Y tú más…

 

Ya hace tiempo que vengo observándolo. Es hablar de violencia de género, y rápidamente aparecen constestaciones como champiñones con la humedad. Contestaciones que, lejos de solidarizarse con la víctimas, nos escupen referencias a otros delitos, esencialmente hombres maltratados, niños asesinados por sus madres, violencia en las parejas homosexuales y, por supuesto, las famosas denuncias falsas –famosas por lo que hablan de ellas, no por su ínfimo número-.

Es curioso, porque es algo que no ocurre con ningún otro delito. Cualquier víctima de cualquier barbarie que no sea la violencia machista merece solidaridad, conmiseración y exigencia de medidas para evitarla, además de reproche al delincuente. Pero aquí no solo ocurre esto, que sería lo normal. Como decía, no hay vez en que no haga una manifestación contra este terrible mal en que no me vengan con una respuesta referente a otro mal. Como si se tratara de términos aritméticos en una perversa ecuación imaginaria en que, hallando una víctima diferente, consiguiéramos despejar la incógnita y dejar el resultado en cero. Y ojalá fuera así. Pero se trata de vidas humanas, no de factores de una operación matemática, y las víctimas siempre suman dolor, y no hay nada capaz de restarlo.

Cualquier víctima de cualquier barbarie que no sea la violencia machista merece solidaridad, conmiseración y exigencia de medidas para evitarla, además de reproche al delincuente.

Incluso recuerdo una ocasión que quien me contestaba con tan elaborado argumento lo hizo con una noticia de un caso –un niño asesinado- en que yo misma llevé el asunto y logré la condena. Como debe de ser, porque, aunque algunos se empeñen en vender lo contrario, quienes luchamos contra la violencia de género también lo hacemos contra otras muchas cosas. Ni nos colocaron un chip ni unas orejeras que nos impidieran ver más allá del delito si la víctima no es una mujer y el autor un hombre, y no hay una relación de pareja de por medio.

Ya sé que puede sorprender a más de uno, pero cuando hablamos de violencia de género, hablamos de violencia de género. Y en ese contexto no hablamos de hombres maltratados ni de mujeres maltratadoras al igual que no hablamos de niños esclavos, de personas que pierden la vida en el Mediterráneo, de atentados terroristas, de accidentes de tráfico, de víctimas de guerras fraticidas, de pornografía infantil, de tráfico de drogas, de las consecuencias del cambio climático, ni de otras miles de cosas. Simplemente, porque no es el tema y sin perjuicio de abordarlo en otra tesitura. Pero se nos reprocha. ¡Vaya si se nos reprocha!. Como no se hace en ningún otro caso.

Tampoco hay ningún neologismo destinado a ofender a las personas que defienden cualquier tipo de igualdad, más allá de la de género, equiparable al odioso “feminazi” que, a fuerza de oírlo, ya casi ni molesta.

Hagamos un ejercicio de imaginación. Supongamos que ahora mismo hiciera una manifestación en contra de la corrupción al hilo de algún caso de los muchos con que nos topamos cada día. ¿A alguien se le ocurriría, en lugar de condenar al corrupto, decir que es terrible la siniestralidad laboral? ¿Verdad que no? Y menos aún con expresiones insultantes hacia quien condena la corrupción como si eso le impidiera ver cualquier otra cosa o se alegrara de que ocurriera. Pues con eso es con lo que nos enfrentamos día a día.

Tampoco hay ningún neologismo destinado a ofender a las personas que defienden cualquier tipo de igualdad, más allá de la de género, equiparable al odioso “feminazi” que, a fuerza de oírlo, ya casi ni molesta. Bien dice el refrán que no ofende quien quiere sino quien puede. Y ya se sabe que el insulto es el argumento de quienes carecen de argumentos. Pero no por ello deja de ser desagradable.

Quien defiende la igualdad y condena el machismo suele tener sensibilidad ante cualquier otra injusticia.

Pero iré más lejos. Aún no he visto –y espero no ver- a ninguna persona feminista que insulte a quien condena el racismo, el terrorismo o la corrupción diciéndole que no defiende a las mujeres maltratadas. Pero es lógico. Quien defiende la igualdad y condena el machismo suele tener sensibilidad ante cualquier otra injusticia. Porque lo cortés no quita lo valiente.

Así que si quieren seguir insultando, háganlo directamente. Y atrevánse a decir que las casi treinta mujeres asesinadas les importan un ardite. Pero no vengan con el cuento de que existen otros delitos, porque lo sabemos de sobra, y los condenamos cuando corresponde. Porque no puede ser de otro modo.

No carguen nuestras mochilas con más víctimas. Por desgracia, con las que hay ya tenemos más que suficiente.

 

 

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