Las trampas de ser madre “idílica”

Las trampas de ser madre “idílica”

No sabría yo establecer la “tabla periódica” de las buenas madres. Creo que muchas de las que exclaman: “¡Claro, tú no, tú no, tú de esto no sabes nada! Pero yo sí, yo sí, yo me lo sé todo y puedo dar instrucciones precisas a derecha e izquierda” lo que andan es sobradas de pretensiones y/o doctrinarismos.

Sin ser, ni mucho menos, experta, afirmo, sin embargo, dos cosas: 1. No es sano idealizar y sacralizar la maternidad. 2. Ser buena madre no implica estar siempre disponible para sus criaturas.

Cuando ataco la sacralización e idealización de la maternidad, no digo que debamos rebajar su importancia. Más bien al revés. Como analicé ya hace años, en el cine (y más extensamente, en el relato compartido socialmente) los padres son figuras esenciales, pero las madres “pintan” poco, resultan irrelevantes. O sea, el relato, por una parte, las ignora y, por otra parte, las esquematiza en madres “divinas” o “malvadas”. No entro en más detalles porque quien lo desee, puede leer el artículo en mi blog[1].

Nosotras debemos contrarrestar en todas direcciones: luchar contra esa irrelevancia de la maternidad y contra esa dualidad impostada, embaucadora y fullera (madre sacrificada hasta el delirio o, por el contrario, egoísta espantosa).

No puedo, de ninguna manera, abordar tantos aspectos en tan pocas líneas. Me limito a uno: debemos cuestionarnos las idealizaciones que desde fuera nos cuelgan y que, a veces, tan alegremente nos tragamos. Son una trampa. Son la zanahoria delante de la burra. Nosotras -desde nosotras- debemos cuestionar la sublimación del rol materno, pues como señala Françoise Collin:

“Al adjudicar a las mujeres y a la relación maternal una especie de posición ideal, no se considera el hecho de que todo ser humano, incluso las mujeres, se halla habitado por una ambivalencia profunda con respecto al otro. Evita ocuparse del conflicto que afecta fundamentalmente a las relaciones del yo y del otro a las que, por el contrario, presupone armónicas. Supone que el modelo maternal se halla libre de todo maleficio. No habla del odio que puede entrañar el amor, de la actitud devoradora y posesiva  que encierra el cuidado, de la hiel  que se oculta en la leche. Ocuparse del otro, alimentarlo, es tratarlo de alter ego, presuponer que se sabe cuál es el bien para él, que se puede hacer lo que le conviene en su lugar, que su deseo concuerda necesariamente con la visión que se tiene de él. […] En último extremo, con el pretexto de la preocupación por el otro, es evitar asumir el hecho de que él-ella es otro y que su deseo no está necesariamente en armonía con mi deseo para ella-él.”

Como veis, Collin nos incita a plantearnos -desde nosotras, no desde la mirada del otro- esa ambivalencia que se da (o puede darse) en las relaciones materno filiares, pues, en efecto, cuando alguien depende de ti es tentador sustituir sus deseos por los propios.

Conviene no olvidar, además, que el cuidado es el único “poder” que socialmente se nos concede a las mujeres. Resulta fácil buscar ahí, en la idealización de ese rol, medicina para la propia herida narcisista: “Me dicen que soy un ser de segunda clase pero aquí, en este terreno, puedo alcanzar sublimes cotas de excelencia ¡A por ello!”.

Sabemos que, sin madre, los humanos se mueren. Tomando, claro está, la palabra madre en el sentido de persona que cuida. Y tomando el verbo cuidar en su acepción más rica. O sea, el bebé humano puede desarrollarse perfectamente sin leche materna pero no puede vivir sin que nadie lo quiera, lo toque, le hable, etc. (el ya bien conocido y estudiado síndrome hospitalario).

Cuestión distinta es evaluar en qué dosis se debe cuidar, proteger, estar presente, alimentar, acariciar… Hay quien considera que todas las dosis son pocas. Yo, sin embargo, creo que las dosis pueden convertirse en sobredosis (para la madre y/o para la hija[2]). Aunque, por supuesto, pienso que las dosis adecuadas no se pueden fijar universalmente y de manera estricta porque dependen de muchas variables.

Recuerdo que, como señaló Celia Amorós, siempre hemos de estar trabajándonos (y las mujeres más) el “juego de permanente ajuste y reajuste de los límites del «yo» y del «otro». Y, en cualquier caso, ser buena madre no significa estar siempre disponible. Más importante (y más sano) que tener una madre totalmente entregada es tener una con mundo personal, proyectos y pasiones propias. Puede que la criatura reclame “siempre más” y sin límites. Lo hace, quizá, porque no los conoce, o porque tiene miedo o porque prefiere seguir aferrada a lo seguro. Pero crecer es cambiar, ampliar horizontes y abarcar situaciones cada vez más complejas que incluyan las necesidades de l@s demás. Y todo eso hay que enseñarlo. No con brusquedad, no de cualquier modo, no de manera traumática, pero hay que hacerlo. La criatura debe aprender, por ejemplo, que, además de la madre, hay otras personas que pueden proteger y querer, que no debe angustiarse porque su madre se vaya, pues eso no significa que lo abandone, que l@s otr@s human@s existen y también precisan cuidados, etc. Y una criatura necesita comprobar que su madre, además de cuidarla, sabe enseñarle el autocuidado.

Una mujer que se vuelca completamente en su bebé ¿qué nos dice? ¿No está acaso llenando otros vacíos? ¿el de no tener, por ejemplo, parejas satisfactorias? No que ocurra siempre, pero cuando una hija “lo es todo” para su madre ¿no está siendo usada como rehén para suplir otras carencias?

En conclusión

Insisto y aclaro (aunque sé que las illuminati de la lactancia y el colecho –digo las illuminati no las simples partidarias- no quieren mis aclaraciones): no estoy proponiendo una normativa. Ni siquiera me atrevo a asegurar que quien declara en mi muro: “Siete años de teta, casi colecha hasta la universidad” es una abusona disfrazada de hipercuidadora (aunque no sé, no sé…).

También otra escribe en mi muro: “Jajaja si esta supiera (inciso: “esta” soy yo) que la lactancia también es parte de la sexualidad de la mujer, que es placentera, que incluso hay mujeres que experimentan placer y orgasmo le daba un paro cardiaco”. No niego el placer que una madre puede experimentar amamantando, ni niego el placer que una madre, un padre o casi cualquier ser humano siente cuando coge en brazos, toca, contempla, acaricia, acurruca, a una tierna criatura, pero no creo que ese placer deba ser de índole sexual. Para sentir orgasmos, para vivir la propia sexualidad, los adultos y adultas debemos buscar a otros adultos o adultas. Lo contrario roza la pedofilia.

Y concluyo evocando las palabras de Alicia H. Puleo: “El altruismo que se predica a las mujeres es impracticable ya que implica la negación de una misma. Identificarlo con el amor es hacer de éste una perversión” (Isegoría, nº 6. El subrayado es mío).

En un último y próximo artículo, hablaré más directamente de mi posición.

 


[1] http://pilaraguilarcine.blogspot.fr/2009/01/madres-de-cine.html

[2] En este artículo vuelvo a usar el femenino inclusivo: hija también incluye hijo.

CATEGORÍAS
Comparte