A vueltas con Cleopatra

A vueltas con Cleopatra

 

Pocos personajes históricos femeninos han causado tanto interés y tanta fascinación como la reina egipcia Cleopatra. Pero, a pesar de la ingente bibliografía que existe sobre la última de los Ptolomeos, y de la atención literaria y artística que ha merecido, especialmente desde Shakespeare a Hollywood, sigue siendo un personaje muy desconocido y visto con los ojos, principalmente de los romanos, que no sintieron nunca una gran estima por Cleopatra. Abordaron el personaje, y así ha pasado a la cultura occidental, vinculado a dos hombres, Julio César y Marco Antonio, y desde una visión harto negativa o muy manipulada. Se mitificó su supuesta belleza, la sensualidad y el encanto personal, adornados con una sagaz inteligencia, pero en combinación con una larga serie de atributos negativos: astucia, manipulación, perversidad y una clara voluntad de engañar, sin olvidar su pretendida lascivia. Era la encarnación de los males que detestarían los romanos del Oriente, aunque sintieran una secreta fascinación hacía ese mundo alejado de su primigenia austeridad. La vinculación con los dos personajes romanos ha llevado a Cleopatra a convertirse en la amante manipuladora más sofisticada de la historia, y ha oscurecido sus motivaciones políticas, que no fueron otras que las de intentar, sin éxito, conservar la independencia de Egipto frente al ya imparable coloso romano.

Busto de Cleopatra VII. Altes Museum, Berlín.

Pero antes de abordar el estudio de la inquina romana hacia Cleopatra debemos entender que su conocimiento presenta otro problema añadido al de la manipulación o mitificación: la falta de fuentes favorables al personaje y su causa, así como de fuentes primarias. Efectivamente, aunque el Egipto de los Ptolomeos ha dejado un relativo abundante rastro documental, es cierto que se ha perdido la mayor parte del mismo, especialmente el que se conservaba en la Biblioteca de Alejandría, así como en otras bibliotecas y templos. No conocemos, por lo tanto, la historia oficial egipcia sobre muchos momentos de la última etapa del Egipto independiente y, por lo tanto, de Cleopatra. Al parecer, solamente se conserva un resto de escritura de la propia reina en un documento oficial, y que solamente expresaba “que así sea”. No tiene, por lo tanto, ningún interés y además no todos los historiadores consideran que fuera obra de la propia Cleopatra.

Los romanos desarrollaron una literatura política hostil, beligerante podríamos añadir, hacia Cleopatra.

Así pues, sin el punto de vista egipcio y de la propia protagonista, ni de historiadores o cronistas más o menos independientes, solamente contamos con la versión romana pero tampoco de contemporáneos a los hechos que vivió la reina de Egipto. En principio, Julio César hubiera sido un autor harto interesante, tanto por su vinculación con el personaje, como por su vocación historiográfica, pero escribió muy poco sobre nuestra protagonista. Seguramente nos hubiera dado su versión y habría que haberla leído y estudiado con sumo cuidado y precaución, pero, como decimos, no nos ha dejado nada relevante.

Estatua de basalto negro de Cleopatra VII. Museo del Hermitage. San Petersburgo, Rusia.

Por su parte, Nicolás de Damasco, historiador y filósofo sirio, tutor de los hijos de Cleopatra y Marco Antonio, llamados Alejandro Helios y Cleopatra Selene, hubiera sido otro autor interesantísimo por su cercanía a la reina, pero tampoco escribió mucho sobre la cuestión. Cuando Augusto conquistó Egipto se marchó para entrar al servicio de Herodes I.

El relato más extenso y completo sobre la historia de Cleopatra se debe a Plutarco en su Vida de Antonio, más aún que en la que dedicó a César. Plutarco afirma que había consultado las memorias de Olimpo, médico de Cleopatra, que sería quien habló de cómo fue la muerte de la reina, pero estas memorias están perdidas. Plutarco es un autor que escribe a principios del siglo II y no era un testigo de lo que aconteció. El mismo mal se puede atribuir a Casio Dión, que posteriormente escribió su Historia Romana. Son ambos textos secundarios que deben ser tenidos en cuenta, pero leídos con mucha precaución, aunque dada la hostilidad de los romanos en general hacia Cleopatra, pueden ser considerados los más moderados o, por lo menos, con menos prejuicios hacia el personaje, aunque siempre insistiendo en la relación con César y Marco Antonio.

Esta visión, por lo demás, estaba impregnada de la intensa mentalidad negativa imperante en Roma sobre aquellas mujeres que se alejaban del ideal de matrona romana.

Los romanos desarrollaron una literatura política hostil, beligerante podríamos añadir, hacia Cleopatra. Nunca consideraron, como apuntábamos al principio, que se trataba de la reina de Egipto, de la gobernante de un reino que intentaba sobrevivir, sino como un personaje que cuestionaba el orden que quería imponer Roma y que, en última instancia, pretendía emplear las supuestas artes de las meretrices orientales para embaucar a dos de sus personajes principales del momento en la crisis final de la República. Esta visión, por lo demás, estaba impregnada de la intensa mentalidad negativa imperante en Roma sobre aquellas mujeres que se alejaban del ideal de matrona romana. Cicerón, campeón de la tradición republicana romana, es un ejemplo de esta hostilidad hacia el personaje, encarnación de esos supuestos males orientales y de la concepción del poder dinástico de los Ptolomeos. Esta visión fue cultivada con esmero por los literatos cercanos a Octavio Augusto, como Virgilio y Horacio. Tampoco sería muy favorable el historiador Flavio Josefo, que en su estudio de la cuestión judía atacó a Cleopatra por su enfrentamiento con la dinastía de Judea. La lista de enemigos literarios romanos de la reina de Egipto se alarga con Apiano, Suetonio y Plinio. Y sobre esta versión o interpretación se ha ido construyendo todo un imaginario posterior que hoy no puede seguir siendo tenido en cuenta a la hora de intentar estudiar al personaje y su época.

 

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