EL MITO DE LA PULSIÓN SEXUAL INCONTROLABLE

Por Francine Sporenda
Original: https://revolutionfeministe.wordpress.com/2017/08/06/le-mythe-de-la-pulsion-sexuelle-incontrolable/revolutionfeministe.wordpress.com/2017/08/06/le-mythe-de-la-pulsion-sexuelle-incontrolable/

Traducción Maura López
Colaboración: Maite Sorolla

(Suzzane Blac)

El argumento de la pulsión sexual incontrolable es un cliché central del discurso de legitimación y excusa para las violencias masculinas. Si solo se trata de responder a la pregunta: “¿las pulsiones sexuales masculinas son verdaderamente incontrolables?”, la respuesta es obvia e inmediata: no, no lo son. Porque -a menos que estén locos o borrachos- los hombres no violan a las mujeres cuando las condiciones externas no son propicias y si no están casi seguros de quedar impunes (o de creer estarlo): no violan en público, ya sea en un restaurante, en el trabajo, en una estación de tren, o en el supermercado. El acting out de un violador ocurre después de una evaluación de los riesgos y de las posibilidades de éxito. Debe haber ausencia de testigos (salvo sin son cómplices), relativa debilidad física de la víctima, que esta esté incapacitada por el alcohol o la droga, etc. Si el riesgo es demasiado grande, el acting out se suspende. Además, el argumento de la pulsión incontrolable es igualmente inválido en los casos de hombres que golpean a sus parejas, según ellos cuando están furiosos no pueden dejar de golpearlas, pero sí pueden controlarse cuando se trata de su patrón. La violación no es el resultado de una pulsión sino de un cálculo y hasta de una estrategia.

En cambio, lo que es necesario analizar más en detalle es el papel que juega este remanido argumento en el discurso patriarcal y cuál es el mensaje relativo a la sexualidad masculina que transmite.

Afirmar que las pulsiones sexuales masculinas son incontrolables es, en primer lugar, plantear un enunciado paradójico: es sugerir al mismo tiempo que las pulsiones sexuales son altamente peligrosas, asociales e incluso criminales y sin embargo no pueden ni deben ser reprimidas: está mal, pero no podemos hacer nada para remediarlo, “boys will be boys”. No es posible entonces sancionar la violación, el incesto y la pedofilia, como mucho se pueden canalizar esas «pulsiones» hacia la prostitución que, en el discurso patriarcal tradicional, existe precisamente para preservar a las mujeres y los niños de la violación. Lo que constituye una falacia, dado que no se ha aportado ninguna prueba que indique que la prostitución reduce la cantidad de violaciones sino que, por el contrario, diversos estudios señalan que en reglas generales, en las culturas donde hay más prostitución hay más violaciones. En todo caso, no existe ningún otro crimen, asesinato, robo, etc, para el cual el discurso dominante diga: es un delito que no debe ser castigado, en un “delito aceptable”.

«Todos Violadores»

Lo que es más, son los propios hombres patriarcales los que se describen a sí mismos como depredadores y criminales sexuales en potencia, es la virilidad en sí misma la que plantean como esencialmente salvaje, amoral y por encima de la ley. Y nos dicen que no hay que intentar reprimir sus pulsiones porque sería imposible: esas pulsiones son naturales, biológicas, hormonales y no se puede ir en contra de la naturaleza.

Que dichas pulsiones sean presentadas por el discurso patriarcal como «naturales» apunta a hacerlas pasar, del mismo modo que a las otras pulsiones naturales—comer, beber, etc– por necesidades biológicas vitales cuya satisfacción es imperativa, sin la cual estaría en peligro la supervivencia de los individuos que no puedan satisfacerlas. A los hombres les gusta insistir en el hecho de que la no-satisfacción de sus pulsiones sexuales es dolorosa (el síndrome de los “pelotas explosivas”) y provocaría debilitamiento físico, trastornos psicológicos y depresión. Esta equiparación de los deseos sexuales masculinos con necesidades vitales es aceptada como una evidencia en el discurso dominante a tal punto que justifica la creación de un «servicio sexual» (en claro, la disponibilidad gratuita de mujeres prostituidas) pagado por los contribuyentes, del que deberían disponer los individuos inválidos de sexo masculino. Esta argumentación, en la que se justifica la puesta a disposición de prostituidas para los inválidos, la pulsión sexual masculina no solo se naturaliza, sino que además se medicaliza, se trata de un derecho a la salud: ¿quién se atrevería a negar a un macho que sufre, prestaciones sexuales que le son prácticamente prescritas por un médico?

