CINE CONTRA LA IGUALDAD: EL CASO DE “EL AUTOR”

“El autor”, la película de Manuel Martín Cuenca basada en una novela de Javier Cercas, parece dar voz a los hombres que odian el éxito profesional de las mujeres y querrían que volviéramos a roles tradicionales como el de musa.

Ayer fui al cine a ver El autor, una película de Manuel Martín Cuenca basada en la novela de Javier Cercas El móvil. Al principio me irritó, por lo que luego explicaré, pero luego decidí tomármela como un síntoma interesante de lo que al parecer sienten algunos (¿muchos?) hombres ante la creciente igualdad profesional de las mujeres.

El protagonista de El autor es un hombre aburrido, Álvaro, que trabaja en una notaría y sueña con ser escritor, pero no lo consigue, aunque lleva tres años asistiendo a un taller literario, mientras que su mujer, Amanda, ha tenido un exitazo con su primera novela. (Atención: el resto de este párrafo está lleno de spoilers). Poco después de empezar la película, Álvaro se separa de Amanda porque se la encuentra follando con otro (aunque el verdadero motivo, apunta ella con bastante sensatez, es la envidia que siente por su éxito). Álvaro se instala en un nuevo domicilio, e inspirado por los consejos de su profesor de taller, empieza a interesarse por sus nuevos vecinos, para escribir una novela basada en ellos. Para eso necesita que la portera, Lola, le dé información, de modo que se la camela y terminan siendo amantes. La novela, por fin, avanza satisfactoriamente, y poco a poco, siempre en aras de su proyecto literario, Álvaro ya no se limita a registrar lo que hacen los vecinos, sino que empieza a manipularles, provocando que uno ellos pierda una indemnización a la que tendría derecho, que éste y su mujer se peleen, y que roben y asesinen a otro vecino. La ironía de la historia es que del asesinato le acusan a él y termina en la cárcel.

Lo interesante de El autor son los personajes femeninos. La escritora de éxito es presentada, desde la primera escena (cuando le dan un premio y ella habla, haciendo pucheros, de su “chiquitín” en cuyos ojos ve admiración y que es el único que la admira; luego sabremos que se trata de un perro) como un personaje ridículo. Se repite varias veces (por si no lo habíamos entendido; está claro que este es un mensaje central de la película) que ella tiene éxito, pero no hace “literatura de verdad” (la cual se sobreentiende que es cosa de hombres, como Hemingway, al que se cita varias veces; el profesor del taller insta al protagonista a “poner los cojones sobre la mesa” si quiere escribir una buena novela), sino subliteratura de consumo. Álvaro da rienda suelta a una hostilidad francamente pueril (pero muy jaleada por el director o guionista) tanto contra ella (“vete a tomar por culo” es lo último que le dice) como contra el colega suyo de la notaría que la admira.

La mujer con ínfulas de escritora, intelectual o simplemente leída a la que se pinta como una histérica, boba, pretenciosa, etc, es un personaje muy déja vu, desde Les Femmes savantes y Les Précieuses ridicules de Molière o la “culta latiniparla” de Quevedo hasta la poetisa en Mort de dama de Villalonga o la chica culta en Padres e hijos de Turgueniev; hay muchos más ejemplos, y de hecho está implícito en todas esas críticas literarias que cité en mi libro Literatura y mujeres (2000) que identificaban literatura escrita por mujeres con bodrios para marujas y daban a entender que la alta cultura es un baluarte masculino. Pero se ve que a pesar de varios siglos de ataques, las mujeres cultas nos resistimos a desaparecer y hay que seguir atizándonos.
Más original es el otro personaje femenino importante de la película: Lola, la portera.

Para empezar, la portera encarna a esas mujeres a las que muchos hombres miran con un ostentoso desdén que oculta una envidia vergonzante. Porque ellas, menos ambiciosas, menos “individualizadas”, que diría Almudena Hernando (en La fantasía de la individualidad), tienen una relación inmediata con el mundo sensorial y afectivo y con las personas, lo que les da una felicidad modesta y un equilibrio que ellos no alcanzan. La portera en cuestión me recuerda mucho al personaje femenino en Soldados de Salamina, del mismo Cercas: la novia del protagonista, que es tonta del bote y feliz, y con la que el protagonista también es feliz, pero necesita despreciarla, burlarse de ella, porque él, todo un hombre y un intelectual, no se puede rebajar sin más ni más a ser feliz gracias a una mujer y al modo de las mujeres.

Lola, la portera, le sirve además al autor (al guionista, al director) para resolver un problema que les preocupa, y es el siguiente: la literatura (como el cine) habla de sentimientos, relaciones humanas, vida privada; y eso es cosa de mujeres y por lo tanto despreciable. Pregunta: ¿cómo conservar el prestigio y dignidad que corresponden al varón, cuando ese varón, al ser escritor o cineasta, se ocupa de cosas “de porteras”? Respuesta: cuando de cosas “de porteras” se ocupa la portera, esas cosas son ridículas y despreciables como la portera misma (ridiculizada, por ejemplo, por la decoración de su casa: dálmatas de porcelana y tal, lo que añade un toque clasista -además, erróneo: no son las porteras quienes tienen dálmatas de porcelana sino los nuevos ricos- al machismo de la película); pero el artista, el Autor, el Escritor, el varón, es capaz de transmutar esas cosas porteriles en Gran Literatura, ese coñazo en algo cojonudo. Mientras que cuando la autora es una mujer, caso de su ex, el coñazo, por más que se vista de seda, venda 300.000 ejemplares y gane premios, coñazo se queda.

En el fondo, la portera encarna el sueño de, por lo visto, algunos (¿muchos?) escritores o artistas varones de que las mujeres regresen a su antiguo papel en este campo: no colegas, o sea competidoras, sino musas. Eso es la portera, la pobre (y para mí, digna) Lola: una mujer que le resulta útil al escritor, le da información, le ayuda, le sirve, se acuesta con él, y al que él desprecia y una vez utilizada, cuando ya no la necesita, le da una patada en el culo, entre otras cosas, por “vieja” (ella debe tener 50 y tantos y él 40 y tantos; aquí, además, se repite ese personaje de la mujer mayor presentada con una mezcla de simpatía y de condescendencia: se le da cierto protagonismo pero a costa de ridiculizarla, como en Muchos hijos, un mono y un castillo).

Por último, la película tiene aún otro rasgo machista, y es presentar el ejercicio de la literatura como un ejercicio de la característica masculina por excelencia: el poder. Al autor en cuestión, la literatura no le sirve para comprender, para humanizar, para compartir, sino para manipular. Es cierto que al final acaba en la cárcel, pero no le vemos vencido ni humillado, sino que sigue siendo el que tiene el poder (que utiliza para seguir manipulando y sembrando cizaña), el que provoca nuestra identificación y simpatía, el dueño del relato, igual que Humbert Humbert en Lolita.

En resumen, cualquiera que vea esta película sin “gafas violetas” se quedará con los siguientes mensajes: 1/ las escritoras son bobas, lo que hacen es subliteratura, y si venden mucho es  porque el público en su mayoría es tan bobo como ellas; 2/la buena literatura (o arte en general) es cosa de hombres, cuyo poder es legitimado por la creación artística: tienen derecho a ser manipuladores, egoístas y hasta crueles porque son buenísimos artistas, qué caramba; 3/ es muy guay utilizar a las mujeres, manipularlas, darles chascos e insultarlas.

De este modo, El autor aporta su granito de arena a seguir manteniendo el endiosamiento de los hombres y la subordinación de las mujeres.

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