La lactancia es la leche (a veces, mala)

La lactancia es la leche (a veces, mala)

Colgué en mi muro un comentario sobre la crianza en el que opinaba: “Cuando la criatura ya se nutre con otros alimentos, a mí me parece un horror que siga «disponiendo» como le venga en gana de la teta de su madre. No le están enseñando que su madre es persona antes que madre, que su madre no es un chupete, que su madre no está para servirla”. Y me aparecieron más de quinientos comentarios. NO más de quinientos like, más de quinientos comentarios (sin contar los que se posteriormente se han borrado). Y en los siguientes post, por el estilo.
Sabía que el tema de la lactancia era conflictivo pero confieso que no sospechaba que lo fuera hasta ese punto ni que arrastrara tanta virulencia.
Destaco estos aspectos que me sorprendieron:

1 El primero, como he señalado más arriba, la enorme cantidad de intervenciones. Deduzco, pues, que las mujeres siguen necesitando espacios de debate e intercambio. No digo espacios de adoctrinamiento (eso, allá cada una que se apunte a los que quiera) ni espacios informativos (que seguramente también se necesiten, no sé) ni asociaciones militantes (feministas o políticas en general) digo espacios para contar las propias experiencias e intercambiarlas con las de otras mujeres.

2 La tremenda emotividad que arrastra el tema y que nubla la comprensión lectoraEn ese sentido me llama la atención; A) Que una opinión (la mía, en este caso) se interprete como un ataque personal. Algunas se sentían agredidísimas. Como si yo las estuvieran insultando a ellas en particular con nombre y apellidos. B) Daban por supuesto (no sé de dónde lo deducían) que yo exigía una ley estipulando cómo, dónde y hasta cuándo dar de mamar. Y por eso clamaban: “¿quién eres tú para imponernos tu voluntad?”. C) Peor y más alucinante aún: algunas entendían (aunque “entender” no sé si es el verbo adecuado) que yo, financiada por Nestlé, exigía sustituir obligatoriamente la lactancia por el biberón de leche maternizada.

Me parece normal que no se comparta mi criterio, se critique y, en consecuencia, como hacen algunas, se razone y alegue en contra. Pero me asombran que me achaquen propuestas que yo ni remotamente formulo.

3 Luego, hay otro grupo que directamente injuria. Me llaman “vieja senil” o “vieja ortodoxa”. Aunque ignoro por qué lo de ser vieja les parece algo tan vergonzoso, pero sí, varias insisten. Incluso matizan, como Olalla Pérez: “a ver si esas neuronas rancias y envejecidas espabilan un poco”.
Me llaman “hipócrita”, “ignorante”, “prejuiciosa”, “aburrida”, “adultocentrista” (preciosa palabreja ¿verdad?), “pelotuda” (opinan que soy de una “pelotudez cósmica”). Me dicen que “apesto”, que me tienen “cero respeto” (eso queda claro, sí), que soy sumisa y/o que estoy patrocinada por Nestlé.
Me atribuyen “fobias patriarcales, misóginas y paternalistas”, “prejuicios de clase” (¿?).
Una tal Leticia Jiménez asegura: “te falta el pene para poder decir que haces mansplaining”. A lo que una tal Almudena Muñoz Gracia apostilla: “Lo tiene, pero está atrofiado”.
Quizá por eso, también me “acusan” de “no tener sexo ni orgasmos”.
Aseguran que odio la maternidad, soy enemiga de los niños (sí, sí) y estoy “guiada por la maldad”. Una añade: “nunca te reproduzcas le haces un favor a la humanidad”.
En medio de semejante avalancha es imposible contestar ni argumentar. incluso resulta difícil mantener el equilibrio y la cortesía. Caemos (y me incluyo) en comentarios acerbos. Ahora bien: los insultos, las groserías, las injurias y las descalificaciones provienen del bando de las illuminati de la ultracrianza (así he decidido llamarlas). No que todas sean así pero sin duda sus escuadrones están petados. Y no es una opinión subjetiva. Quien tenga humor, puede verificarlo leyendo los hilos…

