Nosotras mismas, supongo

Nosotras mismas, supongo

 

YO MISMA, SUPONGO es una historia que intenta explicarse a sí misma antes de comenzar. Dice ser antinovela alejada de la novela-producto del mercado, o texto de amor con soldaduras y anclajes que resultan visibles en la estructura, como en el puente de Brooklin, y también texto-collage, relato sobre cómo nos construimos y deconstruimos, despliegue esquizoide de formas expresivas en busca casi desesperada de interlocución…He aquí un anclaje sólido de este puente: la necesidad de interlocución de una mujer, Valentina, que practica la escritura desde niña. Y cuando encuentra una interlocutora, por ejemplo yo misma, empieza a ser otras muchas cosas con las que no había contado (¿o sí?).

He cruzado el puente narrativo observando desde el vértigo cómo se derraman por sus bordes letras y dibujos que reflejan mi propia cara, nuestra propia náusea compartida. Cualquier mujer que viva en esta sociedad estará familiarizada con los materiales de este texto-puente, aunque pocas lo nombren con la sinceridad y valentía de Valentina, su peculiar narradora protagonista.

El poder del dinero barniza los temas que nos ofrece Natalia Carrero en esta novela fragmentada: la opción de la prostitución, que está ahí para toda mujer joven de cualquier clase social (siempre puede haber alguien susurrándote que es fácil, ¡anímate!), la enfermedad mental, la anorexia, el trabajo dentro y fuera del hogar, la insoportable olla a presión de la familia, que te expulsa lejos de su órbita (si tienes valor para salir disparada como una bala por la espita) o te retiene flotando en su sopa asfixiante (tú misma la estás cocinando, así que no te quejes). Y entonces, ahí, la imposibilidad de que tu entorno pueda comprender qué estás haciendo cuando lo “único” que haces es cuidar de tus hijas, tu pareja y tu casa, sin renunciar a la escritura. Algo debe fallar cuando tu entorno tiene el poder de hacerte sentir como una inútil que no produce nada material.

Doris Lessing dijo en una entrevista que una mujer joven e inteligente que escriba y esté todo el día cuidando de hijos pequeños, corre el riesgo de caer en el alcoholismo. Ella no pudo seguir, cuando era una madre joven, y eligió la opción de dejar a su hija y a su hijo con el padre, en Sudáfrica, para intentar desde Londres una carrera literaria.

Valentina ha elegido seguir flotando en la sopa doméstica, sin dejar a las criaturas y sin meter la cabeza en el horno. No es una quejica: lo cuenta con el estupor y la sinceridad de quien nombra cosas tremendas que sólo así se pueden comprender. Valentina ha descubierto que la escritura, más allá de ser -que lo es- difícilmente compatible con la vida familiar, le sirve para revelarse lanzando su aullido de guerra contra lo establecido, y rebelarse contra la inacción que trae consigo esa maldición de no pensar, inoculada culturalmente a las mujeres durante generaciones.

Es posible que recibas como yo misma lo que la narradora te cuenta: con la contundencia de una risa brusca que no esperabas, exponiéndote al bombardeo de imágenes que ya te pertenecían y ahora ves en estos espejos fragmentados donde sólo puedes mirarte con incomodidad, con malestar. ¿Cuál es mi deseo más oscuro? ¿Qué quiero realmente? ¿Solo tranquilidad? ¿Tranquilidad vital, cese del malestar?.

Te ves avanzar por esos pasillos del supermercado, prolongación de tu casa burguesa, con tus queridas y egoístas niñas, las mismas que te requieren cuando estás escribiendo. Te ves compartiendo incomodidades y juegos eróticos con el padre de las niñas, lector que a duras penas podrá darte el feedback que buscas.

Mírate acudiendo a la ópera a ver SaloméLo que habrán costado estas entradas de platea. Soy una privilegiada y siempre me estoy quejando– y cenando luego con tu grupo de parejas burguesas que hacen comentarios frívolos mientras tú –una más del grupo- deconstruyes en silencio el mito de Salomé y te preguntas por qué el precio abusivo de ese plato de almejas.

Piso el asfalto con mis tacones de cinco centímetros. Qué alto me resulta nuestro nivel de idiotez. Sólo con esa etiqueta en la cabeza, solo siendo conscientemente idiotas, se puede vivir sonriente.

Aunque no vayas a la ópera y la gente con la que sales sea más bien de clase trabajadora, aunque no frecuentes restaurantes de precios abusivos, estás ahí, de todos modos. La autora ha tomado la decisión de contar desde una posición social alta, pero eso no te excluye. Nombrar desde arriba las desigualdades que cruzan el sistema es una herramienta inteligente para dinamitarlo.

Natalia Carrero y su malestar -que es también el nuestro- reflexiona en YO MISMA, SUPONGO, desde una imaginación extrema, sobre las miserias propias y las desigualdades de clase y género. Esta antinovela es una caja de sorpresas: además de las letras que escapan del ordenador y caen al papel trazadas a mano como los dibujos, guarda un antidiario, un fanzine, un rap contra el padre y lo patriarcal, y otros productos estimulantes, salidos de la cabeza de una madre joven que busca conectar con otras cabezas letraheridas mientras cambia pañales y llena la nevera.

Por todo ello y por su uso del lenguaje, leerla es una experiencia transformadora.

Como en sus primeras novelas, SOY UNA CAJA y UNA HABITACIÓN IMPROPIA, donde también afloraba lo doméstico que suele permanecer silenciado, en las trastiendas de la literatura, reconozco en YO MISMA, SUPONGO una voz auténtica que me apela.

Acaso sólo desde lo más personal sea posible convocar eficazmente lo común, lo político, creando espacios donde encontrarnos y dialogar con las otras, con Valentina y Natalia, nosotras mismas, supongo.

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