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El año en el que las artistas abrieron los cerrojos del acoso sexual

By Ana de Blas

December 18, 2017

 

Yolanda Lalonso y Antonia Valero con La caja de Pandora. Cortesía de las artistas.

Érase una vez una niña que subía las escaleras de su casa. Pero antes de llegar al piso alto donde vivía, el sonido de sus pasos se interrumpió porque había un hombre en un rellano. Es un hombre joven, bastante más alto que ella, y en la penumbra de la escalera la niña ve la bragueta del pantalón vaquero abierta, el pene erecto; levanta la vista hacia la cazadora negra, hasta su cara, y ve cómo se pasa la mano por los labios, mirándola. Su puerta aún estaba muy arriba. Decidió escapar, llamar, entrar en casa de unos vecinos y avisar desde allí a su madre.

Al día siguiente de su cumpleaños, Ana de Miguel Álvarez (Santander, 1961) sube al escenario a recoger el premio que le da en Madrid la Federación de Mujeres Progresistas. Es octubre de 2017. En mitad de su discurso, relata esta historia de hace décadas sobre el acoso sexual a una menor: es la suya, la de la pequeña Ana. Ella ahora es doctora en Filosofía y feminista, docente universitaria y autora de “Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección” (Madrid, Cátedra, 2015), entre otros ensayos. Sus últimos trabajos se centran en la persistente desigualdad sexual en sociedades que, como la nuestra, han eliminado la discriminación legal de las mujeres.

Ana de Miguel y Leticia Dolera reciben el premio de la Federación de Mujeres Progresistas. 27 de octubre de 2017. Foto: Montserrat Boix / Wikimedia Commons.

Dos mujeres sobre un escenario

“Decidí contarlo en ese momento. Lo hice inspirada por el “MeToo” y por Leticia Dolera, que estaba allí en el escenario”. Unos días antes de compartir tablas con la filósofa, la actriz y cineasta Leticia Dolera también había tenido que hacer memoria. Dolera publicó en esas fechas un artículo en prensa en el que explicaba cómo a sus dieciocho años, en una fiesta de trabajo, fue acosada por el director de la primera película en la que participaba, incluso delante de testigos, que no hicieron nada por ayudarla. Tras los discursos, Ana y Leticia sonreirán para los móviles con sus premios en la mano, juntas en la tarima.

“Me quedé de piedra al pensarlo de nuevo, porque yo asocio la raíz de mi conciencia feminista –que la tengo desde la infancia– en ser igual que mis hermanos. Y aunque en casa recibíamos, en principio, la misma educación, la niña que yo era anotaba cada desigualdad: a ese “Ana, pon la mesa” que decía mi madre, yo contestaba, “que la ponga él”. Al recordar a ese canalla frente a una niña de ocho o nueve años, caí en la cuenta de que yo no lo había politizado. Me impactó muchísimo”. Ya casi acaba el año y Ana de Miguel reflexiona por teléfono. “Ese día en la escalera vi por primera vez una parte de la masculinidad que aborrecí”.

“Estoy totalmente de acuerdo con la prensa estadounidense en que la ruptura del silencio frente al acoso es el fenómeno social del año”, añade la profesora. “Pero esto no ha venido de la noche a la mañana. Llevamos mucho tiempo elaborando un discurso para entender qué sucede con la sexualidad. Así que sobre ese campo abonado, ahora las mujeres –muchas mujeres– hemos dicho: esto ya no se tolera, no se silencia. La grandeza de este movimiento del “MeToo” es que por primera vez ellas tienen credibilidad; al menos, algunos hombres las creen. Y sin embargo, la mayoría de los hombres no ha dado aún el paso de querer cambiar”.

