DER SPIEGEL: El fracaso de la legalización de la prostitución

Por CORDULA MEYER, CONNY NEUMANN, FIDELIUS SCHMID, PETRA TRUCKENDANNER y STEFFEN WINTER

Texto original: http://www.spiegel.de/international/germany/human-trafficking-persists-despite-legality-of-prostitution-in-germany-a-902533.html

Traducción del alemán: Christopher Sultan
Traducción del inglés: Atenea Acevedo

Hace poco más de diez años, cuando se legalizó la prostitución en Alemania, los políticos esperaban que la medida generara mejores condiciones y más autonomía para las trabajadoras sexuales. Sin embargo, no ha sido así. La explotación y la trata de personas siguen siendo problemas importantes.

Sânandrei es una ciudad marginal de Rumania donde predominan las casas derruidas y los caminos de barro. Alrededor de 80% de sus jóvenes carecen de empleo y las familias que poseen un huerto donde cultivar papas y verduras pueden considerarse afortunadas.

Alina está parada frente a la casa de sus padres, una de las más antiguas de Sânandrei. Viste vaqueros y calza botas de pelo sintético. Cuenta por qué quería huir de su casa hace cuatro años, cuando acababa de cumplir los 22. Habla de su padre, un hombre que bebía y golpeaba a su esposa, y a veces también violentaba a su hija. Alina no tenía trabajo ni dinero.

Por el nuevo novio de una amiga se enteró de las posibilidades que ofrecía Alemania. Le dijeron que allá las prostitutas podían ganar fácilmente €900 ($1,170) al mes.

Alina empezó a considerar la idea. Cualquier cosa parecía mejor que vivir en Sânandrei. “Pensé, tendré mi propia habitación, un baño y no demasiados clientes”, dice. En el verano de 2009, Alina y su amiga subieron al auto de aquel hombre y atravesaron Hungría, Eslovaquia y la República Checa para llegar a la capital alemana… no al vibrante barrio de Mitte en el corazón de la ciudad, sino cerca del aeropuerto Schönefeld, donde el nombre del local ya decía algo sobre el propietario: Airport Muschis (“Coños de Aeropuerto”). La especialidad del burdel era el llamado sexo por tarifa plana o fija. Por €100 ($129), el “cliente” podía tener sexo con la frecuencia y durante el tiempo que quisiera.

Alina dice que todo sucedió muy rápido. Había otros rumanos que conocían al hombre que las había dejado ahí. Le exigieron entregar su ropa y le dieron reveladoras piezas de lencería para que se las pusiera. A unas cuantas horas de haber llegado tuvo que recibir a sus primeros prostituidores. Dice que cuando no se mostraba complaciente, los rumanos reducían sus ingresos.

Los prostituidores en Berlín pagaban al ingresar al local. Muchos se drogaban para mejorar su desempeño sexual y podían durar toda la noche. Era habitual ver una fila de hombres esperando afuera de la habitación de Alina. Dice que en algún momento dejó de contar al número de hombres que se metían en su cama. “Mi mente bloqueó el número. Eran demasiados, día tras día”.

Encerradas

Alina narra que ella y sus compañeras debían pagar a los proxenetas €800 por semana. Compartía cama en una habitación con otras tres mujeres. No había más muebles. Lo único que vio de Alemania fue la estación de gasolina Esso a la vuelta de la esquina, donde podía comprar cigarrillos y golosinas, pero solo si iba acompañada de un escolta. El resto del tiempo la tenían encerrada bajo llave dentro del club.

Los fiscales se enteraron de que las mujeres prostituidas en ese local tenían que ofrecer sexo vaginal, oral y anal, y atender a varios prostituidores al mismo tiempo en sesiones denominadas gangbang (sexo tumultuario, varios hombres con una sola mujer). Los hombres no siempre se ponían preservativo. “No se me permitía negarme a nada”, cuenta Alina. Cuando menstruaba, insertaba esponjas al fondo de su vagina para que los prostituidores no se dieran cuenta.

Cuenta que rara vez le pegaron y tampoco a las otras mujeres: “Nos decían que conocían a mucha gente en Rumania que sabía dónde vivían nuestras familias. Eso bastaba”. A veces llamaba a su madre desde un celular, mentía y contaba lo bonito que era todo en Alemania. En una ocasión, un proxeneta le dio €600 y ella consiguió enviar el dinero a su familia.

