Desmontando el poetarcado: las malditas siempre fueron ellas

Desmontando el poetarcado: las malditas siempre fueron ellas

 

Sé que el arte – en mi caso el arte de la poesía – no significa nada si simplemente decora la mesa de la cena del poder que lo mantiene como rehén.

Adrienne Rich

Las creadoras sobrevivimos en una cultura hostil que insiste en relegar nuestra producción a un segundo plano. Así, el concepto musa, tan celebrado y reclamado por los autores, se configura como una de las herramienta androcéntricas que refuerzan en el imaginario simbólico el rol de la mujer como inspiradora.

Colette en París

Insistimos en la necesidad de visibilizar y reivindicar la producción de las mujeres: un acercamiento consciente, crítico y feminista que cuestione normas y patrones establecidos, que desmonte los estereotipos de género y construya nuevo. Trascender todo el entramado tejido por los cánones patriarcales en torno a la mujer como objeto – y por tanto, no-sujeto -, supone reelaborar el relato falocéntrico destruyendo sus cimientos.

El privilegio de género es el pedestal que sustenta y legitima las estrategias para invisibilizar a las creadoras. Artistas, escritoras, todas seguimos siendo objeto de ataques machistas.

El privilegio de género es el pedestal que sustenta y legitima las estrategias para invisibilizar a las creadoras. Artistas, escritoras, todas seguimos siendo objeto de ataques machistas. Sufrimos la condescendencia y el paternalismo de tantos y tantos autores que nos infantilizan categorizándonos como alumnas inmaduras en vías de desarrollo necesitadas de un moderno pigmalión que nos enseñe y nos guíe, que nos de una lista de lecturas (esto les encanta y, por supuesto,rara vez incluyen a una feminista), alguien que dirija o redirija nuestra trayectoria y a quien podamos nombrar agradecidas, con lágrimas en los ojos, en las páginas de cortesía de un libro, en presentaciones y conferencias.

Hablo con frecuencia del poetarcado. El término ofrece por sí mismo una imagen global de cómo está el panorama en la dimensión en la que yo misma trabajo, me muevo y produzco.

Hablo con frecuencia del poetarcado. El término ofrece por sí mismo una imagen global de cómo está el panorama en la dimensión en la que yo misma trabajo, me muevo y produzco. La estructura patriarcal de poder otorga un peso y una validez distinta a la palabra de los hombres, presuponiéndole veracidad. También su relato vital se beneficia del privilegio de género y por ello les es tan fácil deslegitimar la producción de las autoras o exhibir comportamientos sexistas propios de las cavernas sin que nadie se rasgue demasiado las vestiduras.

Por desgracia, es frecuente comprobar cómo estos poetarcas, algunos de los cuales se llenan la boca con progresismos, disidencias y poses varias, atribuyen los logros de muchas poetas y escritoras a su físico, a sus relaciones afectivas o a cualquier otra causa mundana que nada tenga que ver con su talento. No me estoy inventando nada: esto es así y todas lo hemos experimentado de una forma u otra.

Por supuesto, ustedes pueden seguir pensando que no es cierto, que «estas cosas ya no ocurren», que los artículos donde se denuncia el trato sexista a las poetas en recitales y prensa se hacen eco de casos aislados, que gozamos de las mismas oportunidades y, cómo no, pueden llamarme exagerada o histérica si quieren hacerse los originales. Pueden seguir pensándolo, claro que sí. Es cómodo y no implica posicionarse frente a muchos a quienes llaman «maestros». Bien, nosotras no vamos a permitir que nuestra producción siga considerándose un apéndice ni que las genealogías de creadoras se invisibilicen mientras se sigue privilegiando la obra de los hijos sanos del patriarcado, alimentando la misoginia entre mujeres y por tanto, la competencia entre autoras, o desprestigiando nuestro trabajo porque se sienta como «una amenaza» al chiringuito intelectual que mantienen los poetarcas de turno.

Ni Rimbaud, ni Carver, Modigliani o el dichoso Bukowski: las malditas siempre fueron ellAs y seguimos siéndolo nosotras.

Reclamemos lo que es nuestro. Dinamitemos el poetarcado.

Érase otra vez la misma historia, repitiendo a través de los siglos el destino amoroso de la mujer, su cruel esquema mistificador. Y cada historia, cada mito le dice: «no hay sitio para tu destino en nuestros asuntos de Estado». El amor es un asunto de umbral. Para nosotros, hombres, que estamos hechos para triunfar, para ascender en la escala social, la tentación es buena porque nos insta, nos empuja, alimenta nuestras ambiciones. Pero la realización es peligrosa. El deseo no debe desaparecer. Para nosotros, vosotras, las mujeres, representáis la eterna amenaza, la anticultura. No nos quedamos en vuestras casas, nos vamos a reposar a vuestras camas. Rondamos. Seducidnos, enenradnos, es todo lo que os pedimos. No hagáis de nosotros unos seres blandos, aletargados, femeninos, sin preocupaciones de tiempo ni de dinero. Para nosotros, el amor a vuestro modo es la muerte. Asunto de umbrales: todo esta en suspenso, en el pronto, siempre diferido. Mas allá está la caída: sumisión del uno al otro, domesticación, reclusión en la familia, en el rol social.

Hélène Cixous. La risa de la Medusa

 

 

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