SOMOS NUESTROS CUERPOS (ll)

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“Ahora, lo personal es solo negocio”

Que los hombres consumidores defiendan la necesidad de la prostitución tiene sentido, puesto que es una actividad a su servicio. Que la existencia de la misma sea defendida por algunas mujeres que no la ejercen, ni la desean, ni la ejercerán nunca, es una realidad absurda y discordante con la que hay que contar. Que millones de personas empobrecidas, explotadas, excluidas… elijan como representantes políticos a aquellos que niegan sus derechos y apoyen sistemas de gobierno que los condenen a la miseria, es producto de la misma realidad.

Que la institución académica abandone cualquier resquicio de pensamiento crítico a la hora de analizar un hecho social trascendente, como es el de la venta de cuerpos de mujeres y niñas, y su relación con las nuevas formas de esclavitud dentro de un sistema capitalista global y neoliberal, expresa la intensa pugna de unas élites plutócratas que defienden sus negocios sin miramientos, comprando voluntades y elaborando estrategias organizadas con la decidida intención de dirigir las agendas políticas en su beneficio.
Las universidades se han acomodado a la lógica del mercado como una instancia más de los poderes fácticos, apartando la posibilidad de pensamiento crítico y marchando a contracorriente del interés general o negándose a reconocer la realidad de la sociedad civil. Con respecto al fenómeno de la prostitución, en estos momentos, sonroja comprobar que se dedican más esfuerzos a la ocultación del debate; a la simplificación del marco interpretativo con la exclusión del número de actores que lo conforman, (ocultando en la investigación a todo el sector prostituyente, por ejemplo, incluidos a los puteros que son el centro de la demanda y origen de la actividad); silenciando deliberadamente las voces de las mujeres prostituidas, (haciendo oídos y altavoz en exclusiva de un sector minoritario glamurizado que se arroga la representación de la totalidad, en defensa de su propia agencia); y en definitiva, a alimentar un falso debate construido en torno a la división de los movimientos feministas entre abolicionistas y reglamentaristas, cargando las tintas sobremanera en sembrar sospechas sobre los logros que ha aportado el movimiento feminista a la libertad de las mujeres.

Como explica la profesora Rosa Cobo en su último libro La prostitución en el corazón del capitalismo, se está imponiendo silenciosamente la idea de que los conceptos no deben interpelar las lógicas conceptuales dominantes, sino someterse a ellas. La racionalización de los sistemas de dominio y el sometimiento conceptual a las estructuras de poder es la línea que subterráneamente se ha ido imponiendo en las universidades.

Pues bien, explicar la prostitución como una institución no política y mostrar a las mujeres en prostitución como individuos que hacen elecciones libres en lugar de como seres oprimidos por los dominios patriarcal y capitalista se ha convertido en la línea de investigación dominante en la academia.

Desde el marco interpretativo de las ciencias sociales y sus modelos de investigación no resulta creíble que la prostitución pueda explicarse fuera de los grandes sistemas de dominio que construyen la sociedad patriarcal, capitalista y en estos momentos neoliberal. La prostitución como hecho social se entreteje en la confluencia de diversos sistemas de poder; la clase social, la raza o etnia, la cultura y el género y el sexo como estructuras que integran su práctica desde siempre, adaptándose a los diferentes contextos y circunstancias históricas. Son las estructuras simbólicas y materiales que la conforman. Como hecho social no puede ser explicada y comprendida desde una individualidad caprichosa de elecciones libres y decididas. Tampoco puede ser explicada sin historia al margen de los acontecimientos y de las funciones que le han sido encomendadas por el sistema patriarcal. Es necesario preguntarse a qué intereses sirve, a quién beneficia.

La naturalización de la prostitución y su aceptación social fueron integradas como un “mal necesario”. Se convirtió en comercio legal debido a su institucionalización y reglamentación por los Estados con las medidas higienistas, tolerado como algo inevitable en base a la teoría del mal menor y ante la preocupación por el descontrol y los estragos de las enfermedades venéreas. Los Estados coloniales de los siglos XVIII y XIX, vieron en la regulación de la prostitución la posibilidad de controlar epidemias sin renunciar al derecho de los soldados y de los hombres a disponer del cuerpo de las mujeres. Que los Estados europeos se convirtieran en proxenetas tuvo que ver con la preocupación por el control de las ciudades, los puertos militares y la población de colonias. Hicieron de la necesidad de las mujeres, en situaciones paupérrimas sometidas a controles sanitarios, un gran mercado fomentado por los gobiernos, que al mismo tiempo las culpabilizaba y las estigmatizaba, las explotaba. Fueron los propios Estados los que impulsaron una infraestructura al servicio de los hombres, la nación y el imperio, que contribuyó al crecimiento del tráfico sexual internacional (Limoncelli, 2010 The Politics of Trafficking).

