Deseo de año nuevo de una feminista

 

Hace doce meses comenzábamos 2017 con una descorazonadora estampa. Donald Trump era investido presidente de los Estados Unidos. Un agresor sexual, misógino hasta la médula, ganaba las elecciones para convertirse en “el líder del mundo libre”. El hombre que se refería a su rival político, Hillary Clinton, como “una mujer despreciable” y que alardeaba de acosar sexualmente a mujeres con total impunidad llegaba a la Casa Blanca. El mensaje era claro. Todos aquellos hombres que acosan, maltratan, y deshumanizan a las mujeres, tenían por fin un representante político que abiertamente validara y autorizara este vil comportamiento. Las mujeres también aprendíamos una lección: no importa lo bien cualificada que estés para un puesto, no importa que superes en méritos y en inteligencia a tus contrincantes masculinos, no te dejarán acceder al poder, aunque todos se hundan con el barco.

El 31 de diciembre despedíamos el 2017 con otra desgarradora noticia. José Enrique Abuín Gey, el asesino de Diana Quer, una chica gallega desaparecida en el verano de 2016, confesaba que, tras intentar violarla, la estranguló, para luego arrojar a un pozo el cuerpo sin vida de la joven. Los canales de televisión y páginas de noticias volvían a plagarse durante la mañana y la tarde del 31 con fotografías de la joven, risueña, divertida, enérgica, como cualquier chica de dieciocho años. Los comentaristas de los programas matinales se lamentaban: “también esto es un crimen machista”.

Pero España debía seguir con su tradición de Fin de Año, y los programas informativos dieron paso a los especiales de Nochevieja: actuaciones enlatadas de artistas mediocres presentados por una pareja de presentador y presentadora rancios como ellos solos. Este año, como cada año, el artista de pachanga latina de turno debía ir acompañado por un grupo de bailarinas semidesnudas para animar al público masculino. TVE, además, vio razonable incluir una actuación en la que un grupo de niñas bailarinas ataviadas con unos minúsculos shorts y unos tops transparentes bailaban al ritmo de reggaetón alrededor de dos chicos adolescentes tapados del cuello a los pies.

no importa lo bien cualificada que estés para un puesto, no importa que superes en méritos y en inteligencia a tus contrincantes masculinos, no te dejarán acceder al poder, aunque todos se hundan con el barco

Las tradicionales campanadas, de las cuales cada canal de televisión tiene su propia edición, sufrieron poca variación. En la televisión pública, Anne Igartiburu y Ramón García despedían el año como tantas otras nocheviejas: pidiéndole al año salud y felicidad, además de ver el fin de la violencia contra las mujeres. Él con su traje y su capa, ella envuelta en encaje rojo y transparencias. En Antena3, por su parte, recurrieron a lo que parece haberse convertido en una tradición: un numerito de striptease en el que la presentadora, Cristina Pedroche, se deshace de su abrigo para desvelar su “vestido de Nochevieja” ante la mirada de su rechoncho y poco agraciado compañero y el escrutinio de una cámara que recorre el cuerpo de la presentadora de arriba abajo. Eso sí, todo en el nombre de la libertad de elección de la mujer — nada que ver con el uso del cuerpo de las mujeres como mercancía en una industria dominada por hombres. Nada que ver.

En 2018, las mujeres luchamos por nuestra propia liberación. ¿Nos sacaréis en la tele?

Esos mismos canales de televisión que unas horas antes retransmitían las últimas noticias sobre el caso de Diana Quer y que se lamentaban del aumento de víctimas mortales de la violencia machista en España durante el pasado año, pasaban página, como quien no quiere la cosa, para una vez más adornar sus programaciones con el cuerpo sexualizado de las mujeres y las niñas.

Cuando las mujeres se exponen como trozos de carne de manera rutinaria dondequiera que miremos, validamos implícitamente las actitudes y acciones de hombres como José Enrique Abuín Gey y cada uno de los hombres que cada año acosan, violan y matan a las mujeres. Les invitamos a deshumanizar, a poseer, a violentar a cualquier mujer que se cruce en sus caminos. Cuando las mujeres se convierten en objetos, su vida deja de tener el valor de la vida humana, y su pérdida no significa nada.

Por eso, lo que yo le pido a 2018 es poder ver el fin de la hipocresía en los medios. Esos medios que llevan la cuenta de mujeres asesinadas por sus parejas, pero no se deshacen de su propio machismo. Esos medios que dignifican a los hombres, que les dan cabida en su diversidad, y que priorizan sus voces, mientras que se apropian y pervierten los mensajes feministas para justificar la perpetuación de una jerarquía de sexos que mantiene a las mujeres en una posición de inferioridad, como un accesorio para el disfrute visual del público.

En 2018, las mujeres sabemos que el feminismo no es un comodín para evitar el escrutinio de nuestras decisiones personales. En 2018, las mujeres no nos tragamos esos eslóganes vacíos sobre igualdad y empoderamiento. En 2018, las mujeres luchamos por nuestra propia liberación. ¿Nos sacaréis en la tele?

CATEGORÍAS
Comparte