Un vendaval de Este a Oeste

“Si has sido acosada o agredida sexualmente, escribe #MeToo como respuesta a este tweet”. Al otro lado del mundo de Leticia y Ana, la petición de usar el hashtag #MeToo, #YoTambién partió de Norteamérica el 15 de octubre desde el terminal de la actriz Alissa Milano, cuando escribió esta frase en su cuenta de Twitter. Al día siguiente, más de 30.000 personas habían usado la etiqueta, girando la llave de una caja de Pandora sin remedio. ¿Es esto parte de un proceso más grande? Para responder hay que retroceder al menos hasta la multitudinaria Women´s March en Washington de enero de 2017, convocada frente a la misoginia agresiva de Donald Trump, un presidente capaz de decir frases como “podría agarrarlas por el coño”, por citar solo una.

#RoseArmy, Rose McGowan, en Twitter. @rosemcgowan

A estas alturas, todo el planeta sabe que el detonante final fue el caso Weinstein, pero antes hubo el caso Cosby. En junio, Bill Cosby fue encausado –en un juicio que terminó anulándose– por agresión sexual a Andrea Constand, una de las casi cincuenta mujeres que le han acusado por agresión sexual durante décadas. Cuatro meses después, la actriz Ashley Judd fue la primera en acusar abiertamente al productor Harvey Weinstein, al publicar en The New York Times el acoso sufrido en una habitación del Península Hotel de Beverly Hills en 1997. Enseguida se sumaron más medios –The New Yorker– y más actrices: Asia Argento, Lupita Nyong’o o Kate Beckinsale son algunas de las más de treinta mujeres que afirman haber sido acosadas por el poderoso empresario. En el guion de esta película del acoso sexual en Hollywood escribe su propio papel un joven periodista con una biografía muy especial: Ronan Farrow. El hijo de Mia Farrow, también abogado, ha crecido afirmando creer a su hermana Dylan en sus acusaciones de abuso contra quien fuera el marido de su madre, Woody Allen. A estas revelaciones siguieron más testimonios: el de Selma Blair contra el director James Toback o el de Björk contra Lars Von Trier son algunos ejemplos.

“Cuando una estrella de cine dice “MeToo”, es más fácil creer a la cocinera que ha estado aguantando silenciosamente durante años”, escriben las redactoras de la revista Time que firman el tema de portada del especial Person of the Year 2017, dedicado a las que han roto el silencio –“The silence breakers”– frente al acoso sexual. “Estamos en el punto de lanzamiento de esta revolución”, añaden. Una de sus protagonistas es Rose McGowan, quien ha pasado de sex-symbol a activista y acusó a Harvey Weinstein de haberla violado –hecho que él niega–. Ella y millones de feministas claman contra la cultura de la violación, uno de cuyos primeros escalones es esta impunidad del acoso sexual a mujeres y niñas. “Hollywood es la máquina de propaganda número uno del mundo (…) conozco a estos tipos del Lamborghini amarillo”, sentencia en una entrevista a Time. McGowan ha creado una plataforma en la web, la Rose Army –el ejército de Rose– cuyo lema es “BeAThorn”, “Sé una espina”. Incluso al más puro estilo USA vende camisetas “Rose Army” por 21.21 euros, con cuyas ganancias apoyará al Centro de Mujeres del Este de Los Ángeles.

La caja de Pandora

Cada cual busca los símbolos que necesita: si Rose elige la rosa de su nombre que se defiende con sus espinas, desde el verano de 2017, cuando el viento de la indignación feminista aún cruzaba América, ya había en España un grupo de mujeres unidas por un antiguo mito: La caja de Pandora.

