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Ahí están Elsa Brauer, Julie Brunèle, Odile Roques, Evelyne Sabir. Están de pie ante la gran asamblea de mujeres. Elsa Brauer toca los platillos cuando cesa de hablar, mientras que Julie Brunèle, Odile Roques, Evelyne Sabir hacen redoblar largamente sus tambores para acompañarla. Elsa Brauer dice algo como, hubo un tiempo en que no fuiste esclava, acuérdate.

Monique Wittig. Las guerrilleras.

En artículos anteriores he hablado de la misoginia entre mujeres como una herramienta patriarcal que fortalece el discurso machista en todos los planos, desestabilizando nuestras luchas, contrarrestando nuestro empoderamiento y favoreciendo la perdurabilidad del mito del amor romántico.

Frente a ello, desde el feminismo, hablamos de pacto colectivo, de hermanamiento político, que no emocional: hablamos de sororidad.

Esta es una estrategia transversal que supera afinidades afectivas e intereses individuales para caminar hacia objetivos colectivos. No es un comodín conceptual. No es un término con el que llenarse la boca en las instituciones para luego construir genealogía sólo con amigas. No es una multa simbólica en la que apoyarse únicamente cuando lo demás falla o para obtener un beneficio personal egoísta. No es evitar la crítica. Error.

La idea de sororidad no puede estar sujeta a manipulaciones ni condicionada por intereses particulares. Esto exige un continuo aprendizaje y autocuestionamiento porque, evidentemente, no somos infalibles y tomamos nuestras decisiones desde el conflicto con un sistema que no nos representa pero que nos influye tanto en la dimensión privada como en el ámbito público.

Claro que podemos (y debemos, incluso) discrepar entre nosotras en muchos temas. Claro que podemos emitir juicios críticos hacia otras. El punto está en NO emplear mecanismos machistas de desprestigio ni caer en la trampa de la misoginia entre mujeres. La sororidad es pacto por encima de elecciones afectivas.

Pensar en ello como un efecto naif en virtud del cual, automáticamente, nos cogemos de la mano para saltar y cantar en corro de ninfas es tan contraproducente como no señalar ni desactivar las estrategias patriarcales que fomentan la pugna entre mujeres.

Ambos constructos, la amistad “obligada” entre las leídas como mujeres por el hecho de serlo y la falacia de la rivalidad natural subyacente a toda relación entre nosotras, son herederos del discurso clásico de los mitos androcéntricos que, desautorizando y deslegitimando a las mujeres, nos categorizaba como seres únicamente emocionales con mermada, incluso inexistente, capacidad de raciocinio.

Estas ideas, asimiladas y normalizadas social y culturalmente durante milenios, siguen ahí como parte de un sistema feminicida, sustentándolo y alimentándolo.

Sin embargo, nosotras, mujeres, crecemos cada día. Aprendemos unas de otras, de nuestras historias de vida, nos escuchamos, nos nutrimos. Somos poderosas, sobre todo si caminamos juntas aunque sea un trecho del camino. Porque, vuelvo a repetir, para ser aliadas no necesitamos ser amigas. Y esto, vecinas, hay que decirlo más.

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