Una carta jubilosa para Ana Rubio

Una carta jubilosa para Ana Rubio

 

Querida y admirada Ana,
Hace tiempo que algunos, y sobre todo muchas, soñábamos con un mundo en el que vosotras, las mujeres, fuerais maestras. Es decir, sujetas con poder y autoridad, de las que todas y todos pudiéramos aprender, que también formarais parte del canon que mide la excelencia y el prestigio. Ese sueño, no sin dificultades todavía, y a un ritmo más lento del que a algunas personas nos gustaría, ha empezado a hacerse realidad hace algunas décadas. En lucha contra los sólidos muros del patriarcado, sobre los que para desgracia nuestra se superponen los de una Universidad que todavía avanza con dificultades debido a lastres medievales, hemos empezado a encontrar nombres de mujer en los listados de bibliografía, en las ventanas que suponen los medios de comunicación, en la configuración de eso que de manera tan pomposa llamamos la “doctrina”. De esta manera ha empezado a construirse, o mejor dicho ha continuado haciéndolo, una genealogía feminista también en el pensamiento, en los saberes y en la ciencia. Sin duda, un paso esencial para acabar con la subordiscriminación de la mitad de la Humanidad. Porque no deberíamos olvidar que, como bien apunta Boaventura de Sousa Santos, la mayor parte de las injusticias que sufrimos, y entre ellas las de género son las más estructurales, van precedidas de injusticias cognitivas.

Entre esas mujeres que a muchos de nosotros, aprendices de casi todo y muy especialmente en mi caso de una masculinidad que rompa con la cárcel de la hegemónica y patriarcal, nos han servido no solo como referente sino también como brazo del que cogernos para caminar, has estado y estás tú, mi querida y admirada Ana Rubio Castro. Si como dice Marcela Lagarde, el feminismo es un don, de esos que se multiplican, como la cultura o la alegría, cuando se comparten, no tengo duda de que en mi caso concreto tú fuiste una de las “brujas” que ayudaron a que en mi páramo de varón dominante empezara a causar efecto esa energía transformadora y emancipadora. Fue de tu mano como empecé a entender la ceguera del Derecho, la complicidad del constitucionalismo con el patriarcado o la urgencia de declinar nuestro lenguaje con términos inclusivos y sexistas. Contigo y de ti aprendí el verdadero sentido de la democracia paritaria, la necesidad de revisar la ciudadanía hecha a imagen y semejanza de nuestros privilegios, el reto de hacer armónicos lo público y lo privado.

Nunca por tanto podré agradecerte lo suficiente que hayas sido una de las mujeres/amigas/maestras que me enredaron con hilos violetas y que han hecho que ya solo pueda mirar la realidad con las gafas que nos permiten constatar que cuando hablamos de género lo estamos haciendo de poder. Tu nombre, que rara vez falta en mis notas a pie de página, es también para mí un faro que me guía para que el barco no acabe chocando con los acantilados. Algo muy reconfortante en estos tiempos de manadas salvajes, de líderes Trump y de mercados que quieren hacernos creer que las mujeres son libres para elegir ser explotadas.

Si además de ese magisterio, uno tiene la suerte, como es mi caso, de haber compartido tu sonrisa y la ternura que, en tu caso, es evidente que puede ser también, como diría Petra Kelly, una herramienta política, me faltan palabras para sumar honores y evidenciar mi agradecimiento. Solo deseo y espero que justo ahora, en estos momentos de júbilo para ti, podamos incluso multiplicar esos tiempos y esos espacios. Sabedores ambos de que el verdadero secreto de la vida reside en comprenderla no tanto a lo largo sino a lo ancho. Y cómplices siempre en el horizonte de una revolución que, de tu mano, me ha unido a las vindicaciones de Olimpia, Mary o Clara. Un alumno siempre fiel a John Stuart Mill pero que no duda en proclamar a los cuatro vientos que la radicalmente lúcida y feminista era Harriet Taylor. Un hombre en deconstrucción que no olvida que Lilith fue la primera mujer.

Agradecido y emocionado, siempre tuyo.

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