Cuando decreten el fin de la crisis

Cuando decreten el fin de la crisis

 

Es el momento de la economía feminista

Cuando decreten el fin de la crisis, comprobaremos que nos hemos rendido y retrocedido más de treinta años en los derechos a sangre conquistados. Este era el pronóstico que aventuraba la malograda Concha Caballero en un artículo del diario El País, y corría el 2013.

Supo anticiparse e introducir en el debate aquello que muchos expertos en economía ponían notable empeño en negar y han reconocido años más tarde a regañadientes y sin ápice de rubor; que fue la urdimbre de un gran negocio de afán acumulativo; que el objetivo estaba en arriesgarse y socializar las pérdidas; que las políticas de austeridad eran incompatibles con el bienestar social y la dignidad de las personas y que de todos era sabido su lógica absurda y destructiva. Que la nueva modalidad de guerra usaba otras armas, que su finalidad era fijar la hegemonía del pensamiento neoliberal cual dogma religioso. Y que la bandera a conquistar era el Estado, para ponerlo al servicio de los intereses y beneficio de unos pocos. 

Los denominados expertos hacía tiempo que habían malvendido la independencia de su pensamiento al mejor postor, o como señalan economistas críticos, habían sucumbido a la econopatía. La disciplina económica, una vez divorciada del resto de las ciencias sociales, se arrogó una centralidad excluyente que no consentía contestación alguna a su credo. Se transmutó en simple ideología, al servicio de un sistema de expropiación y acumulación, más próxima a la hechicería que a la ciencia. Y su protagonista, el homo economicus, se encarnó en la postmodernidad individualista del que solo se entiende con sus pares, con los que comparte objetivos y jerarquía. Que apoya con fe ciega y acrítica su sistema de privilegios y exige una realidad al servicio exclusivo de sus modelos idealizados. Si los modelos no consiguen los resultados esperados, el problema no está en sus planteamientos, es la realidad la que se cuestiona. Su complicidad queda bien reflejada en el siguiente artículo de Joaquín Estefanía.

Desde un feminismo crítico pudo reconocer que el abuso patriarcal es adaptativo y se amolda como un guante al capitalismo neoliberal más salvaje.

Desde un feminismo crítico pudo reconocer que el abuso patriarcal es adaptativo y se amolda como un guante al capitalismo neoliberal más salvaje. Pudo anticipar que esta guerra, como todas, se ceba con los más vulnerables es decir las mujeres que siempre viajan acompañadas de la infancia y de todas las personas dependientes, y son dos tercios de la población. La pobreza lleva sus apellidos representada en las tasas de paro, la temporalidad contractual, la menor representación en puestos decisorios, las menores posibilidades de ascenso social, la adscripción mayoritaria a los sectores ocupacionales de menor cualificación independientemente de su formación, y las peores condiciones y menores salarios.

Se ha incorporado más dolor a la mirada y constatado con cifras y datos que el retroceso es ya una realidad; los gurús han sido desenmascarados de su arrogancia interesada; el miedo se ha trocado en rabia para parir desgobiernos dirigidos por la superchería de descerebrados sin escrúpulos, dignos hijos de su tiempo. También han surgido voces cabales que buscan alternativas, hasta ahora desechadas, entre ellas las que reclaman una economía feminista.

Se constata que el sistema capitalista neoliberal es incapaz de sostener la vida social con sus relaciones de producción e intercambio y de ofrecer unas condiciones de vida dignas que sean compatibles con el uso de unos recursos naturales que son limitados.

Los sistemas socioeconómicos se sostienen sobre el espacio del cuidado de las personas a lo largo del ciclo vital. Es en el ámbito privado de la familia donde se produce la socialización, naturalizada como una responsabilidad de la mujer y sin reconocimiento de valor económico alguno.

En la economía de los mercados solo cuenta la producción empresarial o los bienes y servicios; con una marcada preferencia por los primeros, que son privados y al servicio de los intereses de unos pocos, frente a los segundos en su mayoría públicos y al servicio de todos.

A las mujeres nos devuelve al ámbito doméstico y familiar, sin reconocerle valor alguno, mientras explora las posibilidades mercantiles del uso de nuestros cuerpos.

Este sistema económico regido por los mercados, incorpora al sector financiero que no produce nada en sí mismo, pero que ha arrebatado el papel mediador que tenía encomendado el Estado, para instrumentalizarlo hacia sus intereses y vaciarlo de cualquier contenido social. El sector financiero como mediador de créditos con interés es el aval del sistema capitalista para la especulación, y su desregulación ha originado la crisis del sistema, afectando al ámbito familiar, productivo, a los servicios y al propio planeta.