4 Y, como apunté antes, dicen que quiero imponer (no defender sino imponer) mis criterios y que quiero obligarlas a hacer esto o aquello. Una exclama en pleno éxtasis reivindicativo: “No podrías vos quitarme mi libertad. Tampoco podrías nunca sacarme lo que yo siento cuando miro los ojos de mi hija de casi 3 años cuando le doy mis tetas”.
Y yo, vuelvo a repetir, no quiero obligarlas a nada (ni quiero, ni puedo, ni en ningún momento lo propongo) mientras que ellas sí pretenden obligarme a no opinar sobre ciertos temas. Alguna incluso me manda una lista bastante detallada sobre los asuntos que sí puedo abordar y sobre los que no. Me acusan de querer imponerme, pero son ellas quienes me dan órdenes y me fijan prohibiciones… concretamente me señalan que sobre maternidad y crianza no debo hablar. Ni yo ni, nadie que no haya parido (salvo si eres uno de esos señores gurús a los que veneran…).
Una tal Michell Rodríguez dice: “Si no tiene hijos me paso su opinión acerca de la crianza por donde me paso el papel de rollo”. Eva Ixchel Villarreal me ordena: “si no lo has vivido CÁLLATE” (las mayúsculas son suyas).
Este veto me alucina. Yo no he parido ni amamantado. No se me ocurre, ni por asomo, opinar sobre lo que se siente durante el parto o durante la lactancia. Pero no hablo de lo que siente una mujer mientras da la teta. Pienso, eso sí, que criar y educar es muchísimo más que “sentir”. Lo cual no significa sino todo lo contrario, que se deba prescindir del cariño en la crianza. El cariño es la base. Estas aclaraciones deberían ser innecesarias por obvias aunque las illuminati de la ultracrianza seguirán acusándome de predicar el desamor, el odio a los niños y de promocionar los productos Nestlé (a ver si, con suerte, Nestlé se entera y me paga un sueldo vitalicio o, por lo menos, me envía una caja de bombones de los buenos).

5 Deduzco, además, que para ellas el parto concede ciencia infusa… Dan por supuesto que, con la bajada de la leche, baja también el espíritu santo que las ilumina. Por eso una mujer, desde el momento que pare, ya sabe todo. Y por eso, si oye una opinión sobre cualquier asunto relacionado con el parto, la lactancia, la maternidad, la crianza, etc. (incluso una opinión que no le esté especialmente destinada) se la toma como un insulto, una descalificación total de su persona. Y ojo, que yo comprendo el hartazgo de quien esté todo el día recibiendo opiniones (si es ese el caso) pero de ahí a pensar que solo “una madre y su cría” saben, conocen y sienten…

6 Otro punto que me llamó poderosamente la atención: cuando se me vino encima la avalancha de intervenciones (incluso antes de que empezaran a ser tan brutales y agresivas) me di cuenta de que no podría responder y ni siquiera leerlas todas. Como, además, algunas intervenían incansablemente, una y otra vez (una tal Mireia Long ha hecho unas doscientas ella solita) las invité a dejar mi muro y seguir comentando todo lo que quisieran en otro. Concretamente propuse el de Lorena Moncholí a quien se la veía segurísima de saberlo todo, todo y todo, disfrutando lo suyo, explayándose sin recato alguno sobre el tema y encantadísima de haberse conocido. Oye, pues nada, ni caso. Y yo, como Lola Flores: “Si me queréis, irse”. Pues na. Pasé a decirles: “Si no me queréis, irse también, incluso con mayor motivo. Irse, por favor”. Argumenté que estábamos en mi muro, a lo que una replicó: “Tu muro? Será que lo compraste?” Pasé a intentar espantarlas usando la ironía. Sin éxito… Luego, entrando en sus muros, comprobé que varias de las más encarnizadas y tozudas tienen negocietes en torno a la lactancia y la maternidad. O sea, seguían porque andaban haciéndose propaganda y viviendo su momento de gloria. Y porque algunas (o las mismas) tienen un viejo colmillo retorcido conmigo y estaban “dándome mi merecido”. Antes de irse, tenían que brearme. Por fin, dice Ruth Gimenez Martin: “yo creo que sí, no nos hemos dejado nada, repasemos, ignorancia, irresponsabilidad, juicios sin fundamento,… bien! Misión cumplida por aquí!” Lorena Moncholí y Mireia Long la jalean.

Nota: algunas frases entrecomilladas están mal redactadas pero las conservo así porque son citas literales.
NOTA BIS: En este artículo resumo lo que ha pasado. En otro próximo, argumentaré mi posición. O sea, que asustarme, no me han asustado. Pienso seguir…

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