“De hecho, nos adelantamos al movimiento mundial en unos meses”, explica Susana Blas Brunel (Madrid, 1969), historiadora del arte, redactora del espacio cultural de televisión española Metrópolis y comisaria artística. “Solo puedo dar mis opiniones personales, puesto que Pandora no tiene representantes”, recalca. Pero ¿qué es esto de La caja de Pandora? “Pandora” –como lo llama cariñosamente Susana Blas–, es un grupo de trabajo sobre violencia sexual de mujeres de las artes y de la cultura que mantienen contacto en persona y en redes sociales. Lo extraordinario de Pandora viene ahora: es muy numeroso y creciente y pese a ello se mantiene sin jerarquías formales ni estructuras de ninguna clase, tiene ya varios meses de veteranía, no es mixto –lo que significa que no se añaden hombres–, y está unido por un serio compromiso de confidencialidad en los testimonios personales sobre agresiones vertidos en él. Esa confiabilidad, tan difícil hablando en redes sociales, se ha conseguido mantener en general, en lo que quiere ser un espacio libre de violencias machistas donde relacionarse. Su icono es esa caja de Pandora abierta desde dentro, de la que esta vez brota una lluvia de lágrimas negras.

“En mi opinión, La caja de Pandora es lo más importante que ha ocurrido en el arte español en este siglo˝, continúa la especialista. “La confluencia de casi 3.000 mujeres hablando en directo en un grupo privado, de varias generaciones, procedencias, formas de ser, es de enorme valor y aporta un conocimiento que era imposible de intuir solo hace unos meses. Allí dentro ocurren muchas cosas”, afirma.

Mientras esas “lágrimas negras” van empapando la zona reservada de La caja de Pandora, una parte de ella se presentó públicamente hace un mes en el Foro MAV, un programa organizado por la asociación Mujeres en las Artes Visuales. La ponente fue Ania González, abogada y crítica de arte, quien entre otras cosas expuso cómo Pandora surge a finales de julio como plataforma de apoyo y cuidados en respuesta a la denuncia de la artista Carmen Tomé por agresión sexual en el ámbito laboral.

Susana Blas en el estudio del pintor Guillermo Peñalver. Cedida por Susana Blas.

Camen Tomé, de formación escénica y visual, leyó al público el 21 de julio, en el transcurso de una performance, la denuncia que acababa de interponer ante la policía. Según este relato, el día anterior había sido agredida sexualmente por un docente durante la estancia de ambos en unas Residencias Artísticas en Alicante. Ella es consciente de las consecuencias que puede tener el negarse al manoseo que describe frente a una colada a medio hacer, porque la mujer sabe que este hombre es una figura de poder, un comisario que puede abrir o cerrar puertas, y no las de la lavadora precisamente. Al finalizar la performance, una mujer del público habla con ella, le manifiesta su apoyo. Carmen agradece a quienes la rodean el afecto, el no haber dudado de ella. “Sé que no estoy sola y no me siento sola”, dice mientras hace leventemente un gesto con las manos en el corazón.

El proceso por la denuncia de Carmen Tomé sigue abierto, a día de hoy, en su juzgado alicantino. Entre tanto, las Pandoras –descalificadas como “hienas hambrientas” desde fuera por algún agente cultural– siguen a lo suyo, en su “comunidad practicante”, como la llamó Ania González en el Foro MAV. “Nosotras decidimos cuando hablamos, dónde y en qué forma: trabajamos fuera de la espectacularización de la violencia”, expuso en noviembre, de forma que han elegido tener una visibilidad intermitente en la vida pública. “Solo puedo transmitirte mis sensaciones”, dice Susana, “siento que esta indefinición es el verdadero ADN de Pandora. Yo solo soy una de esas pequeñas bombillas de una corriente múltiple y dispersa que juntas generan una luz enorme”.

“Para mí es un absoluto termómetro de cómo viven las mujeres de la cultura la violencia sistémica que impone el patriarcado y que todas llevamos soportando desde niñas. Saber que te acompañan otras 3.000 es maravilloso”, añade Susana Blas. “Por el mero hecho de existir ya estamos parando casos de abuso futuros pues muchos acosadores habituales ahora se lo piensan sabiendo que estamos 3000 observando”. Sororidad, afecto, son palabras que se repiten.