Ha estado en la intención de este mismo sistema económico incorporar las finanzas resultantes de sectores sumergidos de la economía criminal; del tráfico y explotación de personas o de estupefacientes. A las mujeres nos devuelve al ámbito doméstico y familiar, sin reconocerle valor alguno, mientras explora las posibilidades mercantiles del uso de nuestros cuerpos. Ésta es la constatación de cómo la disciplina económica opera al margen de cualquier cuestión moral y de justicia social, obviando que sus postulados no son un fin en sí mismos y su valor se acompaña de la utilidad social que solo la puede adquirir desde la economía política.

Llegado a este punto conviene explorar alternativas y revisar conceptos. Conviene reclamar el valor económico de los cuidados sumado a su valor social. Hay que incorporar la mirada feminista sobre la economía y sobre los problemas económicos y echar luz sobre aquellos aspectos cegados por otros modelos con servidumbre hacia otros intereses. Hay que situar la importancia de la vida y de las personas en el centro, por encima de los intereses mercantiles y especuladores. Declarar el valor del trabajo doméstico y de aquellos trabajos no remunerados para eliminar las desigualdades y previamente eliminar la división sexual del trabajo. Se necesita revisar el valor de los Estados de Bienestar y de la economía en general, bajo una mirada de género e intentar comprender cómo la mirada patriarcal condiciona e interactúa en la política macroeconómica.

Hay que situar la importancia de la vida y de las personas en el centro, por encima de los intereses mercantiles y especuladores.

Urge construir un sujeto social igualitario bajo otra ética que no sea en exclusiva la del beneficio individual. Y admitir que como seres sociales, somos interdependientes y nos movemos también por el altruismo y la solidaridad y que estas motivaciones son valorables como actividad y forman parte de la economía.

En definitiva se hace necesaria una revisión feminista de la economía, transformarla en algo más que un modelo de especulación y convertirla en economía real y humanizada. La economía de los cuidados comporta recursos, energía y tiempo. Desde esta perspectiva, los cuidados, se configuran como un trabajo que satisface las necesidades humanas básicas y son un bien social susceptible de análisis económico y de consideración en las políticas públicas.

Una mirada feminista de la economía cuestiona el modelo económico clásico. Desde la academia nunca se otorgó el crédito suficiente a la mirada de género al analizar el modelo reproductivo. Los cuidados y su análisis como actividad económica, cuestionan su adscripción naturalizada a las mujeres, son las voces críticas del feminismo las que reivindican su valor social.

A partir de aquí urge revisar todos los conceptos, el primero el del trabajo, como equivalente a empleo remunerado, siempre desde una perspectiva patriarcal. Su revisión afecta a los usos del tiempo, la redistribución, el reconocimiento, los roles y la responsabilidad social.

Hablar de tiempos implica un cambio conceptual, puesto que es un intangible y la compensación por el trabajo realizado siempre se ha valorado en tangibles, es decir salarios al servicio de un sistema dirigido hacia el consumo. Partir de la lógica del cuidado es priorizar el tiempo hacia los demás sobre el consumo y plantea una revisión de las jornadas laborales y su reducción; de la repartición del trabajo; aborda los permisos de paternidad y maternidad como algo intransferible y remunerado; y cuestiona la flexibilidad y la disponibilidad vinculadas en exclusiva a las necesidades de la empresa, al mismo tiempo que hace inviables los contratos de cero horas con jornadas indeterminadas.

Los cuidados deben ser una corresponsabilidad social que implique a los hombres como a las instituciones, las empresas y los sindicatos.

En cuanto a la redistribución, contrapone la lógica del capital a la lógica de la vida, que sería la lógica implícita en los cuidados. Introduce el debate sobre el control de los beneficios, la fiscalidad progresiva y la necesaria fiscalidad individual. Están también en el debate el rechazo a la brecha salarial, con la obligatoriedad de igualdad en los salarios y la supervisión, control y sanción de su incumplimiento.

También participan del mismo debate las alternativas sobre la Renta básica y de garantías vitales en sus diferentes acepciones (salario mínimo, compensatorio, trabajo garantizado…) y cómo el diseño de determinadas políticas públicas afecta a las mujeres y a toda la sociedad al incidir en determinados roles y su incidencia en la desigualdad que se intenta erradicar, siempre que no se tenga en cuenta una mirada de género sobre el problema.

