieras que pegarte a la pantalla para pillar el momento del salto de la chica- a las películas de Esteso y Pajares donde, viniera o no a cuento, había que sacar un par de tetas para asegurar el éxito en taquilla. Recuerdo a mis padres comentando aquello de que siempre decían que era por exigencias del guión, y que nunca entendí qué guión podría exigir que alguien se desnudara para dar los buenos días o freír unos calamares. Y quizás son cosas mías, pero esto me pareció un poco igual. O un mucho.

Ponerse lo que a una le venga en gana es un síntoma de libertad, sin duda. Pero de ahí a que hacerlo sea ser feminista dista un mundo. Porque igual que las musas de Los Bingueros o Pepito Piscinas, el papel de las mujeres no es demasiado airoso ni igualitario. Se trata, entonces como ahora, de relegarnos al papel de meros adornos para goce de otros, aunque sea a pretexto de usar nuestra libertad. Y quizás ni eso. Porque habría que ver cómo se ponían los responsables de la cadena si la presentadora les hubiera dicho que, en uso de su libertas, quería salir con escafandra. O si en vez de una chica joven y de carnes prietas fuera una señora bajita entrada en años.

para un verdadero discurso igualitario no hace falta un desvestido con poca tela y muchas lentejuelas. Bastaba, como hizo José Mota con Garbiñe, con un chándal y una parodia inteligente.

No, señora. El guión no exigía exhibirse como una vedette de luxe, como no exigía a las actrices de los 70 enseñar las tetas para dar los buenos días o freir calamares. Otra cosa es que decidieran hacerlo porque si no no habría película ni guión. Y ahí la libertad empieza a naufragar. Y el feminismo ni les cuento.

Otra cosa es el discurso. No voy a negar que me parezca bien que se haga un alegato contra la violencia machista. Aunque viniera de alguien que un año antes decía que no le importaba el sexismo y que era cosa de cien años atrás. Pero para un verdadero discurso igualitario no hace falta un desvestido con poca tela y muchas lentejuelas. Bastaba, como hizo José Mota con Garbiñe, con un chándal y una parodia inteligente.

Pero igual soy yo la que ando equivocada, que nunca se sabe. Eso sí, no esperen que busque mi vestido feminista como el de ella, por más que le guste a Pepito Piscinas. Me va más la escafandra. Aunque sea con tacones, por supuesto.

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