Las políticas relacionadas con la prostitución nunca han tenido como objetivo su erradicación, jamás han sido políticas a favor de las mujeres prostituidas. Partiendo de la falacia del “mal menor”, se han centrado en exclusiva en el control, explotación y extracción de beneficio de sus cuerpos, en estrecha relación con la corrupción policial, política, judicial. Tan solo los movimientos abolicionistas y el feminismo denunciaron la mercantilización de las mujeres y reivindicaron una sociedad con igualdad de derechos; lo que les llevó a rechazar de plano la prostitución reglamentada, porque era la constatación de que la regularización alimentaba la demanda, la legitimaba socialmente, marcaba la vida de las mujeres y les impedía abandonar la actividad por otra de tipo laboral. Las leyes y reglamentos solo han actuado persiguiendo a las mujeres en prostitución, eximiendo de todo tipo de responsabilidad, invisivilizando, incluso justificando a todos sus beneficiarios; los demandantes, puteros, consumidores; los proxenetas, traficantes e intermediarios y a los propios Estados.

Las leyes se hicieron para la protección de los interesados en la industria del sexo. Legalizar la prostitución, en estos momentos, es el interés prioritario de la industria porque ofrece una fuente inagotable de beneficios sin riesgo alguno. La trata les permite un abastecimiento ilimitado de cuerpos; la demanda es alimentada por una potente industria del “ocio” y gracias a la pornografía se está socializando, educando, normativizando un tipo de sexualidad dependiente del negocio. La legalización les otorga la protección del Estado para la defensa de su interés, tanto como su complicidad ideológica en un modelo de sociedad basado en la explotación económica y sexual de las mujeres. Equivale a la imposición de la fatria masculina, machista, sexista, patriarcal y neoliberal.

La prostitución como actividad dentro de la economía política reproduce las pautas de cualquier otro negocio; concentración de poder económico en muy pocas manos, posibilidades de elusión fiscal, pactos para coludir, control sobre los precios y sobre el movimiento de capitales y personas. La diferencia estriba en que se trata de una actividad criminal y que por lo tanto genera consecuencias indeseables para la sociedad y su tendencia siempre será la de reproducirse y expandirse al margen del interés general y siempre en beneficio propio.
Aquellos países que en la actualidad han optado por la regularización, han evidenciado el aumento de la criminalidad y la corrupción y han constatado cómo la empresa del crimen es capaz de organizarse, fortalecerse y de marcar la agenda al propio Estado. Pueden operar, al igual que los cárteles de la droga, al margen del mismo. Con su legalización se les provee de todo tipo de medios y argumentos para la explotación y de un poderoso ejército para llevarla a cabo.

El capitalismo neoliberal ha capturado el pensamiento político crítico y lanza un reto a toda la sociedad con el planteamiento de un nuevo modelo esclavista, basado en la explotación y venta de los cuerpos de las mujeres y las niñas

En estos momentos se libra una batalla por el control del barrio rojo de Ámsterdam. El alcalde de la ciudad ha denunciado las externalidades negativas que genera para la ciudad, el aumento de la criminalidad, la trata, la trata de menores y ha decidido cambiar la actividad y cerrar una parte importante de las cabinas de prostitución. En palabras de Poulin – Los delincuentes son los proxenetas. Estamos de acuerdo con los que piensan que es un trabajo, con la despenalización total de quienes lo ejercen. Pero cuando se legaliza la prostitución se legaliza el proxenetismo. Sobre este discurso se legalizó la prostitución en Holanda y en Alemania y ha resultado un fracaso. En Alemania, sobre 400 mil personas prostituidas, apenas el uno por ciento firmó un contrato y fue registrada. Ese registro supuestamente les da derechos, pero no funciona. Es una de las razones por las cuales desapareció la reglamentación de la prostitución, que era universal en Europa como en la Argentina en los años 30. Porque no funciona como sistema. No se tiene el control de las personas prostituidas. La mayoría trabajan en la clandestinidad, prefieren la calle al burdel. Entonces, no hay ningún control y sobre todo, ningún derecho.

