Relaciones, ¿cómo las hacemos horizontales?

 

En horizontal solemos dormir, soñar, descansar, dejar que transcurran las horas… En horizontal a veces conversamos, otras hasta nos confesamos, divagamos, meditamos o imaginamos.

Lo horizontal mola y extrapolarlo a las relaciones supone un reto, un acto subversivo, generoso y radical. Pero es que o somos radicales o aquí no se cambia nada de lo que nos oprime. En las relaciones horizontales se rechazan las jerarquías, el poder se comparte, las reglas se consensúan, no existe la dominación, ni hay roles que valgan más que otros, se trabaja la equidad, se respeta la individualidad con conciencia colectiva, se camina hacia el desaprendizaje, el esfuerzo y los cuidados hacia una misma y hacia las demás personas. O al menos así las concibo yo.

Es arduo pensar en cuántos ingredientes han de mezclarse para que se dé una relación horizontal. Y os confieso que escribir sobre este tema, ha sido muy difícil porque no sé si estoy en lo cierto, si cambiaré de opinión mañana, si se me ha escapado algo… Lo mejor será construir la receta poco a poco y entre todas.

La mirada violeta. Este es el primer paso. Debemos incorporar el feminismo en todas las facetas de nuestra vida. Os lo sugiero con paciencia aunque es urgente que lo hagamos. Nos han contado muchas mentiras acerca del feminismo para que lo odiemos, no las creamos porque son las falacias inventadas por el patriarcado. Al menos no lo hagamos sin antes investigar, leer o preguntar a nuestras amistades feministas, en serio, no nos comemos a nadie, siempre y cuando se haga con respeto y voluntad de conocer. Os llevaréis la sorpresa de que no existe una guerra de sexos sino una guerra contra las mujeres. Os invadirá la alegría de saber que a través del feminismo se puede acabar con cualquier estructura de poder que genere desigualdad, injusticia, verticalidad y violencia.


Si eres hombre…habrás visto los privilegios de los que te beneficias


Esto que voy a decir lo afirmamos muchas: el feminismo me jodió la vida. Me mostró con dureza las opresiones que sufro y sufrimos las mujeres cada día y que normalizamos individual y colectivamente, me recordó con compasión las violencias que había ejercido yo misma. Y ahí me dejó, sin saber muy bien qué hacer con aquello. Me puso las gafas violetas y desde entonces las ando graduando a diario. Dejé de ser miope, amplié mi mirada. Comencé a ver las situaciones con perspectiva de género, desde mi posición de oprimida que al mismo tiempo acumula unos cuantos privilegios. Esto me provocó tanto dolor como fuerzas para rebelarme, organizar mi rabia y luchar. El feminismo en realidad es de lo mejor que me ha pasado.

Si eres hombre…, habrás visto los privilegios de los que te beneficias, el daño que te hace a ti también el patriarcado (mucho menor que el nuestro) y te habrán entrado las ganas de desprenderte de todo aquello que te sitúa en una posición de superioridad, aunque no sepas muy bien cómo lograrlo. Si niegas esta realidad, te propondría muchos libros, vídeos, tutoriales, blogs, páginas web, medios de comunicación, experiencias de mujeres, colectivos y movimientos sociales, encuentros y foros, espacios liberados…, con los que encontrarte, formarte y aprender. Como verás, el feminismo no se trata de un fenómeno oculto, está por todas partes sólo tienes que asomarte un poco. Tras esto, conversa y relaciónate, sobre todo con las mujeres, sin paternalismos ni condescendencia, sin egos o aires de grandeza, escuchando más y hablando menos, respetando los espacios y los tiempos. Hazlo con la mirada violeta.

Amar en lugar de querer. El lenguaje no es inocente, el lenguaje es político e intencionado. Las palabras que utilizamos para expresarnos definen cómo pensamos y construyen realidades. Por eso es interesante primero, analizar cuál es nuestro pensamiento sobre los asuntos que nos rodean, sobre cómo vemos a las demás personas… Y por otro lado, escoger y usar un lenguaje que sea universal, que no invisibilice, que no excluya, que no discrimine, que no hiera… para compartir aquello que pensamos y sentimos.

Querer y amar son verbos que aunque parecen similares en cuanto a sus significados, implican maneras distintas de relacionarse con el mundo y con las demás personas. Y para construir relaciones horizontales, opino que debemos amar(nos) en lugar de querer(nos). Aquí voy a recurrir a una selección de un fragmento de El Principito porque, aunque el protagonista se marca un buen mansplaining, creo que explica a la perfección la diferencia entre amar y querer:

– Te amo —le dijo el Principito.
– Yo también te quiero —respondió la rosa.
– Pero no es lo mismo —respondió él, y luego continuó— Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes. Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.

Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas. Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío.

Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento.

Cuando una persona dice que ha sufrido por amor, en realidad ha sufrido por querer, no por amar. Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no puede sufrir, pues nada ha esperado del otro.
Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.