Wans: Cindy Sherman, Helen Marten y 9.500 firmas más

Ya estaban ahí las Pandoras cuando a finales de octubre de un 2017 en el que parece que todos los movimientos confluyen, nace un grupo hermano a éste sin que tengan relación directa. Se trata de “We are not surprised”, y prende entre artistas, galeristas, comisarixs y gestorxs –escriben así los géneros– culturales de varios países: Reino Unido, Estados Unidos, México, Francia, Brasil, Colombia, Alemania, Grecia o Japón, entre otros. “Wans comenzó cuando un pequeño número de artistas y trabajadores del arte se conectaron a través de WhatsApp para hablar sobre el acoso sexual y el abuso en el mundo del arte”, se lee en su página web. Escribieron una carta reivindicativa a raíz de la denuncia por acoso y renuncia del coeditor de la revista Artforum, Knight Landesman. Algunos datos de Wans son muy llamativos: enseguida se sumaron más y más nombres hasta superar las 9.500 firmas; entre ellas, verdaderos mitos del arte contemporáneo como Helen Marten, Julie Mehretu, Phyllida Barlow, Barbara Kruger, Cindy Sherman o Jenny Holzer. Precisamente el título de la carta se basa en un extracto de una pieza de esta última: ”El abuso de poder no es ninguna sorpresa”.

“No nos sorprende que los comisarios nos ofrezcan exposiciones a cambio de favores sexuales. No nos sorprende que los galeristas idealicen, minimicen y oculten el comportamiento abusivo de los artistas (…) que una reunión con un coleccionista o un posible cliente se convierta en una proposición sexual. No nos sorprende cuando recibimos represalias por no cumplir”, se lee en su texto fundacional. “No ignoraremos más las observaciones condescendientes, las manos obstinadas sobre nuestros cuerpos, las amenazas e intimidaciones veladas (…) Ahora somos demasiadxs para que se nos silencie o ignore”, sentencia este grupo internacional de agentes y artistas.

Ahora bien, si desde Wans insisten en esta falta de sorpresa, ¿es porque realmente hay alta incidencia de comportamiento sexualmente abusivo en los entornos artísticos? ¿Es más, menos o igual de frecuente que en otras profesiones? Pensemos un instante en la indefensión de las jovencísimas deportistas frente a médicos o entrenadores que triplican su edad. O en profesiones fuertemente feminizadas como las enfermeras, las secretarias, las camareras de hotel, para las que la cultura de masas ha creado miles de tópicas situaciones sexuales. La dificultad para manejar datos, dado que las estadísticas de la policía solo muestran lo que emerge, se suma a la controversia en la propia definición de lo que es o no acoso sexual en el trabajo, lo que hace que las encuestas sociológicas –herramienta clave en este punto– no siempre sean comparables.

Retrato robot del monstruo

La Organización Mundial de la Salud –datos de 2016– indica que una de cada tres (35%) mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual en algún momento de su vida. Para la macroencuesta –42.000 entrevistas– de la FRA (Agencia Europea para los Derechos Humanos) de 2014, sobre la violencia contra las mujeres en la Unión Europea, las pruebas indican que “la mayoría de las mujeres víctimas de violencia no denuncian sus experiencias ni a la policía ni a una organización de apoyo”. Según este estudio, una de cada 20 mujeres en la UE (5%) ha sido violada desde los 15 años de edad. El 18% de las mujeres ha sido objeto de acoso a partir de esa edad. Nueve millones de mujeres en la UE-28 fueron víctimas de acoso en un periodo de doce meses.

Vídeo de la performance de Carmen Tomé. Alicante, julio de 2017

En España, los datos del Ministerio de Interior registran 2.933 agresiones sexuales denunciadas en 2016, de las cuales 1.249 son denuncias por violación. Denuncias por abusos y acosos sexuales fueron 6.922 en 2016. La tendencia de los últimos años en estos casos es ascendente, lo que no tiene por qué significar necesariamente que se cometan más delitos, sino que se denuncien más. En cualquier caso, la realidad que reflejan los datos estadísticos debería ser un incuestionable motivo de alarma: el mapa de cifras dibuja un monstruo borroso y enorme.

