Samanta no tuvo sexo por dinero durante 21 días

Samanta no tuvo sexo por dinero durante 21 días

 

Samanta Villar está en boca de todo el mundo. Mediaset está haciendo una magnífica campaña con ella ahora que vuelve a prime time con un programa parecido a su “21 días”. Además, Mediaset, está haciendo también una campaña brutal a la industria del sexo y a la industria de los vientres de alquiler. Y Samanta defiende ambas posturas: regulacionismo con la prostitución y legalización con los úteros de alquiler.

Quizá haya alguien que a estas alturas no sepa quién es Samanta Villar o qué era “21 días”. Pues bien, fue un programa, a mi juicio innovador, donde una periodista entonces desconocida se adentraba durante ese periodo de tiempo en el mundo que elegía investigar. Así Samanta Villar pasó 21 días fumando porros, 21 días durmiendo en la calle o 21 días viviendo de tal modo que un robo de cobre durante la grabación del programa le provocó problemas con la justicia. Aquello era bueno, muy bueno. Para tratar un tema la periodista vivía de primera mano lo que se sentía cuando se era indigente, porreta o se traficaba con cobre y nos iba contando cuáles eran sus sensaciones al respecto. Es cierto que ella sabía que sólo eran 21 días, así que el riesgo que asumía era relativo aunque estaba ahí.

Sin embargo, cosas de la vida, nunca llegó a hacer un “21 días sobre la prostitución” y la misma Samanta Villar que había puesto en riesgo su salud o su integridad física en programas anteriores, no fue prostituta durante 21 días. Habló con prostitutas en “Conexión Samanta” (otro programa de Mediaset) pero, ojo, no con víctimas de trata o con mujeres empobrecidas a la que su situación personal las había empujado allí. No, Samanta obvió al grueso de mujeres que son prostituidas –porque lo son- y se centró en las “putas vocacionales”, como yo las llamo. Esa brutal minoría que ejerce porque quiere, que se considera muy satisfecha y que hace mucho ruido exigiendo que sean sus deseos los que abran la puerta a la legalidad y, por lo tanto, a la esclavitud normalizada de millones de mujeres.

Nunca llegó a hacer un “21 días sobre la prostitución” y la misma Samanta Villar que había puesto en riesgo su salud o su integridad física en programas anteriores, no fue prostituta durante 21 días

Ya no vendrán de Bolivia, por ejemplo, convencidas de que trabajarán de camareras, limpiadoras, cuidadoras…para acabar metiéndolas a un club de carretera sin papeles, contrato ni pasaporte, ahora las pondrán dar de alta como prostitutas… ¿quién en su sano juicio cree que eso sucederá? No las dan de alta como camareras, bailarinas o masajistas pero sí lo harán como prostitutas. A los proxenetas los va a iluminar la buena voluntad de golpe. La legalización no acaba con la trata ni con el tráfico de mujeres, de eso hemos sido testigos en Alemania y en Holanda, países donde la prostitución es legal.

Lo cierto es que Samanta no tuvo sexo por dinero durante 21 días. Al igual que no rodó una escena pornográfica en sus 21 días sobre el porno. Algunas pueden pensar que quizá no lo hizo por el famoso estigma del que hablaba el otro día. Aunque no dudó en quebrantar la ley robando cobre, ni en fumar maría durante 21 días, tampoco dudó en provocarse trastornos alimenticios… como si todas esas cosas no tuvieran estigma social.

No estaría de más que Samanta Villar piense en esto la próxima vez que diga que ella tiene derecho a echar un polvo por 3000€ al mes. Sobre todo porque la inmensa mayoría de las prostitutas son abusadas por menos de 30€ en polígonos y clubes de mala muerte.

Así que ahora que Villar ha vuelto a escena con su nuevo programa la entrevistaron en Telecinco. Y una de los titulares que dejó fue que si ella quiere prostituirse quiénes somos las demás para negarle el gusto. Parece ser que convertirse en madre es una cruz, pero ser puta es de una alegría empoderante. Sin embargo, vaya ironía, cuando tuvo la oportunidad no lo hizo.
Pero es que, además, la prostitución no va de lo que Samanta Villar, Fulanita o Menganita quieran hacer. La prostitución va sobre el modelo de sociedad que queremos.

Vivimos en un mundo donde, por más que el capitalismo nos machaque con lo contrario, nuestras decisiones personales, nuestros deseos, se acaban globalizando. Y si luchamos lo suficiente, si conseguimos un buen altavoz mediático o un lobby que nos apoye, esos deseos se convierten en derechos y en leyes. De manera que uno puede querer ser esclavo, o Villar puede querer ser puta pero si sus deseos personales acaban imponiéndose se abriría la puerta a que millones de mujeres fueran prostituidas bajo la más estricta legalidad. Además, la prostitución es una de las máximas expresiones de la violencia patriarcal. Es absolutamente imposible que los hombres nos vean como personas humanas iguales a ellos si pueden, por 10€, irse a la Colonia Marconi y que una chica le haga una felación o la puedan penetrar por donde les apetezca. ¿Cómo va a considerar que las mujeres tenemos algún valor cuando hay mujeres que pueden ser tratadas como muñecas hinchables?

Como el feminismo abolicionista dice hasta la saciedad, esto no se trata del derecho de las mujeres a prostituirse, sino del derecho de los hombres a comprar, usar y abusar de nuestros cuerpos.

Por último, cuando me dicen que la lucha por la legalidad de la prostitución es la misma que la lucha por el derecho al aborto me da la risa floja. Y me da por no llorar. No, no tiene nada que ver: como he dicho antes los derechos individuales que se trasforman en luchas colectivas repercuten en la sociedad tanto positiva como negativamente.

El derecho al aborto mejora significativamente la vida de las mujeres en su conjunto. Mujeres que no tendrán que someterse a abortos clandestinos poniendo en riesgo su salud, mujeres que no tendrán que cumplir penas de prisión por abortos espontáneos, mujeres que no serán obligadas a tener hijos si no quieren tenerlos. Pero sobre todo es que el aborto no obliga a nadie, que el aborto sea legal no hace que desembarquen en España aviones con mujeres engañadas para venir a abortar, tampoco se aprovecha de la situación de mujeres empobrecidas para lucrarse con ellas. Es decir que si queremos podemos partir de la misma premisa: “mi cuerpo es mío” y sin embargo la diferencia, la enorme diferencia, es que cuando se aplica esa premisa a la prostitución no se consigue la mejora de la situación global de las mujeres mientras que cuando se aplica al aborto sí se consigue ese objetivo.
Así que no, cuando decimos que nuestro cuerpo es nuestro y que podemos hacer con él lo que queramos (mutilarnos, dejarnos asesinar, dejarnos esclavizar) eso no significa que nuestro deseo deba ser legalizado, porque somos penínsulas, no islas flotando en el mar. Y nuestros deseos y apetencias repercuten en las demás mujeres.

No estaría de más que Samanta Villar piense en esto la próxima vez que diga que ella tiene derecho a echar un polvo por 3000€ al mes. Sobre todo porque la inmensa mayoría de las prostitutas son abusadas por menos de 30€ en polígonos y clubes de mala muerte.

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