El argumento de las pulsiones sexuales incontrolables opera a favor de la naturalización de una construcción social; El deseo masculino se convierte en necesidad para conferirle una evidencia indiscutible. En reglas generales, los dominadores naturalizan los elementos fundadores de su dominación para ocultar su historicidad y hacerla parecer inamovible.

¿Quién, ante una tal urgencia sanitaria, se atrevería a recordar que eyacular no es una necesidad, que nunca un hombre ha muerto de castidad? Y que aun si admitimos la hipótesis no-científica de que una descarga regular de los testículos es necesaria para la buena salud masculina, todos los hombres pueden hacer ellos mismos esta descarga, incluyendo a los hombres con discapacidad—a menos que estén amputados de las dos manos.

Pero no, para que los hombres se sientan bien, deben imperativamente eyacular en orificios corporales -vagina, boca o ano- y no en cualquier orificio, no en los orificios masculinos, única y exclusivamente en los orificios femeninos. Aún si los individuos de sexo masculino poseen dos orificios perfectamente idénticos a los femeninos, para los hombres heterosexuales está fuera de cuestión considerar que puedan servir a satisfacer sus pulsiones: solo los orificios femeninos están sexualizados en tanto que los orificios masculinos escapan a esta sexualización. Entre paréntesis, un participante en Facebook hablaba de “santuarización de la vagina” con respecto a una denuncia feminista de la noción de “deber conyugal”: para él, las mujeres no deberían hacer tanta historia cuando son obligadas a tener relaciones sexuales no deseadas. De hecho, si hay algún orificio que esté santuarizado, no es la vagina de las mujeres -puesta a disposición de los hombres por el matrimonio, la pornografía, la violación, la pedofilia y el incesto- sino los orificios de los hombres heterosexuales, cuyo rechazo a dejarse penetrar es tan obsesivo como su exigencia de penetrar a las mujeres de todos los modos posibles.

La noción de pulsión incontrolable sirve principalmente para quitarle responsabilidad a los hombres. con esta afirmación de incontrolabilidad, los hombres dicen: hagamos lo que hagamos, por más atroces que sean los crímenes sexuales que cometemos, no debemos ser considerados responsables: “no somos nosotros, son nuestras pulsiones”. Pulsiones de las cuales los hombres hacen responsables a las mujeres —hasta a las niñas— tratándolas de provocativas y tentadoras.

En fin, la noción de “pulsión incontrolable“ contiene una amenaza implícita: si esas pulsiones salvajes y asociales que pueden estar dirigidas hacia cualquier blanco no pueden ser saciadas, constituyen un peligro para el orden público. En filigrana se perfila el fantasma de hordas de hombres en celo que inundarían las calles, agrediendo sexualmente a todo lo que esté a su alcance, incluyendo niñas y mujeres llamadas “respetables” atentando de esta manera contra la propiedad de otros dominantes o inclusive contra la de los dominantes mismos.

Por todas estas razones, las pulsiones sexuales incontrolables serían una realidad inalterable, una característica que define la masculinidad que deberíamos aceptar sin discutir y solo podríamos, en el mejor de los casos, organizar su satisfacción de manera de no perturbar demasiado el orden social. Esto implica obviamente que las mujeres deberían resignarse a ser violadas a voluntad por los hombres porque esas pulsiones son más fuertes que todo y nada puede interponerse en su camino: es inútil resistirse, sométase al derecho de acceso sexual masculino, su destino inevitable es el de ser penetrada. «Biology is destiny» decía Freud…

(Suzzane Blac)

