Una historia de guarras y mentirosas

Una historia de guarras y mentirosas

 

«Desde siempre la negativa a considerar a ciertas categorías de personas como seres políticos ha tenido que ver con la negativa a entender como discurso los sonidos que salían de su boca» Jacques Rancière, El malestar en la estética. Cada vez que en determinados entornos escucho hablar de violencia de género me redescubro como mujer. Mujer rencorosa, mujer puta, mujer mentirosa, mujer histérica, mujer mala.

Mientras, Juani limpia la escalera de la finca y Amanda le cambia el pañal al anciano de 88 años. Carmen se levanta a las seis de la mañana para preparar los desayunos, dejar la ropa a los pies de la cama y salir a trabajar. Susana cierra la puerta del comedor para que los niños no se despierten con los gritos de su marido y Maite se maquilla con sombra de ojos para disimular el cardenal de anoche. Celia estudia arquitectura en la universidad y Olivia es peluquera. Paqui le cede el asiento a una embarazada y Ana acude cada tarde a las vías del tren para parar la construcción del muro. Ángela visita la cárcel de Picassent para trabajar con las presas. Lula muere en una barca en su intento por huir de Libia. Natalia acompaña a su nieta al punto de encuentro familiar. Raquel da clases de matemáticas en un colegio y su hija, Rita, de mayor quiere ser astronauta.

El discurso heteropatriarcal invisibiliza una realidad incómoda que desmiente la idea de mujer fatal a la que el machismo nos tiene postergadas. Es un argumentario consciente y malintencionado que señala a las mujeres como únicas responsables de la situación de maltrato a la que se ven sometidas.  Deviene así una obligación ciudadana romper con esa imagen a partir de dos espacios complementarios.

El primero de ellos deriva de la imposición del paradigma del cientificismo que rige la lógica actual. Para que una pretensión sea válida debe poder ser cuantificable. De ahí que toda afirmación que pretenda acabar con la culpabilidad de las mujeres víctimas de violencia de género deba estar respaldada en datos. En este sentido, en la Memoria Anual presentada por el Ministerio Fiscal para el año 2016 y publicada en 2017, se refleja que en el período 2009  2016 se interpusieron un total de 1.055.912 por violencia de género y se dictaron 79 sentencias condenatorias por denuncia falsa, de lo que se extrae que sólo el 0,0075% han sido acreditadas como falsas.

En particular, en 2016 no hubo ninguna condena por denuncia falsa. Respecto a las órdenes de protección, el otro tema estrella para criticar a las mujeres víctimas de violencia de género, cabe advertir que según el Informe realizado por el Consejo General del Poder Judicial en el primer trimestre del año 2017 se incoaron 9.438 órdenes de protección en España de las que el 67,73% fueron admitidas. Una cifra elevada teniendo en cuenta que para que se dicte una orden de protección de las contempladas en los artículos 544 bis y ter de la Ley de Enjuiciamiento Criminal se debe valorar que existe un riesgo para la vida de la víctima y pueden ser impuestas pese a la negativa de la víctima, cuanto ésta no perciba o minusvalore la situación de peligro y vulnerabilidad en la que se encuentra. El segundo elemento parte de un posicionamiento humano.

Considero firmemente que más allá de las evidencias demostrables en cifras, a la violencia de género a la historia de las guarras y las mentirosas debe hacérsele frente desde la sororidad intergeneracional. Desde una puesta en valor del papel de las mujeres en la vida cotidiana como estandarte de una vida digna, desde el apoyo y las muestras de aprecio y reconocimiento a su supervivencia constante. Porque viven en un escenario de terror y tenemos que ser aliadas contra la manada, contra el desprecio, contra la anulación, contra el bofetón, contra el insulto, contra la herida, contra la humillación, contra el silencio.

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