La historia de Alina es muy común en Alemania. Las organizaciones de apoyo y los especialistas calculan que hay hasta 200,000 mujeres que ejercen la prostitución en ese país. Según varios estudios, incluido uno a cargo de la Red Europea para la Prevención del VIH/ETS y el Fomento de la Salud entre Trabajadoras Sexuales Migrantes (TAMPEP), entre 65 y 80% de las niñas y mujeres prostituidas vienen del exterior. La mayoría son rumanas o búlgaras.

La policía poco puede hacer por las mujeres como Alina. Ella narra que los proxenetas están preparados en caso de que haya redadas e incluso presumen de conocer a los policías. “Sabían cuándo habría una redada, por eso nunca me atreví a confiar en ningún policía”.

Los proxenetas les dicen a las chicas cómo actuar frente a los policías: deben decir que estaban navegando en Internet en Bulgaria o Rumania, y así se enteraron de que era posible ganarse un buen dinero trabajando en un burdel alemán, de manera que se habían comprado un billete de autobús y un día se habían aparecido en el club por voluntad propia.

Una sarta de mentiras

Es muy probable que todo oficial a cargo de vigilar el cumplimiento de la ley que trabaje en un ambiente de prostitución oiga la misma sarta de mentiras una y otra vez. El objetivo de esa ficción es encubrir todo indicio de trata, del mecanismo mediante el cual las mujeres son trasladas y explotadas en Alemania. Se convierte en una serie de frases que presenta a las mujeres como Alina en prostitutas autónomas, empresarias que eligieron una profesión libremente y a quienes Alemania ahora desea ofrecer buenas condiciones laborales en el sector del sexo dentro de la industria de los servicios.

Esa es la imagen de ‘la puta respetable’ que parece haber cautivado a los políticos: libre como el viento, protegida por el sistema de seguridad social, con un trabajo que le encanta y una cuenta de ahorro en el banco de la localidad. Los científicos sociales las llaman “trabajadoras sexuales migrantes”: ambiciosas proveedoras de servicios que están aprovechando las oportunidades de las que gozan en una Europa cada vez más unificada.

En 2001, el parlamento alemán o Bundestag, con los votos de la coalición en el gobierno conformada por el Partido Socialdemócrata y el Partido Verde, aprobó una ley de prostitución cuya intención era mejorar las condiciones laborales de las prostitutas. En el marco de la nueva ley, las mujeres podían presentar demandas legales para exigir un salario y aportar a programas de seguro de salud, desempleo y jubilación. El objetivo de la legislación era hacer de la prostitución una profesión como la de cajero de banco o asistente dental, una profesión reconocida en lugar de estigmatizada.

Los defensores del comercio sexual autónomo estaban felices con la aprobación de la medida. Se vio a la entonces Ministra de la Familia, Christine Bergmann (SPD), alzar una copa de champaña con Kerstin Müller, líder parlamentaria del Partido Verde, y con Felicits Weigmann (hoy Schirow), operadora de burdeles en Berlín. La imagen mostraba a tres mujeres celebrando el hecho de que, en Alemania, los hombres ya podían acudir a los burdeles sin el menor escrúpulo.

Actualmente, muchos policías, organizaciones de mujeres y políticos familiarizados con la prostitución están convencidos de que la bienintencionada ley es, de hecho, poco más que un programa que subsidia a proxenetas e incrementa el atractivo del mercado a los ojos de los tratantes de personas.

El supuesto fortalecimiento de los derechos de las mujeres

El código civil alemán fue enmendado al tiempo que se promulgo la ley de la prostitución. La frase “promoción de la prostitución”, catalogada como delito, fue reemplazada con “explotación de prostitutas”. La compra de sexo es un delito punible cuando tiene un carácter “explotador” o “dirigista”. Los policías y fiscales están atados de pies y manos, ya que resulta muy difícil probar estos elementos en caso de delito. Puede considerarse al proxeneta como explotador, por ejemplo, si se queda con más de la mitad de las ganancias de una prostituta, algo que prácticamente nunca es posible demostrar. En el año 2000, 151 personas fueron condenadas por compra de sexo, mientras que en 2011 fueron tan solo 32.