El capitalismo neoliberal ha capturado el pensamiento político crítico y lanza un reto a toda la sociedad con el planteamiento de un nuevo modelo esclavista, basado en la explotación y venta de los cuerpos de las mujeres y las niñas, bajo el dogma de la libre elección individual, la garantía de los derechos sexuales (de los hombres) y de las libertades sexuales. Nuestros cuerpos son el negocio más seguro.
En una sofisticada labor de mercadotecnia, sin escatimar medios de los muchísimos que disponen y haciendo uso de la más ramplona desfachatez pseudointelectual, el lobby proxeneta ha construido y difundido hasta la saciedad un discurso perverso que avale sus intereses. Sobre la urdimbre de una supuesta transgresión, ha amalgamado conceptos de la más diversa ideología, donde comparten griterío de cartel; la consigna ácrata de autenticidad esencialista de libertad total; junto con la exigencia de protección de derechos unipersonales al margen de cualquier reconocimiento social; y el mantra neoliberal incuestionable de la venta personal como una emprendiduría laboral de éxito personal, eres tu propio precio.

Ni sombra de pudor en la representación de una ficción sobre una prostitución dulcificada y glamurizada, una especie de realidad aumentada con unas pocas estrellas mediáticas que van de entrevista a plató analizando la realidad con simpleza y prejuicio hacia todo aquello que no sea su propia agencia.

Si otrora, la crítica y la transgresión se apoyaban en el desenmascaramiento y la denuncia, en un mundo en el que todo vale lo evidente es irrelevante, solo se adquieren carta de reconocimiento por la capacidad de imponerse en el discurso mediante la negación de los diferentes niveles de análisis y la descalificación de cualquier argumentario. Las incursiones desde la ética, la moral o el interés general quedan absolutamente despotenciadas frente a un discurso del deseo individual y el beneficio personal, la transacción económica elude y justifica toda responsabilidad. Junto al pilar de la sagrada libertad y la transgresión, que harán tambalearse todo el sistema, nos encontramos con el mantra épico del empoderamiento y la no victimización.

Asistimos al alumbramiento de una mujer nueva, en palabras de Kajsa Ekis -…no puede colocarse la etiqueta de subyugado a nadie- ni tan siquiera a las mujeres, los toxicómanos, las víctimas de trata…(…) El ideal del superhombre o la supermujer se convierte en condición natural de la especie humana. Independientemente del destino de esta persona invulnerable- ser follada por muchos hombres cada día, drogarse y contraer el VIH a los diez años de edad, ver como su cuerpo se cubre de hematomas, acostarse pasivamente y dejarse usar o esclavizar a otros niños- ella es por definición, un sujeto activo que ejerce resistencia y control. La única forma posible de violencia que puede infligirse sobre ella es llamarla víctima. (El ser y la mercancía. 2017)

Nuestra supermujer se declara puta feliz, y le da un revolcón a un sistema que la expropia hasta de su propia humanidad a cambio de un “salario de lujo” que solo le permite sobrevivir y por supuesto, nada tiene que ver con las inmensas ganancias de todos los hombres que se benefician del sector. Nuestra puta feliz, sigue siendo una puta pobre, pero por el camino renuncia a su victimización, y a la victimización de todas aquellas mujeres que son explotadas no reconociendo su causa, es más, negándola. Porque han conseguido instalar la convicción de que no son víctimas, dado que eligen su situación y por lo tanto, lo más importante es que no hay culpables, ni abusadores. Los hombres que alimentan la actividad con su demanda y los que se enriquecen con ella quedan totalmente exonerados de culpa alguna o responsabilidad. Es el máximo exponente del mito neoliberal derivado del viejo mito de la esclava fuerte. Su presunta fortaleza ofrece una justificación a la sociedad en su conjunto para no tener que solidarizarse con ella (Kajsa Ekis 2017).

