Periodismo machista o mal periodismo: un caso práctico

Periodismo machista o mal periodismo: un caso práctico

 

El pasado jueves, cuatro periodistas de amplia trayectoria: Cristina Fallarás, Montserrat Domínguez, Virginia P. Alonso y Magda Bandera, participaron en un seminario sobre las Mujeres y Periodismo.  En el auditorio del madrileño Medialab-Prado las invitadas fueron desgranando sus visiones sobre la situación de las mujeres en los medios y el machismo que aún impregna los contenidos de televisiones, emisoras o diarios. Ante un público masivamente femenino, hubo opiniones diversas, pero también sólidos consensos. Uno básico: falta formación en género en las redacciones y en las facultades de periodismo.

Si en las redacciones hubiera un bagaje en esta temática estos últimos meses no hubiese sido tan doloroso leer algunos artículos, ver algunos programas de la tele. Con el fin del verano pareciera que se archivó el caso Juana Rivas ahora que Cataluña brinda trepidante alimento a las redacciones, y tertulianas y tertulianos tienen más cosas sobre las que opinar. Pero hasta hace poco, el caso Rivas visibilizó dos formas opuestas de entender la historia: de un lado quienes defendemos que la violencia de género es una forma de asentar desigualdades, apuntalar privilegios y someter a las mujeres, de otro lado quienes insisten en que la violencia de género no existe, es un invento de las feministas para cobrar subvenciones, o de brujas que quieren sacar provecho. Por ello, la hemeroteca reciente está llena de un material valioso para el análisis cuando, en un hipotético y feliz futuro, se normalice la formación en género en redacciones y facultades. Es francamente difícil elegir un solo ejemplo, pero por algo hay que empezar, yo propongo una “crónica periodística” encontrada en un diario serio: una obra literaria sobre el desamor y la venganza, sobre una estirpe de mujeres pasionales dispuestas a todo para salirse con la suya, y pobres hombres trabajadores que luchan contra las caprichosas decisiones de sus otrora amadas.

 

La romántica crónica se titulaba: “Cuando Juana y Francesco eran felices”. No debería pasar a la historia sin pena ni gloria. Debemos detenernos a leerla porque es una mina de esas cosas sutiles que pueblan el machismo cotidiano, un repositorio de violencia simbólica exquisitamente naturalizada. Ahí, escrito sin estridencias, está todo el argumentario de la cruzada contra la “ideología de género”.  El mantra de aquellos que, o son incapaces de percibir sus privilegios, o los distinguen con claridad, pero no les acaba de convencer eso de pederlos.

Empezaban los autores con la presentación de los protagonistas: ella granadina, él, un italiano propietario de un hostal rural. Ella solo es definida por haber nacido en Granada, él, no solo ha nacido en un sitio: se compró un hotel. Ya arrancamos desnivelados.

Luego introducen los argumentos de cada cual “Ella recuerda que él ‘intentó estrangularla’ y Francesco le acusa de haber llevado una mala vida, incompatible con el cuidado de sus criaturas.”

Problemática distribución de las comillas: una podría decir, bueno es que lo de Juana es una cita textual a sus palabras y necesita comillas, y lo de él es una paráfrasis. Pues no, porque de la boca o pluma de Juana no pueden salir textuales las palabras “intentó estrangularla”, a no ser que sea de esa gente pesada que habla en tercera persona de sí misma. Las comillas subjetivizan algo, lo ponen en cuestión: Esas comillas está distribuyendo la credibilidad un tanto asimétricamente por la oración, y adivinad a quién le toca la mejor parte. Si no, miremos cómo quedaría al revés: Ella le acusa de intentar estrangularla, Francesco recuerda que ella “llevaba una mala vida, incompatible con el cuidado de sus criaturas.” No, no son inocentes esas comillas.

El siguiente párrafo es un perfecto despropósito “Año 2014. Los dos protagonistas de esta Guerra de los Rose sonríen ante el objetivo de una cámara. Le acompañan en una trattoria de Carloforte (Cerdeña) sus hijos y tres amigos. Todos felices. Hay complicidad.” A los periodistas les parecerá un gran recurso ilustrar un drama real de personas de carne y hueso comparándolo con una película. Algunas personas a esto lo llamamos banalización. Es perezoso, sustituye al análisis. Lo de “todos felices”, pues ya es alarde de dotes de adivinación. Yo solo he leído a gente igual de intuitiva en las revistas del corazón, capaz de diagnosticar tu grado de felicidad solo con mirarte el brillo de los dientes. Como si sonreír ante una cámara fuera algo que solo hace la gente llena de dicha. Como si estar contenta durante el clic de una foto equivaliese a una vida de gozo y alegría. “Es la viva imagen de la segunda oportunidad que se dieron Juana Rivas y Francesco Arcuri.” dicen los cursis de los periodistas. Y digo yo, ¿Qué sabéis vosotros de lo felices que eran? ¿Estabáis en sus cabezas? Que nos lo ha dicho el Francesco, podrían decir. Pues muy bien, citadle y entrecomillarlo, ya sería un avance.