PULSIONES A GEOMETRIA VARIABLE

Salvo que esas pulsiones masculinas no-controlables/no-reprimibles no lo son para todos los machos: observamos que los comportamientos sexuales delictivos o criminales son desaprobados y severamente castigados si los perpetradores pertenecen a ciertas categorías sociales, en particular a las minorías étnicas y/o económicamente desfavorecidas. Es interesante señalar, con respecto a este tema, que en los Estados Unidos esclavistas del sur, los casos de esclavos negros que hayan violado mujeres blancas, (mujeres e hijas de sus amos) con las que sin embargo convivían como esclavos domésticos son casi inexistentes, (el fantasma de los negros violadores de mujeres blancas se desarrolló a partir de la abolición de la esclavitud para denunciar como peligrosa la libertad otorgada a los hombres negros). Y si hay una cierta tolerancia (por solidaridad masculina) hacia las pulsiones sexuales de los hombres que pertenecen a esos grupos dominados, es solo a condición de que dirijan sus ataques a mujeres pertenecientes a su misma clase social o su grupo “étnico”. Sin embargo, si esas pulsiones sexuales quisieran ser saciadas con las esposas o hijas de hombres de las clases dominantes, estas deben ser controladas o severamente castigadas. En cambio, observamos que los hombres ricos y poderosos pueden cometer crímenes y delitos sexuales sin recibir ninguna condena penal, ni siquiera social -el ejemplo de Polanski, de Tron, de Baupin y de DSK nos lo recuerda.

Y obviamente, solo las pulsiones sexuales masculinas son incontrolables. Cuando se trata de las mujeres, sus deseos sexuales no son nunca presentados como «necesidades» o «pulsiones» que no deben ser controladas, al contrario, en la mayoría de las culturas, se hace todo lo posible para controlar la sexualidad femenina.

En realidad, las pulsiones masculinas no son incontrolables, son simplemente incontroladas, y son incontroladas porque los que detentan el poder no las utilizan para controlarse ellos mismos, sino para controlar a los dominados. Si los dominados han integrado tempranamente que no pueden obtener lo que desean, deben aceptar vivir con la frustración y refrenar sus «pulsiones», de otra manera corren el riesgo de crearse muchos problemas, los dominantes, en cambio, pueden “gozar sin restricciones”: los instrumentos de control sexual y social –leyes y normas—que elaboran no se aplican a ellos. Los deseos sexuales presentados como necesidades imperiosas y no negociables son característicos de la sexualidad del dominante: solo los deseos de los dominantes son órdenes. Ser dominante es poder hacer pasar sus deseos por necesidades y sus necesidades por derechos. La noción de “derechos sexuales“ es obviamente inadmisible dado que la sexualidad implica una interacción con un partenaire: no puede haber “derecho sexual” así como no puede haber “derecho a la esclavitud”, porque no puede haber derecho a disponer de otra persona.

Las pulsiones sexuales solo son controlables y reprimibles para los dominados. Y al ser las mujeres la categoría más dominada desde hace miles de años, podemos plantear que cuanto más patriarcal es una cultura, más serán reprimidas sus pulsiones sexuales a tal punto que se convirtieron en mínimas y hasta inexistentes en culturas donde la sexualidad femenina se resume a una prestación de servicio.

De hecho, si la depredación sexual masculina es presentada paradójicamente como una “criminalidad buena” que no debe ser reprimida, es porque es una cuestión central para el patriarcado por diversas razones que vamos a exponer.

Por empezar, recordemos que la noción de crimen no es absoluta ni inmutable, es esencialmente relativa—no hay crimen en sí mismo: el carácter criminal de un acto no depende tanto del acto en sí mismo como del valor que se confiere a la víctima y al perpetrador, y su lugar relativo en una jerarquía. Matar a un negro o a una mujer – con más razón una mujer negra–, no es como matar a un hombre blanco. Matar a un animal no es un crimen. La depredación sexual masculina, cuando solo afecta a mujeres, es en el mejor de los casos “formalmente” criminalizada: concretamente, observamos que aunque la violación y la pedofilia sean legalmente crímenes, son generalmente juzgados como delitos- y la gran mayoría de estos crímenes ni siquiera llega a judicializarse.

