La voz de las escritoras

La voz de las escritoras

Hoy se celebra el Día de las Escritoras. Y me parece muy bien. Son muchas las que llenan las estanterías de mi casa con sus libros, las paredes de mi estudio con sus fotografías, las horas del día y de la noche con sus historias. Mujeres a las que leo y releo constantemente. A las que les debo buena parte de lo que soy como hombre y como escritor.

Podría poner aquí sus nombres, y sería sin duda un bonito homenaje, pero necesitaría diez espacios como éste para no dejar a nadie en el tintero. Mujeres a las que les costó mucho abrirse paso con aquello que anhelaban profundamente. Mujeres a las que aún les cuesta publicar, ser reconocidas y, en otros casos, respetadas como su valía exige. Escritoras de incuestionable calidad que no vieron recompensada su labor con los premios que se merecían. Escritoras que malvivieron económicamente. O que tuvieron que compaginar su labor con trabajos ingratos para subsistir. Y también, todo hay que decirlo, escritoras (pocas) que consiguen vivir de su escritura. Todas ellas están hoy (como ayer, como mañana) en mi memoria.

Sin embargo, desde este mismo día, creo que deberíamos reflexionar para que la cosa no se quedase ahí, en un solo día. Para que mañana, y pasado, y pasado mañana, la gente interesada en la literatura se acercase a los libros de todas esas mujeres a las que, por el hecho de serlo, les cuesta más alcanzar sus propósitos. Que se quedaran los prejuicios fuera; las tonterías, las sombras y la ignorancia a un lado.

Reflexionemos. Resulta lamentable (y muy triste) pensar que Rosa Chacel se muriese sin recibir el premio Cervantes, que estén tardando tanto en dárselo a Soledad Puértolas, lo mismo podría apuntar del Cerecedo a Elvira Lindo, o que Ana María Matute no llegase a recibir el Nobel. Y cómo duele comprobar que, a vueltas con el Nobel, ese premio se le resiste, año tras año, a una escritora tan poderosa como Margaret Atwood, por citar un ejemplo que está en la mente de todo el mundo.

Creo que este día tiene que servir para reflexionar sobre todo ello. Para que se lean (y se compren, en la medida de las posibilidades de cada persona, o se busquen en las bibliotecas) las historias de mujeres como éstas y como tantas otras cuya obra merece la pena ser leída, revisada, estudiada, reeditada. Y expuesta en los lugares más visibles de las librerías, escaparates incluidos.

Y termino, si se me permite, con un apunte personal. O un agradecimiento público. A mi madre, que desde que era muy pequeño jamás me negó un libro cuando se lo pedí. Mujeres como ella también contribuyen a que la voz de las mujeres que se dedican a este noble y complicado oficio pueda seguir escuchándose sin rechazo ni cortapisas, cada día.

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