El valor del feminismo

 

Nací en la década de los 90, ésa que vería la importante incorporación de mujeres al empleo remunerado, pero que no tuvo la suerte de contemplar la incorporación de los hombres al ámbito de los cuidados. Me socialicé en una sociedad patriarcal. Me eduqué en el machismo, el culto al cuerpo y en todos los mitos del amor romántico. Crecí viendo día sí y día también mujeres siendo asesinadas a manos de hombres. Cuando tenía 14 años, mi profesora de historia en el instituto puso en mis manos una novela de Simone de Beauvoir. No era “El Segundo Sexo”, era una pequeña novelita, pero me evocaba una realidad diferente a la vivida. Desde entonces devoré libros de teóricas feministas. Me empapé de sus pensamientos, su lucha y todo cuanto habían dado para que otras generaciones de mujeres, como la mía, pudiéramos tener más oportunidades que las suyas. Confesaré con ilusión y emoción que jamás me he sentido tan libre. A Cristina, mi profe, le debo las dos pasiones de mi vida: la Historia y el Feminismo.

Me reivindico en las mujeres que han abierto caminos y roto techos de cristal soportando el insulto constante, la descalificación y el intento de ridiculizar su lucha, nuestra lucha. La lucha por la plena igualdad y por la erradicación de todas las formas de violencia y explotación que sufren mujeres y niñas en todas las partes del mundo.

Últimamente existe un intento constante, sobre todo a través de las redes sociales, de menospreciar a nuestras feministas, las que llevan décadas luchando por nuestros derechos. Existe un creciente interés en frivolizar con sus ideales, nuestros ideales, que son la igualdad en su grado máximo y la erradicación de todas las formas de violencia y explotación que sufrimos las mujeres. El machismo, sustentador del sistema patriarcal, es un factor de riesgo para todas las mujeres y últimamente sacude desde frentes que creíamos ganados.

Soy feminista y soy abolicionista. Soy feminista y estoy en contra del alquiler de vientres. Soy feminista y creo que el mito de la “libre elección” es la peor mentira del patriarcado. Soy feminista y tengo la firme convicción de que no podremos erradicar la violencia contra las mujeres mientras éstas se sigan “comprando y vendiendo”, mientras tengamos precio y nuestros cuerpos se conviertan en campos de batalla. Todo ello no me hace ni “buena” ni “mala” feminista, etiquetas muy recurrentes actualmente en ese mundo de los 140 caracteres pero que escapan a la profundidad de análisis que siempre ha tenido el feminismo. No obstante, y aunque reniegue de esos adjetivos vagos con los que algunas personas califican en estos días al movimiento social más importante de los últimos tres siglos, debo confesar que algunos debates me dejan claro la diferencia entre el feminismo que contiene un claro componente de clase social y el que no. La intersección de la clase social marca la diferencia en algunos debates importantes que se están produciendo, como el de la legalización, o no, del sistema prostituyente y el del alquiler de vientres.

Creo fervientemente que si el feminismo no es internacionalista pierde parte de su esencia más vital. En el Mayo del 68 decían que no podía volver a dormir tranquilo/a aquel/lla que un día abrió los ojos. Me es imposible construir un relato feminista obviando las diversas formas de desigualdad, discriminación, violencia y explotación que sufren las mujeres y las niñas en todos los rincones del mundo. Me resulta cuasi imposible articular un discurso feminista que obvie las diferencias sociales y económicas de mujeres y hombres que determinan su situación vital. Por clase, por internacionalista y, sobre todo, por feminista.

Por todo ello confesaré que llevo tiempo pensando que me resulta imposible articular un discurso y un modo de vida feministas sin contemplar necesariamente el componente de clase. No puedo abrazar discursos que lo obvien porque sería profundamente egoísta por mi parte. Y el feminismo es sorórico, el feminismo une y el feminismo nació para liberar a las mujeres, a todas.

Me reivindico en ellas. En nuestras teóricas. En las compañeras que defendieron que sexualidad no era maternidad y nos libraron del yugo que suponía (y supone) el rol tradicional que nos relega a ser “ángeles del hogar”. Me reivindico en las que lucharon por el aborto legal y acabaron con la hipocresía de que las mujeres ricas viajasen y las pobres se desangrasen. Me reivindico en las que pusieron el foco en la sexualidad y denunciaron que la pornografía fomenta la cultura de la violación y la violencia sexual. Me reivindico en las que llevan décadas luchando contra el sistema prostituyente y la trata. Me reivindico en las que alzan la voz contra las violencias y explotaciones que sufrimos mujeres y niñas. Contra todas, sin excepción. En todas ellas me reivindico, porque yo he podido convertirme en lo que soy porque ellas fueron, son y serán.

¡Gracias a todas, a mis siempre referentes feministas, por hacerme libre!

Y ya se sabe que, como escribiera el poeta, en la bandera de la libertad se escribe el amor más grande de nuestras vidas.

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