En cambio, esta depredación sexual masculina, cuando se dirige a otros hombres es muy mal tolerada socialmente. Para empezar porque feminizar a los dominantes haciéndoles padecer penetraciones, atenta simbólicamente contra la dominación masculina. La idea de que cada hombre pueda convertirse en presa sexual para otros hombres, es decir, ser penetrado y por lo tanto ser tratado como una mujer, es literalmente insoportable en el sistema patriarcal. Esa fantasía patriarcal ansiógena, la visión de una total anarquía sexual, de una gran orgía indiscriminada donde los hombres se penetrarían unos a otros destruyendo así la jerarquía de los sexos que funda el orden social, se conjura a través de la homofobia que estigmatiza muy fuertemente dichas prácticas entre los dominantes. La agresión sexual masculina nunca debe estar dirigida hacia otros hombres, esto destruiría la solidaridad masculina en la cual se basa el patriarcado. Vemos estadísticas que recuerdan que en los Estados Unidos, cada tres minutos una mujer es violada, cosa que no indigna a tanta gente y no modifica en nada el orden social. En cambio, ¿imaginamos las consecuencias sobre la dominación masculina si estas estadísticas fueron violaciones de hombres por otros hombres?

Recordemos que en las sociedades patriarcales, las leyes, las instituciones y las prácticas sociales garantizan y organizan el derecho incondicional al coito para los hombres. Este acceso sexual garantizado e ilimitado se basa originalmente en las dos instituciones complementarias del patriarcado: el matrimonio y la prostitución, la mamá y la puta. Acceso sexual ampliado por el acceso “ilegal” de la violación, la pedofilia y el incesto, y este invento del patriarcado moderno, la “liberación sexual” de las mujeres. Pero hay que comprender que este derecho no apunta solamente a asegurar la satisfacción de los deseos sexuales masculinos, cumple otra función aún más importante: en primer lugar, cada vez que un hombre penetra a una mujer se reafirma como dominante, ya que la penetración es por excelencia el acto que establece como dominador al penetrante y el/la penetrado-a como dominado-a (no es necesario recordar todas las palabras del vocabulario popular que establecen esta equivalencia penetrado=dominado: follar, empernar, empomar, etc). Y cada coito es no solamente una reafirmación del estatus dominante del penetrador sino del sistema patriarcal en general. Y cada vez que una mujer se deja penetrar, en la visión patriarcal, reconoce implícitamente su estatus individual de subordinación y su pertenencia colectiva al grupo dominado.

Cada penetración es la expresión sexual de la relación de poder patriarcal entre hombres y mujeres y funciona para poner a las parejas en su lugar: la mujer abajo, el hombre arriba (recordemos que la posición del misionario fue impuesta por la iglesia por su carácter “jerárquicamente correcto”). El coito, acto jerarquizante por excelencia, tiene un sesgo fundamentalmente político porque es el paradigma fundador de la dominación masculina. De allí surge la pregunta: ¿se puede abolir la dominación masculina si la heterosexualidad sigue siendo la norma?

(Suzzane Blac)

Todas las prácticas que degradan a las mujeres – insultos, humillaciones, torturas – son sexualizadas también porque son operadoras de jerarquización. La pornografía que pone en escena todos esos actos representa el paroxismo de esta sexualidad jerarquizante – como la dominación masculina está cuestionada actualmente, debe ir más lejos y con más fuerza para reafirmar su poder y re-inferiorizar a las mujeres. Con este objetivo, esos actos jerarquizantes deben multiplicarse y diversificarse al infinito, todos los orificios deben ser ocupados, nuevas formas de degradación deben ser inventadas: debe haber siempre más sexualidad para que haya más dominación.

Frente a la erosión (relativa) del poder patriarcal, hay una doble contraofensiva de restauración de dicho poder: mediante la religión que apunta a devolver a la mujer a su rol de mamá (reproductiva), la pornografía apunta a devolverla a su rol de puta (objeto sexual). Las fronteras entre estas dos funciones son porosas, las mujeres se ven obligadas ahora a asumir las dos.