En resumen, dejemos de buscar personas a las que tratar como propiedades o dominios, para amar a seres libres autónomos a los que dejemos marchar si decidimos poner fin a la relación por los motivos que sean.


Poner el placer en el centro. Vivimos las relaciones en distintos ámbitos: la familia, la pareja, la escuela, el trabajo, el barrio, los viajes, el activismo, las amistades… y por diversas razones: la casualidad, la obligación, la necesidad, las ganas, la afinidad, el amor, el odio… Me pregunto si tenemos relaciones por el mero placer de tenerlas. Y es que debemos poner el placer en el centro. Ya lo dice Coral Herrera en muchos de sus artículos, vivimos en un sistema capitalista que considera improductivo que gocemos. Así que apenas nos da tregua para dedicarle tiempo a dar y recibir placer.

Deberíamos idear un sistema en el que nuestra fuerza de trabajo se destinará a la fabricación de placer, sí. Porque para tener una relación horizontal considero fundamental que podamos disfrutar y darnos goce desde el respeto, el consentimiento, los límites de cada cual, las reglas de juego sobre la mesa y entendidas de la misma manera. De forma generosa, solidaria y con compañerismo. Debe existir un placer bidireccional o multidireccional, dependiendo del número de personas que formen parte de la relación. Porque el placer genera alegría, y desde ahí es mucho más sencillo relacionarnos en horizontal. Mucho más complicado es si lo hacemos desde la tristeza, la vulnerabilidad o la dependencia.

Si la razón por la que surge o se mantiene la relación es la necesidad, mal vamos. Necesidad económica o necesidad emocional que nazca de no saber estar en soledad, de depender de los afectos ajenos, de no saberse amar o cuidar, por poner algunos ejemplos. Entonces estaremos en una relación vertical en la que se cosechará fundamentalmente frustración, expectativas y dolor.

Abandonar la jerarquía relacional por la anarquía relacional.

La anarquía relacional tiene su propia literatura académica. En este artículo se explica muy bien qué es y cómo ponerla en practica. Consiste por un lado en dejar de categorizar las relaciones en “las de pareja” y “el resto”. Donde la primera categoría sería la más importante por encima de las relaciones de amistad, familiares, sexuales, etc.

Por otro lado, la anarquía relacional reflexiona sobre cómo interactuamos en cada una de esas categorías. Propone romper las reglas que se establecen para dar libertad a nuestra manera de sentir y actuar hacia otras personas. De ese modo, desaparecía la clasificación de aquellas cosas que se pueden o deben hacer y sentir en una relación amorosa y aquellas cosas que se pueden o deben hacer y sentir en el resto de relaciones.

La anarquía relacional arroja diferentes afirmaciones en su teoría que si se llevan a la practica creo que pueden facilitar que nuestras relaciones sean de verdad horizontales. Algunas de ellas son por ejemplo que el amor y los afectos se pueden extrapolar a cualquier tipo de relación, no sólo a la de pareja. También que se puede amar a más de una persona al mismo tiempo sin que tenga que haber una que sea la más importante; que la duración de las relaciones no marca su importancia en nuestras vidas, lo que les aporta valor es lo que se comparte en cada una de ellas. Se puede sentir la misma felicidad en una relación de un día que en una de dos años; o que las normas de cada relación se consensúan entre las personas que la conforman, entre otras decenas de afirmaciones.

Apuesto por la anarquía relacional porque no puede haber horizontalidad con jerarquías, y cierto es que nos las introducen a fuego desde que nacemos. Somos hijas de, padres de, empleadas de, hermanos de, mujer de, marido de, compañera de, alumno de… y cada uno de estos roles se desarrollan en una posición de poder totalmente desigual y vertical, que en mi opinión debemos deconstruir. Ahí dejo el reto…

Dejar de competir para cooperar. Nos enseñan a que lo que consigamos en esta vida siempre será el resultado de nuestro esfuerzo, que quien no se lo curra no merece nada. Nos enseñan a que para triunfar hay que competir. Lo que no nos dicen es que no todas las personas comenzamos desde el mismo punto de partida y con las mismas oportunidades, de poco sirve aquí nuestro esfuerzo. Lo que no nos dicen es que estamos compitiendo entre iguales y que lo hacemos por las migajas porque la riqueza la generamos nosotras pero se reparte en otra parte.


