Gran dilema feminista: ¿Coño o vulva?

Gran dilema feminista: ¿Coño o vulva?

De verdad que, a veces, da risa…

Un tal Javier Caravallo–tan contento él de haberse conocido- nos explica en qué debe consistir el verdadero feminismo. Otro más que tiene que explicárnoslo, pero es que nosotras somos tan increíblemente contumaces…

Estando acodado en la barra de un bar -según nos cuenta él mismo- se entera de que Patricia Gosálvez, colaboradora ocasional de El País, reclama en un artículo que a los genitales femeninos se les llame vulva.

Nuestro inestimable (in-estimable, en similitud con in-tragable) Caravallo da por supuesto que esto de llamar al coño vulva es una orden que ha dado la autoridad “gubernativa” feminista, orden que la autora del artículo obedece disciplinadamente. Por eso, a partir de ahí y tirando del hilo, describe un tétrico panorama: el feminismo oficial e institucional está generando desapego entre las propias mujeres.

He aquí a Javier Carvallo, uno de nuestros ínclitos maestros

No sabe, el pobre hombre, que si bien las feministas reclamamos que se nombre a las mujeres, no tenemos “doctrina” ni terminología “oficial” sobre nuestra anatomía. No nos cabrean los nombres, nos indignan quienes piensan que la vagina es el alfa y la omega de nuestros genitales y, sobre todo, quienes no saben que existe el clítoris (¿lo sabrá él?). En consecuencia, y por extraño que le parezca, nunca hemos celebrado congresos, jornadas, debates, ni hemos escrito sesudos análisis, ni ná de ná para determinar si coño, vulva, chocho, almeja…

Pero él, partiendo de su desvarío, remonta el vuelo y dice (protegeos las costillas no vayáis a morir del ataque de risa): Podría escribirse un tratado de cómo el feminismo en España se ha ido jibarizando desde que ha saltado de la calle a los despachos. La institucionalización del feminismo lo ha convertido en un producto político que genera continuamente problemas inexistentes siempre vistosos y controvertidos, que aparentan una lucha por la igualdad de la mujer pero que nada tienen que ver. Polémicas diseñadas en el laboratorio de lo políticamente correcto. Así justifican su existencia los ‘lobbies’ del feminismo y la tupida red de burocracia política que cada vez se distancia más de la realidad de la mujer española de hoy. 

Observad que, aunque en su artículo se limita, modestamente, a darnos unos sencillos apuntes, él (y otros amigos suyos) podría escribir un tratado sobre el feminismo español (eso sin estudiar la historia del movimiento ni conocer los debates que nos animan ni los temas de nuestra agenda). Lo crucial lo sabe: las instituciones están petadas de “lobbies” y hay una tupida red burocrática de feministas.

Si vosotras no veis esos lobbies ni esas poderosas redes por ninguna parte es porque sois medio tontas; no como él, que no necesita analizar datos, políticas, estructuras, organigramas, realidades de ningún tipo… ni necesita entrar en el Ministerio de Justicia, o de Economía, o de Educación y Cultura…ni necesita estar en la Academia de la Lengua, ni en las redacciones de los periódicos o televisiones, ni en ninguna otra institución para saber que están dominadas por poderosos lobbies y tramas burocráticas feministas.

¿Pero qué es lo que de verdad le duele a este señor? Pues que esos lobbies y tupidas redes burocráticas parece que defienden la igualdad, pero no (el subrayado es mío). Por el contrario: están dedicadas a inventar problemas inexistentes, en una deriva de jibarización (me juego lo que sea a que debe estar contentísimo de haber encontrado esta palabreja).

E igual que hizo el otro Javier, el Marías, éste, muy bondadoso, nos indica de qué debemos ocuparnos. Marías nos señalaba la igualdad salarial, Caravallo la violencia y las ayudas a la maternidad. Pero, lamentablemente, según él, el feminismo, olvidando tan graves problemas, anda en encendidos debates, manifestaciones y protestas sobre si hemos de decir coño o vulva.

(Nota: Venga, dejad de reíros ya, amables lectoras que luego vais a tener agujetas).

Javier Caravallo agranda aún más su visión panorámica y pasa al meollo, al núcleo de su diatriba, convirtiéndola en santa indignación: ¿Cómo es posible que nos enfaden letras de canciones, anuncios, bromas, proverbios, películas? ¿Cómo no nos reímos de la chapita del Chupa y calla, por ejemplo? ¿es que hay alguna conexión entre la masiva propaganda machista-misógina y las violaciones, las agresiones, las violencias, el ninguneo que sufrimos? Ninguna.

Hombre, si cosas similares se dijeran de los negros, quizá a este Javier le parecerían mal… Pero ¿de las mujeres?

Y ya, en su apoteosis final, el hombre pasa a comparar a las feministas con Fidel Castro, con Franco y con Stalin (sí, queridas, sí).

En un ataque de paroxismo, cierra el artículo con este párrafo: Consciente o inconscientemente, estamos en lo mismo, podría denominarse la moral de lo políticamente correcto, tan castrante como las anteriores (las anteriores son el castrismo, el franquismo, el estalinismo, como él mismo señala más arriba) para una sociedad libre. Y todo eso, a costa del feminismo verdadero.

Conclusión: la sociedad libre peligra, no por las leyes del gobierno (tipo ley mordaza), no porque a él le publiquen desvaríos de este calibre y a nosotras no nos publiquen las contestaciones que podemos darle, no por los muchos medios de difusión ideológica cultural que tipos como él siguen controlando… No, sino porque nosotras nos cabreamos y nuestro cabreo tiene dos nefastas consecuencias: 1. ellos se ven amenazados de castración (ahí, en esa palabra, se le escapa el consciente, el inconsciente, el yo, el superyo y el ello al pobre Javier), 2. el verdadero feminismo queda perjudicado (oíd los sollozos de Javier, viriles, sí, pero desconsolados).

Ahora, os voy a decir como nota marginal: yo, cuando leo a tipos así no puedo por menos que compadecer a las mujeres de su entorno, esas que les tendrán cariño (porque seguro que alguna habrá) o sea, que los aguantarán… ¡Pobretas! (esto me sale en catalán)…

 

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