El COITO ES POLÍTICO

Lo que enuncia explícitamente el argumento de la pulsión incontrolable es que el acceso sexual masculino debe ser incondicional e ilimitado y que nada debe restringirlo, aunque este acceso sexual implique perpetrar violencias destructivas para las personas afectadas y con un alto costo para la sociedad. Y correlativamente, que este derecho incondicional al acceso sexual garantizado a los hombres tiene por consecuencia que es prácticamente imposible que las mujeres escapen al coito. Pero este enunciado oculta un hecho fundamental: que este acceso sexual ilimitado no es prioritariamente una cuestión de satisfacción de las pulsiones, sino de conservación del poder sobre las mujeres. Como mencionamos anteriormente, en la visión patriarcal una mujer penetrada es una mujer sumisa. El consejo que daban los sexólogos del siglo XX a los maridos era la de penetrar regularmente a su mujer para garantizar su docilidad. Los Munducurus (pueblo del Amazonas) nunca han oído hablar de sexología, pero uno de sus proverbios dice lo mismo: «domamos a nuestras mujeres con la banana». De hecho, si la pulsión sexual incontrolable debe ser aceptada a pesar de ser potencialmente criminal, es porque es parte integrante y condición misma del ejercicio de la hegemonía masculina. Esta criminalidad no debe ser reprimida porque es ella la que garantiza en última instancia la subordinación de las mujeres.

Detrás del pretexto de las “pulsiones incontrolables”, el mensaje codificado que se envía a los hombres es “no controlen sus pulsiones, al contrario, denles rienda suelta porque son el instrumento de su poder, cuanto más penetren a las mujeres, más serán obedecidos”: es crucial para garantizar el poder masculino que las mujeres sean “bombardeadas” de penetración. Y en consecuencia, si los actos que confieren la dominación son la penetración, la invasión, la irrupción y el marcado, un dominante debe poder efectuarlos lo más frecuentemente posible. De allí el consumo intensivo de Viagra y de pornografía que, al maximizar las erecciones, apunta a maximizar la ocupación masculina del cuerpo de las mujeres, por lo tanto a maximizar la dominación masculina; Las imágenes pornográficas proporcionan además instrucciones detalladas de como concretar esta ocupación.

Acto jerarquizante por excelencia, el éxito del coito presupone también la existencia de una jerarquía: las mujeres emancipadas de la tutela masculina que se comportan como iguales y no respetan las normas de la femineidad (es decir de la subordinación) no provocan erecciones —salvo que se trate justamente de castigarlas por su emancipación; por su falta de sumisión, son consideradas “castradoras”. Las “brujas”, esas figuras históricas de la rebelión femenina, han sido perseguidas (entre otras cosas) porque se las acusaba de reducir a los hombres a la impotencia (incluso de robarles sus penes para coleccionarlos en cajas). Reducir a los hombres a la impotencia sexual es confiscar su poder, se considera que la pérdida de poder sexual lleva a la pérdida de poder político —de allí nuevamente la vital importancia de recurrir a la pornografía y al Viagra. En realidad, esta reivindicación de la liberación “natural” de las pulsiones incontrolables no es ante todo una reivindicación masculina al placer sexual sino una estrategia para dominar.

El ACCESO SEXUAL CONDICIONA LA DOMINACION MASCULINA

Si para garantizar el poder masculino sobre las mujeres, los hombres patriarcales deben mantener su capacidad de penetrarlas lo más frecuentemente posible, la otra condición de dicho control es que ninguna mujer pueda escapar a esta penetración

Por este motivo se ponen furiosos cuando las mujeres pretenden negarles este acceso, por ejemplo, defendiendo el derecho al separatismo y a espacios femeninos no mixtos. Desde este punto de vista, el movimiento trans puede ser visto como una contraofensiva patriarcal que apunta (entre otras cosas) a impedir a las mujeres cerrar la puerta en las narices de los hombres y para encontrarse entre ellas en espacios exclusivamente femeninos –la reivindicación insistente de los trans es irrumpir en esos espacios no-mixtos.


VIOLACION Y PROSTITUCION, CONDICIONES DEL ACCESO SEXUAL ILIMITADO

El matrimonio es una forma institucionalizada de asegurarse este acceso sexual: en el matrimonio tradicional, el esposo tenía el derecho legal de tener relaciones sexuales con su esposa aunque esta no lo deseara y podía exigir su «derecho conyugal» (la otra cara del «deber conyugal» de las mujeres) mediante la violación si fuese necesario. La violación formaba entonces parte del matrimonio, era su fundamento, la noche de bodas no era más que una violación legal -y sigue siéndolo en muchos países. Pero todavía actualmente en los países occidentales, el sexo conyugal es presentado como consentido cuando en realidad es obligatorio.

