Inasequibles al desaliento

Inasequibles al desaliento

 

Nosotras, quienes nos consideramos feministas, somos muy tozudas. Llevamos siglos luchando. Y ganando, que conste. Y sí, queda mucho camino por recorrer pero, volviendo la vista atrás (nuestro deber es mirar sobre todo el camino que tenemos por delante pero también hemos de mirar el retrovisor) comprobamos lo muchísimo que hemos conseguido.

Pero aquí seguimos. Empeñadas en alcanzar la igualdad, empeñadas en cargarnos las sumisiones y los abusos, empeñadas en un cambio radical de paradigma genérico.

Nuestra lucha siempre ha sido considerada por los hombres “clásicos” (fijaos si soy buena que los llamo clásicos en vez de llamarlos explotadores misóginos y machistas) como espantosa, anti natura, exagerada, agresiva. Siempre. Lo que decían de las sufragistas se parece como dos gotas de agua a lo que dicen ahora de nosotras. Cambia algo el vocabulario (antes del nazismo no nos podían llamar feminazis) pero el fondo es idéntico, la cólera y la rabia hacia nosotras, igual.

Y veréis que también hay un tic que se repite, bueno, dos: 1. Cuando ya, pese a ellos, logramos una victoria, entonces, se amoldan (aunque algunos tardan años en hacerlo e incluso se mueren cerriles) y nos dicen: “Vale, eso era justo. Lo habéis conseguido. Ya tenéis lo que queríais. Ahora quietas. No sigáis porque ya lo demás son exageraciones y locuras”. Por ejemplo: “Hicisteis bien en pedir el derecho al voto. Pero la ley contra la violencia machista es un abuso”. 2. Como hacemos oídos sordos ante sus indicaciones, los varones más primarios insultan, dan patadas y piden que se nos viole (con palos de escoba, a ser posible). Los más “sofisticados” (otra vez me paso de buena llamándolos sofisticados, en fin los que se las dan de “evolucionados” y “amigos”) nos guían, intentan encauzarnos, nos corrigen (con más o menos severidad, que eso va en carácter). Pero indudablemente quieren lo mejor para nosotras ¿y qué es lo mejor? Oigámoslos y aprendamos que maestros no faltan…

Cada semana uno o dos nos explican cuestiones elementales que deberíamos saber (y que no sabemos). Nosotras llevamos años hablando, escuchando, leyendo, escribiendo de feminismo, pero no nos enteramos, Ellos no necesitan ná de ná para saber tó de tó.

Entre estos sabios paternales hay gradaciones, por supuesto. Es decir, los hay más o menos tontos, más o menos cafres, más o menos creídos. Y también -no podemos negarlo- con mejor o peor voluntad y con mayor o menor acierto. O incluso con más o menos sensibilidad feminista. Todos van a lo mismo pero entre Jordi González y Javier Cercas no hay color…

También las estrategias son variadas. Algunos se lanzan directamente, otros (o los mismos, según les pille) dan un rodeo, disimulan.

Así, nuestro bien amado Reverte se pone a defender la civilización occidental y, enseguida, se topa con nosotras (que es lo que le mola). A él le duele que en países islámicos haya “adúlteras lapidadas”. A nosotras no. Nosotras impasibles. Y es su deber recriminárnoslo. Dice: “cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas”. Y luego, más abajo, vuelve a la carga: “A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta ». Reverte no sabe (al menos no dice) quién luchó por la libertad de las mujeres (“Occidente, Europa”, o sea: los antepasados varones de Reverte, suponemos) pero sí se sabe que las feministas no lo hicieron. Ni lo hacemos, que es peor.

Esto le duele a Reverte mientras nosotras, las feministas …

En otro artículo (ya creo que lleva tres o cuatro sobre el tema y en todos aprovecha para leernos la cartilla), vuelve a lo mismo: se duele de nuestra opresión, mucho. No soporta que haya “usos que denigran la condición femenina” (con lo de la condición femenina se le ve un poco el plumero ¿a que sí?). Y repite esquema: “Y mientras tanto, oh prodigio, las feministas más ultrarradicales, tan propensas a chorradas, callan todo esto como meretrices (viejo dicho popular, no cosa mía) o como tumbas que suena menos machista. Están demasiado ocupadas en cosas indispensables, como afirmar que las gallinas o las abejas también son hembras explotadas, que a Quevedo hay que borrarlo de las aulas por misógino o que las canciones de Sabina son machistas […]”.

