Cortesanas: Mujeres «aparentemente» empoderadas

Cortesanas: Mujeres «aparentemente» empoderadas

 

En los últimos meses han sido series de televisión las que nos han ofrecido los relatos más complejos y diversos sobre la realidad de las mujeres. A diferencia del cine, al menos del más comercial, en el que dominan las miradas androcéntricas y los heroísmos masculinos, en series como Big Little lies, The good fight, El cuento de la criada o Feud no solo es posible encontrar personajes femeninos con vida propia, seres autónomos que no dependen del protagonista masculino para tener un sentido en la historia, sino que también es fácil detectar en ellas un compromiso rotundamente feminista. Es decir, una propuesta ética que supone mirar críticamente el orden establecido y evidenciar las injusticias de un mundo en el que ellas siguen teniendo más obstáculos que nosotros para ejercer su plena ciudadanía. En algunas de las producciones citadas, no es casualidad que hayan sido justamente mujeres las que hayan estado detrás de la propuesta, algo que todavía parece ser mucho más complicado en el mundo tan patriarcal como es el de la gran pantalla.

Este verano, que suele ser una época de sequía cinematográfica y no digamos televisiva, nos ha regalado otra de esas producciones que se atreven a ofrecer una mirada alternativa sobre la realidad. Me refiero a la serie Harlots (Cortesanas), que se adentra en el mundo de la prostitución en el Londres del siglo XVIII para contarnos un relato que poco tiene que ver con el que habitualmente nos ha ofrecido el cine sobre las mujeres prostituidas. La serie está basada en el libro The Covent Garden Ladies (las Damas de Covent Garden, 2005) de Hallie Rubenhold, académica e historiadora británico-americana especializada en el siglo XVIII. Este libro, a su vez, es la adaptación de Harris’s List of Covent Garden Ladies, un directorio de las prostitutas en activo en Londres que se publicaba anualmente en la segunda mitad del XVIII.

Lo más interesante de estas Cortesanas es el protagonismo absoluto de un grupo de mujeres que luchan por sobrevivir en una época y en un lugar en el que precisamente ellas no lo tenían nada fácil. No se trata de una serie que plantee un debate ético o político sobre la prostitución en sí, pero sí que pone el dedo en las llagas de un orden, el patriarcal, que es el que genera una institución en la que millones de mujeres se han visto atrapadas a lo largo de los siglos. La serie no renuncia, al contrario, a mostrarnos las terribles consecuencias, dramáticas en ocasiones, que la prostitución provoca en unas mujeres que han accedido a ellas porque, como bien vemos, no han tenido otras oportunidades para convertirse en seres con una mínima parcela de poder y de autonomía. Es decir, lo que Cortesanas nos pone en evidencia es que la prostitución acaba siendo para las mujeres que vemos en la pantalla la única vía para empoderarse, para conseguir dinero por sí mismas y, por supuesto, para poder disfrutar de una libertad similar a la de sus compañeros. Por lo tanto, y haciendo el imprescindible análisis de género que nos traduzca en términos de poder el lugar de mujeres y hombres en ese contexto relacional, lo que la historia de esas cortesanas nos indica es que el ejercicio de la prostitución no ha sido ni podrá ser nunca una vía para escapar del dominio masculino sino que es en todo caso y en cualquier lugar una forma dramática de continuar sustentado las servidumbres femeninas. Es decir, en la serie queda clarísimo que la prostitución es una de las más evidentes consecuencias de la suma de dos órdenes, el patriarcal y el capitalismo, que se apoyan y retroalimentan. Una suma que en el siglo XVIII convertía a las mujeres en singulares víctimas, algo que por cierto no hemos superado casi tres siglos después.

En la serie, y frente al rutilante protagonismo masculino que suele ser el más habitual en las pantallas, los hombres son solamente satélites que circulan alrededor, aunque evidentemente ellos sean los señores que se benefician de los privilegios del patriarcado y ellas las que siempre han de estar siempre luchando contra ellos y contra una sociedad llena de trampas para las mujeres que se atreven a romper las reglas. No creo que sea pura casualidad que se trate de una serie urdida casi enteramente por mujeres: desde las dos directoras hasta las productoras ejecutivas, pasando por las guionistas. No me cabe ninguna duda de que gracias a ellas estamos ante un producto en el que vemos como los personajes femeninos rebasan los estereotipos y se nos muestran en toda su compleja diversidad. Porque en Harlots vemos no solo putas, sino también mujeres acomplejadas por el peso de la culpa que les transmite la religión (una religión, por supuesto, hecha a imagen y semejanza de los jerarcas masculinos), mujeres que viven su sexualidad de manera diversa, mujeres de diferentes etnias y culturas que sufren múltiples discriminaciones, mujeres que son madres y mujeres que no desean serlo, mujeres que han aprendido a sobrevivir en los márgenes de una sociedad en la que eran lo más parecido a un esclavo. Todo un repertorio de vidas y de subjetividades que habitualmente están en un segundo plano en los relatos cinematográficos y que aquí se adueñan de la pantalla para demostrarnos que sigue habiendo una larguísima historia, justamente la de la mitad femenina de la Humanidad, que en gran medida sigue sin ser contada.

Harlots, que además cuenta con las suficientes dosis de intriga como para mantenerte pegado a la pantalla durante las 8 horas que aproximadamente dura su primera temporada, es un brillante producto que nos demuestra lo necesarios que son otro tipo de relatos e imaginarios. En definitiva, historias que nos muestren y demuestren la genealogía de una lucha, la de nuestras compañeras, por alcanzar una posición de equivalencia en el entramado social. Por eso justamente la mejor lectura “política” que podíamos sacar de ellas es cuántas cosas hemos hecho mal para que casi tres siglos después sigamos debatiendo sobre si la prostitución puede ser una vía para la “liberación” femenina. Un debate que podríamos cerrar, al menos éticamente, si pensamos despacio en una de las frases que Lucy, una de las protagonistas, le suelta a su madre, que regenta un burdel y que educa a sus hijas para que sean espléndidas cortesanas, y que encierra irónicamente todo el dramatismo de su destino: “Mamá, gracias por el regalo de la prostitución”. En fin, el mito de la libre elección.

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