Pero el matrimonio es insuficiente para que el acceso sexual masculino sea verdaderamente ilimitado, debe ser necesariamente completado con otras formas «salvajes» de acceso sexual para que ninguna mujer pueda sustraerse: la prostitución, la violación, la pedofilia y el incesto.

Por empezar, porque dichas formas de acceso sexual amplían la variedad de mujeres disponibles que incluye no solo a las esposas, sino potencialmente a todas las mujeres ya que la violación por definición permite el acceso sexual a todas las mujeres, en tanto que la pedofilia y el incesto la extienden a los niños (el acceso sexual pedófilo permite el « grooming » precoz de las niñas a la sumisión).

Pero también porque al ser la penetración/violación lo que define la virilidad, las relaciones aparentemente consentidas con mujeres, como en el matrimonio, no son suficientemente superiorizantes para los hombres; Es imperativo que estos puedan tener relaciones sexuales no consentidas para sentir la totalidad de su poder de dominante (la industria de muñecas sexuales ha comprendido bien esto y fabrica muñecas con un ajuste «violación»). El dominante, para gozar plenamente de su dominación debe forzar a la dominada, no solamente «poseer» su cuerpo, sino quebrar su voluntad (tener voluntad propia es lo que la define como sujeto). Si la mujer quiere lo mismo que el dominante –relaciones sexuales–, la voluntad del dominante no puede afirmarse plenamente. El matrimonio actual «consentido» ya no procura ese sentimiento de dominación omnipotente, solo la prostitución y la violación pueden procurarlo: los hombres saben que la persona prostituida no desea tener relaciones con ellos si no, no sería necesario pagarle. De esta manera, la prostitución desenmascara la realidad oculta de las relaciones heterosexuales: la violación de las mujeres es central en el sistema patriarcal, pero esta violación debe ser presentada como «consentida» en las sociedades neopatriarcales «de igualdad de derechos» porque se supone que las interacciones sexuales están basadas en el consentimiento. En las sociedades tradicionales donde la violencia patriarcal se muestra abiertamente, nadie dice que la prostitución es consentida.

VIOLACION Y PROSTITUCIÓN

La violación garantiza que ninguna mujer pueda escapar al acceso sexual: toda mujer está a la merced de una violación —inclusive una mujer presidenta o primera ministra, por el solo hecho de que un hombre, aun si está en lo más bajo de la escala social, posee un pene, posee el poder de poner a una mujer en su lugar de inferior al violarla. Como tal, la violación es un instrumento esencial de la dominación masculina: por empezar, sirve para controlar a las mujeres y a garantizar su docilidad aterrorizándolas. Sobre todo si ninguna mujer puede protegerse totalmente contra este acceso sexual forzado, ninguna mujer puede ser verdaderamente considerada como igual a los hombres ya que en todo momento un macho puede violarla: la violación sostiene la asimetría de poder fundamental entre hombres y mujeres. Mediante la violación, paga o no, el hombre patriarcal cuya hegemonía se ve debilitada por los logros feministas se reconstituye como dominante. Experimenta la dominación masculina plena y completa tal como la conocen sus ancestros masculinos. Entra en un espacio de no derecho donde puede negar absolutamente la humanidad y los derechos humanos de las mujeres, lo que – explícitamente en todo caso—el principio de igualdad de sexos proclamado en las sociedades occidentales ya no le permite hacer. Los clientes de las mujeres en situación de prostitución dicen con frecuencia que no sienten verdadero placer—pero que comprar un cuerpo femenino es para ellos una inyección de pura dominación, como una inyección de heroína para un drogadicto. Tener una erección y penetrar a una mujer prostituida, eludir el hecho de que ella no lo desea pagándole (el que paga manda), atravesar los límites que ella pone al uso de su cuerpo, humillarla, imponerle prácticas dolorosas o peligrosas, marcarla con una eyaculación facial, como un perro que hace pis para marcar su territorio es la apoteosis de la virilidad patriarcal.

