Demuéstramelo

Demuéstramelo

 

En un viaje reciente a Cantabria, maravillosa tierra dicho sea de paso, estábamos en la fila para entrar al Museo de Altamira y una familia que se encontraba detrás bromeaba sobre la gran afluencia de público (os aseguro que esto es verídico):

– La que ha liado el tío que pintó el bisonte…

– Y seguro que encima la mujer le echaría la bronca “No me pintarrajees las paredes”

– Ja,ja,ja

Hasta aquí todo muy divertido, pero dicen que el feminismo es molesto e impertinente, que no tenemos sentido del humor… será por eso que resultó inevitable volverme y decirles: “Pues he leído que eran las mujeres quienes pintaban las cuevas”.

El aludido me contestó con un condescendiente “Puede ser”.

El caso es que yo no lo decía por incordiar (que también), es que era verdad que lo había leído.

El día que descubrí el artículo, al comentarlo en voz alta con un amigo, su respuesta fue: “Eso no está demostrado”. Y lo dijo con la convicción que aporta saber que las cosas trascendentes las hacen los hombres y, quien opine lo contrario, que lo demuestre.

Una sociedad no evoluciona por decreto; los malos hábitos y los estereotipos son muy resistentes a los cambios, por eso, se hacen necesarios algunos mecanismos que ayuden a vencer la inercia y acelerar el proceso

Es curioso el desconcierto que provoca, en estos casos, que le retes: “Demuéstrame tú que eran hombres los autores”; su cara decía “Es que no hay nada que demostrar, se da por hecho y punto”. Sin embargo yo, al menos, tenía argumentos porque además de las premisas anatómicas que señalaba el texto, el hecho de que tuvieran que pasar algún tiempo resguardadas en la cueva pariendo y amamantando crías puede apoyar la hipótesis de que aprovecharan algunos ratos libres en esta actividad creativa.

Afortunadamente, la responsable de la visita guiada nos saludó con un “Bienvenidos y bienvenidas”; todo un buen augurio que se confirmó al escuchar sus explicaciones siempre refiriéndose a “las personas que realizaron las pinturas”. Al finalizar pregunté si creía que eran mujeres las autoras de las pinturas, me contestó de forma aséptica: “no se ha podido demostrar que fueran hombres, mujeres o ambos, es por eso que me refiero a personas”.

Su actitud contrastaba con los paneles explicativos de la exposición sobre el periodo paleolítico dentro del Museo, donde siempre se referían al Hombre (con mayúscula) o a los humanos; ni siquiera una referencia a la Humanidad.

Nuestras niñas crecen vestidas de princesas viendo dibujos animados repletos de estereotipos de género; rodeadas de publicidad, chistes y comentarios sexistas; más tarde estudian con libros de texto sin referentes femeninos (porque siguen sin aparecer a pesar de la evidencia) y ven películas en las que las protagonistas femeninas no hacen nada que no esté en función de las necesidades de ellos, los auténticos protagonistas de todo (salvo cuando se trata de ‘pelis de chicas’).

Una sociedad no evoluciona por decreto; los malos hábitos y los estereotipos son muy resistentes a los cambios, por eso, se hacen necesarios algunos mecanismos que ayuden a vencer la inercia y acelerar el proceso como, por ejemplo, el uso de un lenguaje igualitario o la imposición de cuotas para conseguir una normalización democrática que llevaría demasiados años alcanzar de forma natural.

A este respecto se pronunciaba en una ocasión Rafael Hernando, como portavoz del grupo Popular, asegurando que las mujeres de su partido que ocupan puestos de responsabilidad, lo hacen por méritos propios sobradamente demostrados. Ya… lo que no alcanzo a imaginar (o sí) son los méritos que ha podido hacer él -y si me apuras, su presidente- pero ellos no tienen que demostrar nada.

Se dice, con cierto humor, que la Igualdad será manifiesta cuando el nivel de mediocridad en los cargos públicos esté equiparado. Tal vez las cuotas, además de rescatar talentos femeninos ocultos, sirvan para equilibrar esa mediocridad que ellos sí demuestran sobradamente.

A una niña de hoy, en Occidente, todo su entorno le asegura que puede ser lo que ella quiera porque vivimos en una sociedad totalmente igualitaria. Bueno, todos menos su primo el listillo que siempre la chincha cuando la ve (pero no podemos culparle, él también está creciendo intentando comportarse según lo que se espera que haga: “Ser un hombre” que básicamente, a su edad, consiste en no mostrar debilidad y en burlarse de las niñas y los “niños afeminados” siempre que sea posible).

A ella le gusta ir a su casa para jugar con sus juguetes, aunque su primo puede ser muy cansino; el otro día mientras competían con su flamante Scalextric dijo con la seguridad que da saber que nadie pone en cuestión tus afirmaciones por peregrinas que sean: “De mayor voy a ser piloto de Fórmula 1” y el diálogo continuó así:

– Yo también

– Tú no puedes. Tú solo estás para sujetarme el paraguas

– ¡¡MENTIRA!! Yo puedo ser lo que yo quiera

– Demuéstramelo

– ¿?

 

 

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