Cristina Cuenca Piqueras, investigadora de la Universidad de Almería, es la autora del ensayo “El acoso sexual: un aspecto olvidado de la violencia de género” (Centro de Investigaciones Sociológicas, 2017). “Olvidado”, afirma, porque el acoso sexual ha sido muy poco estudiado en España. La autora recoge cómo el origen del término “acoso sexual” se debe al feminismo americano de los años setenta: fue necesario primero crear el concepto para llegar a la comprensión pública y el desarrollo legal contra esta forma de violencia. Y esto lo hizo el movimiento feminista. La jurista estadounidense Catharine MacKinnon es considerada como la arquitecta principal de la primera jurisprudencia del “sexual harassment”.

A diferencia de la tradición estadounidense, en España no ha existido hasta el presente un amplio debate social sobre el acoso sexual. Sí ha habido algunos casos en las primeras planas y en los telediarios, entre los que destaca el de la entonces concejala de Ponferrada Nevenka Fernández, acosada por el alcalde Ismael Álvarez, ambos del Partido Popular, en 2001. La mujer ganó el juicio y el ex alcalde fue el primer político condenado en España por este delito. Sin embargo, ella tuvo que dejar su entorno y “exiliarse” en Londres, mientras su acosador continuó su carrera política. El escritor Juan José Millás abordó la soledad de Nevenka, sin apoyo social ni a derecha ni a izquierda, en su libro “Hay algo que no es como me dicen: el caso de Nevenka Fernández contra la realidad” (Punto de lectura, 2005).

La definición legal que se utiliza hoy en España es bastante abierta a muchos comportamientos. El artículo 7 de la Ley de Igualdad establece que acoso sexual es “cualquier comportamiento, verbal o físico, de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un entorno intimidatorio, degradante u ofensivo” (LO 3/2007). Otras definiciones comúnmente aceptadas son más subjetivas, referidas a cualquier comportamiento que a la destinataria le resulte ofensivo, excesivo o que amenace su bienestar.

La profesora Cuenca diferencia dos tipos de acoso sexual laboral: el chantaje y el ambiental. El primero lo produce un superior jerárquico de la persona acosada, mientras que el “acoso sexual ambiental” será aquella conducta que crea un entorno laboral hostil o humillante: insultos, comentarios degradantes, solicitudes repetidas de citas, gestos sexualmente vulgares, contactos físicos indeseados.

¿Existen otros factores de riesgo –además de ser mujer– para sufrir acoso sexual? El estudio citado menciona las desigualdades económicas, los estereotipos sobre la disponibilidad sexual, el estado civil y la edad. Algunos estudios apuntan a que las mujeres pertenecientes a las minorías inmigrantes sufren los tipos de acoso más graves, los casos de chantaje, con más frecuencia. Otros inciden en el enfoque organizativo, afirmando que hay entornos de trabajo en los que se cosifica a las mujeres creando un clima que favorece el acoso sexual. Además, consideran que las mujeres que trabajan en entornos “informales” —donde se bebe, el trato es poco respetuoso, hay actividades fuera del lugar laboral— sufrirán más acoso sexual.

La otra Pandora

Pandora fue, precisamente, el nombre elegido para un proyecto de investigación –Pandora I y Pandora II– realizado en nuestro país a principios de los años dosmil, encargado por Comisiones Obreras, bajo la dirección técnica de la socióloga Fefa Vila Núñez, y una de las fuentes más citadas desde entonces. Los resultados dieron lugar al libro: “La dignidad quebrada. Las raíces del acoso sexual en el trabajo”, de Begoña Pernas y otros autores. Se trataba de analizar la extensión y las características del acoso sexual en los centros de trabajo en España. Según este estudio, en España, un 14,5% de las personas que trabajan han vivido alguna situación de acoso sexual a lo largo de su vida laboral. Más de tres cuartas partes de las víctimas de acoso son mujeres, elevándose el porcentaje al 18,3%.