(Suzzane Blac)

La prostitución convierte la violación en algo fácil y sin riesgo al proveer una categoría de mujeres —pobres, minorías étnicas, etc— para ser violadas: garantiza que en cualquier lugar, en cualquier momento, cualquier hombre pueda violar sin ninguna consecuencia penal o social si tiene un poco de dinero para pagar. Además, la relación sexual con una mujer prostituida maximiza la dominación porque maximiza la diferencia jerárquica: no solamente la persona prostituida es una mujer, sino que proviene de un medio social inferior, es más pobre, pertenece a una minoría étnica: la desigualdad de género se multiplica por la desigualdad de clase/dinero/ «raza». Es por eso que los hombres se niegan con vehemencia a ser privados de la prostitución: la abolición los desposee de una parte esencial de su poder, porque el poder sin abuso de poder no es la totalidad del poder. Solo la prostitución y la violación permiten a los hombres experimentar la totalidad de los derechos de acceso sexual que el sistema patriarcal les da sobre las mujeres, y sienten como una castración que se los prive de una parte de ese poder: la penalización del cliente constituye un atentado insoportable al orden patriarcal, y es mucho más grave para ellos que la simple pérdida de los «servicios sexuales». Cuando los hombres declaran: «Soy un pobre hombre solitario, solo puedo tener relaciones sexuales con prostituidas», la lectura es «no puedo encontrar mujeres porque me niego a tratarlas como seres humanos, cosa que sí puedo hacer con prostituidas».

Por último, el argumento de la pulsión incontrolable sirve para recordar a las mujeres que esta amenaza de violación se cierne sobre ellas permanentemente: si los hombres controlaran sus pulsiones ya no provocarían miedo a las mujeres. Es con su ausencia de control que los hombres controlan a las mujeres: el argumento del no-control de las pulsiones sexuales es en si mismo un instrumento de control.

Como el acceso sexual masculino incondicional es la base de la subordinación femenina, debe ser constantemente defendido frente a las tentativas feministas de limitarlo, y hemos visto el papel esencial que juega la pornografía en la contraofensiva patriarcal alentando a los hombres a maximizar la violación de mujeres y a inventar sin cesar nuevas formas de violentarlas.

Sin embargo, no es la única razón de esta constante reafirmación que condiciona el ejercicio de la virilidad, y de su fragilidad oculta. En la ideología patriarcal, la dominación masculina se justifica con la afirmación de la superioridad «natural» de los hombres. Pero si esta superioridad «natural», en cuyo nombre los hombres se reservan la posesión del poder, debe ser constantemente reafirmada es porque es una superioridad sin contenido objetivo, una pura afirmación basada en un postulado falaz: la confusión entre superior y dominante. En el sistema patriarcal, no se es superior porque se posea (más que las mujeres) cualidades que establezcan de manera objetiva la superioridad (inteligencia, instrucción, valentía, altruismo etc) sino que por el contrario es la dominación lo que prueba la superioridad: se es superior porque se oprime a ciertos grupos, se es superior porque se es dominante y no dominante porque se es superior. De hecho, las cualidades que permiten a un grupo oprimir a otro no tienen nada que ver con algún tipo de superioridad, por el contrario, lo que garantiza el éxito de un opresor es la ausencia de empatía, la manipulación y la violencia: los hombres patriarcales dominan a las mujeres por sus vicios y no por sus cualidades, dominan con su inferioridad.

La superioridad masculina debe entonces ser reafirmada constantemente porque es engañosa y se basa en una impostura. El patriarcado la naturaliza para presentarla como inalterable, pero si fuera «natural» no sería necesario reafirmarla constantemente. Y en esta afirmación de la incontrolabilidad de las pulsiones masculinas, el patriarcado de forma contradictoria dice a las mujeres: «nuestra dominación (por la sexualidad) es inamovible pero no intenten cambiarla». De la misma manera que si la sumisión de las mujeres fuera tan natural, no sería necesario asegurarse de controlarla constantemente. La superioridad masculina es una afirmación vacía de contenido que funciona tautológicamente: el patriarcado crea la realidad con el discurso, detenta el poder de designar porque detenta el poder: somos superiores porque tenemos el poder de afirmarnos como tales.

Por último, los hombres que afirman la existencia de pulsiones incontrolables saben muy bien lo que dicen: saben que la virilidad patriarcal es en si misma criminal y es esta misma criminalidad la fuente de su poder: detrás del argumento de la pulsión incontrolable, no es la «naturaleza» que habla, es el patriarcado.

CATEGORÍAS
Comparte