El reconocimiento necesita una plasmación práctica reflejada en el obligatoriedad del cumplimiento y la exigencia de ampliación de las cuotas de acceso al trabajo, a los puestos de decisión y de representación en todos los ámbitos de la vida ciudadana, pues solo visibilizando a las mujeres como actores partícipes y activos de la vida pública se puede lograr la igualdad. Es la más eficaz estrategia por la igualdad.

Los cambios sociales y culturales están imbricados con las políticas económicas. Acabar con la división sexual del trabajo necesita de hombres cuidadores y sus modelos deben ser proyectados en los diferentes niveles de la educación, en el ocio, la política, los medios… condición sine qua non es posible la tan necesaria revalorización de la actividad de cuidados. La catedrática Lina Gávez, en su obra sobre la economía de los cuidados, los define como todas las actividades para la satisfacción de las necesidades de las personas en cualquiera de sus ámbitos de interacción. Solo revalorizando la propia actividad, podemos revalorizar y revolucionar todo el sector de la actividad de servicios para conseguir unas condiciones materiales y de reconocimiento social, semejantes al sector productivo industrial. Porque la actividad se ha naturalizado como femenina y por tanto desvalorizada. Centrando la actividad económica en la persona, los cuidados adquieren reconocimiento social y dejan de ser mero contingente al servicio lucrativo de los mercados. Los cuidados deben ser una corresponsabilidad social que implique a los hombres como a las instituciones, las empresas y los sindicatos.

En este debate está implícita la decisión sobre el papel otorgado al Estado como mediador entre los diferentes agentes sociales y como garante de la democracia. Y también su papel como generador de empleos que, a la par que imprescindible, no son deslocalizables, no producen externalizaciones indeseables, no afectan al medio ambiente y pronostica unas cifras de ocupación que se calculan en millones de puestos de trabajo.

Urge erradicar la mirada de sesgo patriarcal del análisis científico, desterrar el sesgo interpretativo que asocia lo masculino con lo universal.

Si la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha afectado a los modelos familiares, a las tasas de fecundidad y natalidad, a la esperanza de vida y el envejecimiento de las sociedades, las políticas neoliberales en cambio, han mercantilizado el estado de bienestar y lo han puesto al servicio de sus propios intereses. Han individualizado los riesgos, comprometiendo con ello la paz social y a su vez, han creado una brecha entre la necesidad de cuidados y su provisión.

Si de verdad queremos avanzar hacia una sociedad igualitaria, hacia un mundo más justo, es imprescindible incorporar la mirada feminista al reconocimiento de la realidad y el feminismo como marco teórico de análisis interpretativo de los problemas sociales. El feminismo suma a su bagaje teórico, el humanista y pone la vida y las actividades que son necesarias para el sostenimiento de la misma, los cuidados, en el centro, frente a la hegemonía otorgada sumisamente a los mercados y sus propios intereses.

Urge erradicar la mirada de sesgo patriarcal del análisis científico, desterrar el sesgo interpretativo que asocia lo masculino con lo universal. La construcción de una sociedad igualitaria desde una perspectiva de economía feminista lleva implícita la necesidad de incorporar la lucha contra otras desigualdades, como la desigualdad de clases sociales, dado que las consideradas leyes naturales de la economía no son sino proyecciones de relaciones sociales de poder, que nos venden bajo el estandarte de la experteza técnica. Solo incorporando a nuestra lucha por la igualdad las otras desigualdades podemos mantener el potencial transformador de las propuestas feministas.

Es el momento de la economía feminista, de la revalorización del cuidado y su reconocimiento en la disciplina económica. De atribuir una nueva dimensión al concepto de trabajo más allá del intercambio por dinero. De reconocerlo en todos los procesos que sostienen la vida y otorgarle un valor social y no de simple precio, dado que somos seres interdependientes y necesitados de otros. Es el momento de la economía feminista con su reconocimiento a los cuidados, dado que es la economía de las personas y no tan solo de los mercados, y es la que sitúa la vida en el centro.

Dedicatoria: Este artículo es mi aportación a la reflexión colectiva a partir del acto celebrado en el Prat de Llobregat en el mes de marzo, que contó con la participación de la catedrática Lina Gálvez, la alcaldesa Nuria Parlón y la parlamentaria María Freixanet, así como la colaboración de todas y todos los compañeros del grupo Lletra Violeta y el Club Cortum. A todos ellos mi agradecimiento por su inestimable aportación.

*Este artículo es una revisión del que se publicará en la revista Argumentos Socialistas a fínales de junio.

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