La cosa se va poniendo dramática “la granadina había conseguido que condenasen a su marido a tres meses de prisión por malos tratos. Él aceptó la pena para estar más cerca de su hijo, nacido un año después de que iniciasen su romance en Londres, con la misma pasión que los protagonistas de La la land.” Que la gente pueda leer un texto así, y no notar nada raro, da idea de lo naturalizado que está el machismo. ¿Qué está dando? La versión de él. Pero aquí tampoco tocan comillas. Aquí toca validar la idea de que alguien ha aceptado una condena injusta por una acusación falsa. Así sin parpadear. Y encima te calzo otra película, para establecer un paralelismo con la misma seguridad de alguien que hubiera presenciado el romance y la concepción del hijo en primera fila, comiendo palomitas.  La La Land, por si eres muy joven para haber visto la Guerra de los Rose.

Luego nos da más información sobre los personajes: “Detrás de ese desaliñado look se escondía el hijo de un veterano periodista de La Repubblica procedente de una familia potentada de Génova. Francesco había llegado para trabajar en un negocio de antigüedades, pero pronto montó su establecimiento hostelero. (…)  Era 15 años mayor que ella, pero Francesco, piropo a piropo, consiguió enamorarla.” Ella, por su parte, vendía muchas bicicletas en el Corte Inglés, era hija de un camionero y un ama de casa divorciados, la llamaban la “Chiqui.”  Esto del hombre mayor y respetable que se gana a la chica humilde me suena de algo. ¿Qué pasa aquí con la referencia a la película? Él la llevó de viaje a Marruecos… eran la pareja perfecta… Ya lo tengo ¿”Pretty woman?” No, porque Julia Roberts era una prostituta buena, y Juana Rivas, parece ser una mala puta.  O al menos es así cómo la siguen presentando en el artículo, en el que nos siguen contando que a Francesco lo ponían de ejemplo como marido “tolerante con los derechos de las mujeres.”  El uso de esa expresión “ser tolerante con los derechos de las mujeres” ya da una idea de que esos derechos tienen un no sé qué de molesto.

Ahora toca un análisis retrospectivo sobre la tradición en la familia de Juana de putear a los hombres, así, para poner las cosas en contexto. El padre de ella, que trabajaba sin parar para mantener a la familia, tuvo que sufrir las recriminaciones de la madre por su ausencia. Cuando se divorciaron, los hijos se pusieron de parte de ella, y él, sufrió mucho. Suena todo muy coherente y sin contradicciones: suena, como a la versión del padre. Por ello hubiese estado bien redactarlo como tal, el padre dice esto o lo otro, o sí, poner unas comillitas. Escribirlo como la verdad incontestable es aceptable si estás escribiendo un relato (un poco simplón y lleno de tópicos, pero ficción al fin y al cabo) pero no procede en una crónica periodística. Y afirmar, que ahora que el padre conoce «la verdad de Juana» no la compadece, es dar carácter de realidad a lo que es una versión de la historia.

Ojo a la descripción de los hijos del camionero sufrido y el ama de casa quejica: “dos hembras y un varón taxista”, (no dos mujeres y un varón, no dos hembras y un macho) Al léxico antediluviano no le ayuda nada que encima solo el varón tenga el lujo de ser identificado con un trabajo. Les faltó poner: dos potenciales mantenidas protestonas y un taxista potencialmente explotado por una mantenida protestona.

Volvemos a la “pareja perfecta:” “Daniel, el segundo hijo, no tardaría en nacer pese al escenario de maltratos que dibuja ahora Juana”. Claro, qué raro que naciera, todo el mundo sabe que la violencia de género causa infertilidad en las parejas. ¿Violencia de género y  criaturas? Qué cosa más rara. Además, eso es lo que “ahora” dice  Juana, pero ellos tienen una prueba fehaciente de que tan mal no debía estar: un comentario en TripAdvisor. Eso es lo que vale la credibilidad de Juana para los autores del artículo: menos que el comentario online de una turista: “visitantes del hostal sitúan a Juana en un entorno idílico. ‘Teníamos largas conversaciones con Francesco y Juana durante el desayuno y la cena, todos juntos, como amigos de la familia’, escribía en agosto de 2015 una clienta en TripAdvisor.”

Hay más. Hay mucho. Es una crónica muy educativa. No es solo un ejemplo de periodismo machista, es un ejemplo de mal periodismo. Es inmensamente difícil hacer buen periodismo desde el machismo porque vas a verlo todo a través del filtro de tus estereotipos y prejuicios y en lugar de sumar a la construcción de sociedades más justas, de aportar recursos válidos para el análisis, solo contribuirás a perpetuar desigualdades y violencias. “Con el caso de Juana Rivas se me ha derrumbado toda esperanza que tenía en los medios” lamentó vehemente Cristina Fallarás durante el coloquio del pasado jueves. Se trata de una conclusión triste. Triste para las mujeres, triste para la igualdad y, no lo olvidemos, muy triste para el periodismo.

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