Lo verdaderamente terrible de todo este discurso es que ha sido comprado de manera obediente por una institución ya de por sí suficientemente misógina y es defendido por denominadas intelectuales feministas que están encantadas de conocerse. Se trata de un feminismo selecto y estrambótico, al modo de un prestigioso club de vedettes elegidas que pueden optar a todos los pulpitos desde los cuales lanzar sus rompedoras proclamas a favor de la prostitución, desde la seguridad y tranquilidad que da no tener que ejercerla en burdel alguno. Son libres, y antisistema, el mismo que les subvenciona; narcisistas, les gusta imaginarse rompedoras hasta los extremos más cursis y dado que todas las revoluciones ya han decepcionado o están en ello, proponen la más liberadora de todas consistente en besar el culo al propio sistema y darle lo que quiere al grito de “es mi libre elección”. Hay autoras que se refieren a ellas como las niñeras queer, que viven para la protección del putero, que son víctimas de su propia vanidad y del viejo y conocido síndrome de Victoria Kent que afecta a aquellas mujeres tan radicalmente elitistas que no pueden soportar que “otras” mujeres, “las otras”, de clases sociales inferiores no acepten obedientemente el papel encomendado destinado al realce de su superioridad y excelencia. El resto de mujeres, solamente unos miles de millones no queremos hacer de putas, podemos, y las circunstancias nos aprietan, pero ante la imposición nos negamos. Ellas en su cinismo elitista nos dicen que es un trabajo como cualquier otro. Nosotras sabemos lo que nos costó encontrar un trabajo y sabemos también que las prostitutas se nos parecen demasiado, que de hecho son iguales a nosotras, a nuestras hijas, hermanas, amigas… Dichas feministas viven del gesto político y en su perversidad moral nos cuestionan que si pedimos el cuerpo para abortar, también podemos venderlo en el mercado, la mano infame del inquisidor reprimido y misógino asoma por debajo del rancio sofisma. Es el momento de que el movimiento feminista encare a las impostoras oportunistas y les exija como mínimo pudor intelectual.

Cualquier sociedad necesita de la convivencia, para lo cual se sirve de los valores políticos y morales, y éstos se apoyan en ideales éticos y filosóficos sobre lo que esperamos de las personas, sobre el sentido de su humanidad, su libertad y dignidad. El falso debate entre abolicionismo y regulación de la prostitución enmascara el debate, ya superado en nuestra sociedad, de la no aceptación de la esclavitud y no puede retrocederse en los logros y consensos sociales en base a las preferencias individuales e intereses de una industria. La prostitución es un problema complejo, pero no imposible, exactamente igual que la pobreza que la sustenta.

El sistema neoliberal quiere imponer un nuevo modo de relación económica y social dentro de sistemas de democracia formal donde una ciudadanía empobrecida solo tenga como única alternativa ofrecerse “libremente” para la esclavitud. La cuestión es que los discursos tradicionales que naturalizan la prostitución y los negacionistas que no la reconocen como violencia sobre las mujeres explotadas o autoexplotadas, no permiten visibilizar dicha esclavitud residual, producto de la expropiación que el capitalismo ha ejercido sobre las mujeres, que ha ido evolucionando hasta toda la brutalidad normalizada que es en estos momentos.

La actual alianza entre el patriarcado, el capitalismo y el neoliberalismo organiza un nuevo reparto de recursos materiales entre unas élites poderosas y una inmensidad de individuos a los que instala en la servidumbre. A las mujeres las distribuye en función del sexo, la clase social y la etnia a modo de castas, son deslocalizadas para la industria del sexo, fuera de sus comunidades, sin entorno, sin historia, sin identidad, ni ciudadanía. Son protagonistas mudas de una sórdida distopía que sigue la lógica económica del capitalismo global.
Difícilmente se puede acabar con un sistema de explotación si no lo reconocemos en su estructura, funciones y detalles. La prostitución debe ser reconocida como una institución patriarcal de explotación y sumisión que ejerce violencia sobre las mujeres. Esto implica desmontar todos los mitos que la sustentan ideológicamente y visibilizar y responsabilizar a sus verdaderos protagonistas; los que generan la demanda: puteros y proxenetas, y los que extraen los beneficios: traficantes, inversores, proxenetas, intermediarios, gobiernos y Estados que la promueven o facilitan con la complicidad de sus políticas. Las dimensiones del problema afectan a toda la sociedad y es la sociedad civil la que debe participar y recuperar el debate que intenta ser manipulado y silenciado por el lobby proxeneta y sus satélites.

Es un debate en el que todas y todos estamos afectados, en especial los millones de mujeres que el neoliberalismo quiere abocar a los burdeles.


Bibliografía consultada;
El ser y la mercancía (Bellaterra) Kajsa Ekis Ekman
La prostitución en el corazón del capitalismo (Catarata) Rosa Cobo Bedía
La prostitución (Bellaterra) Beatriz Gimeno
Elementos para una teoría crítica del sistema prostitucional (Comares)Laura Nuño y Ana de Miguel
Neoliberalismo sexual (Cátedra) Ana de Miguel

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