Y, de pronto, leyéndolo, caigo en la cuenta de que, contrariamente a lo que pienso sobre mí, no soy feminista ultrarradical (y yo, presumiendo de ello…). Ni yo ni ninguna de mis amigas o conocidas somos feministas aunque nos lo creamos. ¿Por qué? Porque si lo fuésemos estaríamos concentradas en lo de las abejas, celebrando congresos para ver qué escritores hemos de prohibir u organizando jornadas para denigrar a Sabina y llamarlo machista. Y resulta que no. Que ni yo ni ninguna feminista radical de las que conozco -de cerca o de lejos- se dedica a eso. Como Reverte no puede estar en un error (imposible, imposible), deduzco que la equivocada soy yo: no soy feminista, ea. Caigo en un tremendo dilema: ¿Me hago feminista ultrarradical y me ocupo de lo de las gallinas o acepto que no lo soy y sigo peleando por la igualdad?

Reverte me ha desestabilizado completamente en mis convicciones… Qué angustia…

Jordi González que no es un intelectual como la copa de un pino (Reverte sí ¿alguien lo duda?) pero tiene más audiencia, está desconcertado “porque parece como que de repente se ha puesto otra vez de moda algo que había pasado de moda. Igual que es raro oír hablar de un ensayo de censura, a mí me suena raro hablar todavía hoy en día de feminismo, pero por lo visto no hay que aparcar la palabra».

Obsérvese el “de repente”. Él acaba de enterarse de que todavía existe el feminismo. Algo le sonaba, pero remoto ¿de cuando estudiaba y tuvo una novia que le dijo: “Jordi, yo también quiero pasármelo bien en la cama”? Luego, cambió de novia y ya no se ha enterado de más nada. No sabe de nuestras peleas contra la desigualdad salarial, ni contra la violencia machista, ni contra la ley del aborto de Gallardón… Nada, le ha pillado de sorpresa esto de que siga existiendo el feminismo. Y, muy desconcertado concluye que, “por lo visto no hay que aparcar la palabra”… O sea, trabajosamente comprende que aún hay mujeres que quieren más. Más derechos, menos violencia, más igualdad, más y menos de todo…

Vaya desconcierto… el pobre.

Y Javier Cercas… A ver, que nos lanza sus indicaciones desde el cariño. Pero, como mi querida Beatriz Bonete ya le contestó también desde el cariño en Tribuna Feminista, yo puedo permitirme ser un poco áspera y decirle: que en vez de asombrarse por cuestiones que caen por su propio peso (tales como la que le señala Beatriz de que para quitar poder hay que tener poder) que actúe. Por ejemplo ¿quién mejor que él, hombre de prestigio y buen escritor para soltarle cuatro frescas a Reverte cuando este se descuelga con esos comentarios tan ofensivos? Mis ironías no las van a leer los que leen a Reverte. Pero, si Cercas le para los pies, eso ya tendría otra dimensión y otro eco. Y lo podría hacer sin despeinarse (Cercas, digo) bastaría con que le preguntara a Reverte en qué textos, en qué declaraciones las meretrices feministas dicen que lo de la lapidación no importa pero lo de las abejas, sí.

Nos inquietamos por la sobrecarga de esta pobre abeja

O que le sugiriera: “Si no te enteras de lo que el feminismo condena y por lo que lucha ¿no será porque no lees ni oyes a las feministas?”. O que le aconsejara: “Si quieres oír su palabra, cédeles un día (solo un día) tu espacio, a ver qué piensan ellas sobre el velo”.

Cualquier hombre tiene ante sí un amplio campo donde poder actuar. No necesita preguntarse ni preguntarnos (ni menos aún especular o inventar) sobre lo que hacemos o dejamos de hacer las feministas.

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