Se nos inculca a competir en la familia, en la escuela, en los trabajos, en las relaciones de pareja. Es agotador. Y de ese modo, sin darnos cuenta nos vamos rodeando de soledad. Porque competimos y lo hacemos con nuestra individualidad por delante. Si a este hecho además le introducimos la mirada violeta y la perspectiva de género, las consecuencias humanas son demoledoras para las mujeres. Salimos perdiendo sin dudar, perdiendo la vida, perdiendo derechos, perdiendo salud, independencia económica y emocional…


El patriarcado le asigna a los hombres el rol de los aventureros, de la libertad, de los triunfadores, de los protectores, de los procreadores, de la fortaleza, el rol de casi todo lo que más mola, vaya. Las mujeres mientras tanto tenemos que conformarnos con dar soporte a todas las labores invisibles y despojadas de valor para este sistema, a su vez necesarias para que ese rol masculino pueda llevarse a cabo sin dificultades: los cuidados físicos y emocionales, la gestión y labores del hogar, la salvaguarda de los vínculos familiares, la entrega absoluta y sacrificio a costa de nuestros propios deseos… Tenemos que ser las expertas en sensibilidad, en actuar en colectivo, en mostrarse frágiles e ignorantes. Tenemos que ser las que buscan el amor a toda costa, el sexo débil y sumiso.

En resumen somos y hacemos todo lo vinculado al ámbito privado por lo que no se produce ninguna contraprestación económica, todo aquello que socialmente es lo que menos mola pero que casualmente es fundamental para que el ser humano sobreviva, sobre todo los hombres.

No hay cooperación posible en el modo de relacionaros que dicta el patriarcado. Lo que se genera aquí va más allá de la competición. Aquí se impone desigualdad, se ejerce opresión y una violencia brutal hacia el género femenino. Aquí no hay horizontalidad lo mires por donde lo mires.

En el ámbito de la pareja, situada en los mecanismos del amor romántico y la heteronormatividad, el asunto se complica. Las luchas de poder son una constante bien camuflada y perversa.

Desde mi propia experiencia, me cuesta recordar que mis “compañeros” se hayan alegrado alguna vez con sinceridad de mis logros. He tenido de todo, desde una especie de celosa molestia a un apoyo pasivo sin ningún atisbo de colaboración para facilitarme la vida. También una euforia pasajera que pronto era olvidada y eclipsada por sus propios éxitos y necesidades. Mis sueños estaban en un segundo plano respecto a los suyos. Y mi cuerpo agotado por tratar de conseguir una posición en la que fuésemos iguales y por soportar la carga de cubrir sus carencias afectivas y materiales. No sé cómo podemos soportar esta violencia diaria en general, pero menos aún de nuestro entorno donde se supone que deberíamos estar a salvo, joder. Y estoy hablando sólo de las parejas estables, si hablase de algunas amistades, de algunas relaciones esporádicas, de los padrastros, de los desconocidos…, la lista sería interminable.

Tenemos que vencer a esta realidad asesina, acabar con ella para construir relaciones horizontales libres de violencias machistas. Tenemos que abandonar nuestro empeño por competir, para comenzar a cooperar por alcanzar nuestras metas como individuo sin perder de vista ni entorpecer al colectivo. Cooperar para que no haya personajes secundarios en las relaciones. Cooperar contemplando nuestras diferencias, unas diferencias que no nos conviertan en desiguales.

Desgenerarnos. Simone de Beavoir afirmó en su obra ‘El segundo Sexo’: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Viene a ser algo así como que nacemos con unos genitales por los que se nos enmarca en un género, dentro de ese género se construye y se espera socialmente cómo debemos ser, sentir y comportarnos. Es fácil verse atrapada en él, a mí me sucede. No me representa. No me gusta que nos etiqueten y encorseten sin contar con nuestros deseos. Pero así se hace, así lo hacemos. Y como dice Simone, sí, nacemos con unos genitales pero ser hombre o mujer se trata de una construcción política, psicosocial y cultural. La biología no determina lo que somos, es la propia civilización la que elabora ese producto. Y en el caso de las mujeres, se nos concibe como un producto semiacabado, intermedio entre el macho y el castrado, celoso de las facultades del hombre y despojado de valor.

Por supuesto que en este planteamiento se debería tener en cuenta e incluir que existen más de dos sexos y más de dos identidades de género. Pero no voy a mencionarlos aquí porque no es el objeto de la entrada. Lo que quiero argumentar es que mientras no exista una verdadera igualdad de géneros, no dejaré de diferenciarlos a la hora de pensar y hablar. Es el único modo de visibilizar la discriminación y los obstáculos de cada género, de ser inclusiva y horizontal. Es el único modo de señalar a quienes oprimen para conservar sus privilegios. Y este ingrediente del recetario es más complejo porque podemos intentar aplicarlo desde ya, pero requiere de un trabajo a largo plazo que dará unos resultados que yo seguramente no veré ni disfrutaré.

No obstante, creo que es fundamental tratar de romper con los géneros impuestos. Sentirnos libres para existir sin expectativas, prejuicios y estereotipos que dirijan el rumbo de nuestros destinos. Necesitamos desgenerarnos para que la condición humana no esté condicionada por categorías absurdas, ni roles y reglas opresoras.
Y hasta aquí llego. Posiblemente haya más elementos necesarios para que nos desenvolvamos en relaciones horizontales pero para mí estos son las fundamentales. También puede ser que sean otros los ingredientes válidos, no lo sé.

Ahora toca comprobar si yo misma soy capaz de aplicar mi propia receta.

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