Julie Mehretu y Cindy Sherman, firmantes de “We are not surprised”. Fotos: WikiArt.

En esta “otra Pandora”, los investigadores encontraron “una gran variedad de comportamientos: en un entorno exclusivamente masculino, un grupo de trabajadores hostigan a la jefa recién llegada para castigarla por su autoridad, que no reconocen; en entornos muy feminizados, un jefe hace chantaje a una trabajadora, abusando de su jerarquía superior para intentar ligar; en entornos mixtos, las bromas y chistes que sexualizan el ambiente hacen sentirse incómodas a las mujeres, pero éstas no se atreven a quejarse, etc. Como manifestación del poder de género (…) convertir a una mujer en objeto sexual es un arma que puede servir para los más variados intereses.” Así se recoge en el artículo “Más allá de una anomalía: el acoso sexual en la encrucijada entre sexualidad y trabajo”, de Begoña Pernas y Juan Andrés Ligero (2003).

Las encuestas de Pandora descubrieron una clave importante: que existe una fortísima asociación entre los entornos muy sexualizados y el acoso sexual. Los mismos autores nos hablan de comportamientos y hábitos que expresan una falta de respeto hacia las mujeres, que sin llegar a ser conductas de acoso, favorecen que éstas aparezcan. Así que preguntaron “por la presencia de comentarios y chistes de naturaleza sexual, la exhibición de imágenes o carteles pornográficos y los comentarios sugerentes o poco respetuosos sobre el cuerpo y la vestimenta de las trabajadoras. Un 14% de los empleados españoles trabaja en un entorno fuertemente sexualizado. Un 40% lo hace en lugares donde el sexismo está presente, aunque es más leve.” Así que llenar el taller o la oficina de pósters con mujeres desnudas o contar chistes sexistas en la máquina de café, no son conductas neutrales.

Para UGT, un instrumento útil contra el acoso en el trabajo son los protocolos de actuación: documentos de las empresas u organizaciones que fijan el procedimiento a seguir cuando se tiene conocimiento de un caso y ofrecen a las víctimas apoyo. Al menos, se confía en que intimiden a los depredadores por ser descubiertos. No obstante, solo las grandes empresas suelen tener estos protocolos, así que la mayoría de las mujeres que trabajan no los tienen a su disposición.

“No es una profesión de putas: es una profesión de depredadores”

No es casualidad que hayan sido las actrices, las artistas, quienes hayan alzado una voz colectiva contra el silencio, reflexiona Ana de Miguel, de nuevo al teléfono. “Porque los límites del poder son cruciales, a eso es a lo que llamamos contrato social”. Nuestra filósofa cita a Carole Pateman en “El contrato sexual” (1988), y cómo “ese contrato social encubre un contrato sexual que regula el derecho de los hombres a acceder al cuerpo de las mujeres. Este concepto es fundamental”. Las autoras de la crítica feminista a la cultura “analizamos cómo los hombres actúan como un grupo con un acuerdo preestablecido, esa es la norma de la fratría, la que no pueden romper, la que deben aceptar para formar parte de ella y por la que se protegen entre sí”. “En una sociedad que considera que las actrices trabajan con su cuerpo –como si los cuerpos fueran algo distinto a lo que somos–, y si el patriarcado es la regulación del acceso a esos cuerpos, la actriz se encuentra un hombre con poder que dice: quiero ver las cualidades de ese cuerpo”. “Todo hombre en el patriarcado, desde el más poderoso al chico de barrio, tiene su premio. Pero en la sociedad actual, formalmente igualitaria, tiene que buscar cómo tomárselo, y entonces se lanzan determinados mensajes. Asistimos a la revolución sexual patriarcal, esa que quiere vernos ¡putamente libres!, que nos dice que tenemos que romper los límites para liberarnos, y resulta que eso se traduce en que mostremos el cuerpo para liberarnos. Se trata de romper los límites, de nuevo, del acceso al cuerpo de las mujeres, bajo la apariencia de un mensaje liberador. Pero de este discurso están participando ahora hasta algunas académicas, como un caballo de Troya”.

Portada de la revista Time. Diciembre de 2017.

La Liga de las Mujeres Profesionales del Teatro (LMPT, una organización internacional veterana cuya sección española ha comenzado a funcionar en fechas recientes) publicó en sus redes sociales en noviembre un “Manifiesto contra el acoso en el teatro: una profesión de putas”, redactado por Pilar G. Almansa (Córdoba, 1976), directora de escena y dramaturga. El título hace referencia al libro homónimo de David Mamet, y en definitiva, al viejo prejuicio sobre las actrices en el imaginario colectivo. “Pues no, digámoslo alto y claro, la nuestra no es una profesión de putas: es una profesión de depredadores sexuales que abusan de su posición dentro de la industria”, se lee en el texto. “Es demencial que hayamos asumido que las insinuaciones, toqueteos y relaciones sexuales sean el peaje de entrada y el camino de ascenso en una carrera artística”, continúa. “(…) dejemos de responsabilizar a cada víctima de no enfrentarse ella sola a Goliat. La eficacia llega con acciones coordinadas y colectivas, mujeres y hombres, de manera inmediata (…) hay secretos a voces sobre grandes nombres que parecen intocables”.

“En esta sociedad, el cuerpo de toda mujer tiene un precio, la voluntad de todo hombre tiene el suyo. Debemos responder con argumentos cuando nos descalifican como puritanas por decir estas cosas”, observa Ana de Miguel: “lo que queremos es universalizar la condición humana”.

Parece que una vez más, es el movimiento feminista, teoría y práctica, el que abandera el cambio social, aprendiendo incluso de sus errores: hoy nadie ve posible el ostracismo al que fue condenada Nevenka Fernández hace dieciséis años por ser una joven de derechas. Ahora, el feminismo es “la palabra del año” para el diccionario Merriam-Webster, en buena medida por el MeToo contra el acoso sexual. En las avenidas, bajo las luces de Navidad, el año 2017 acaba como empezó: de las grandes manifestaciones del 21 de enero en Washington y el 8 de marzo en todo el mundo, a la más reciente del 25 de noviembre contra la violencia de género que han desbordado las calles con personas gritando “No es no”: cuestión de límites, como hemos aprendido. Mientras la violencia machista en forma de asesinatos, agresiones o acosos se reproduce pese a las leyes de igualdad, ¿qué más necesitamos para que esto cambie? “A las mujeres, les pedimos unidad. Llegar a ser una cantidad suficiente de mujeres conscientes, ese es el concepto de hacer masa crítica, aunque ya no esté de moda”, indica Ana de Miguel, para quien el feminismo “llena de sentido mis actos porque constituye esencialmente mi proyecto de vida”. “A los hombres, que les den credibilidad a ellas. Y al Estado –que es nuestro– le pedimos que se encargue de traducir en leyes, en formación y en recursos esta demanda de vivir sin miedo de las mujeres.”

Pandora es “la que da todo”, en griego antiguo. En la mitología, ella es la primera mujer y –¡sorpresa!– la culpable de dejar escapar todos los males, al abrir el regalo que Zeus le había confiado. Pero según los mismos viejos relatos solo al abrir de nuevo la caja de Pandora podrá salir de ella el único bien que había oculto en su fondo: la esperanza.

Louise de Hem: La caja de Pandora (1910). Stedelijk Museum, Amsterdam. Pastel