El objetivo de los promotores de esta ley era, de hecho, fortalecer los derechos de las mujeres y no de los proxenetas. Esperaban que los operadores de burdeles aprovecharan, por fin, la oportunidad de “brindar buenas condiciones laborales sin estar sujetos a procesos judiciales”, tal como se lee en una evaluación de la ley dirigida al Ministerio Federal para las Familias.

La prostitución no estaba penalizada antes de la nueva ley, pero era considerada inmoral. Las autoridades ejercían una política de tolerancia hacia los burdeles y se referían a ellos con el eufemismo de “alquiler comercial de habitaciones”. Hoy, once años después del cambio de categoría laboral de la prostitución de conformidad con la ley de 2001 y según cálculos de la asociación de la industria Erotik Gewerbe Deutschland (UEGD), hay entre 3.000 y 3.500 burdeles. Ver.di, el sindicato de servicios públicos, calcula que la prostitución representa alrededor de €14.500 millones en ingresos al año.

Se calcula que hay 500 burdeles en Berlín, 70 en la pequeña ciudad de Osnabrück al noroeste y 270 en el pequeño estado de Saarland al suroeste, en la frontera con Francia. Muchos franceses frecuentan los burdeles de Saarland. El Club de Sauna Artemis, cerca del aeropuerto de Berlín, atrae a muchos prostituidores de Gran Bretaña e Italia.

Las agencias de viaje ofrecen tours a burdeles alemanes de hasta ocho días de duración. Un proveedor de estos “paseos” los promueve como “legales” y “seguros” en su página web. Se promete a los posibles “clientes” hasta cien “mujeres totalmente desnudas” que solo llevan zapatos de tacón. Además, se les recoge en el aeropuerto y se les lleva de un club a otro en autos BMW Serie 5.

El horror de la tarifa fija o plana

Además de los llamados clubes nudistas o saunas, donde los prostituidores van envueltos en una toalla y las mujeres están desnudas, se han establecido grandes burdeles que anuncian sus servicios como “todo incluido”. Cuando el Pussy Club abrió sus puertas cerca de Stuttgart en 2009, la gerencia lo publicitó de la siguiente manera: “Sexo con todas las mujeres por el tiempo que quieras y como quieras. Sexo. Anal. Oral sin preservativo. Tríos. Orgías. Sexo tumultuario”. El precio: €70 en el día y €100 por la noche.

Según la policía, alrededor de 1.700 prostituidores aprovecharon la oferta durante aquel primer fin de semana. Llegaron autobuses de muy lejos y los periódicos locales afirmaban que hasta 700 hombres hicieron fila para entrar al burdel. Después, los prostituidores se quejaron del supuestamente mal servicio en chats de Internet, pues las mujeres ya no estaban en forma para ser usadas después de unas cuantas horas.

El negocio se ha vuelto más rudo, dice Andrea Weppert, trabajadora social de Núremberg que ha trabajado con prostituidas durante más de 20 años, tiempo en que la cifra total de prostituidas se ha triplicado. En palabras de Weppert, más de la mitad de las mujeres carece de residencia permanente: viajan de un lugar a otro para poder ganar más dinero al ser “nuevas” en las diferentes ciudades.

Actualmente, “un alto porcentaje de prostitutas no se retira a su hogar después del trabajo, sino que prácticamente vive en el espacio laboral”, narra una ex prostituida bajo el pseudónimo Doris Winter en un testimonio para la serie académica titulada The Prostitution Law. “Por lo general, las mujeres viven en las habitaciones donde trabajan”, añade.

En Núremberg, esas habitaciones se alquilan por entre €50 y €80 al día, afirma la trabajadora social Weppert, pero el precio puede llegar a los €160 en burdeles donde hay muchos prostituidores. Las condiciones laborales de las prostitutas han “empeorado en años recientes”, señala Weppert. Dice que en toda Alemania “se ofrece un número significativamente mayor de servicios en condiciones de mayor riesgo y a cambio de menos dinero que hace 10 años”.

La caída de los precios

Pese al agravamiento de las condiciones, las mujeres llegan en masa a Alemania, el mayor mercado de la prostitución en la Unión Europea, un hecho confirmado incluso por los propietarios de los burdeles. Holger Rettig, de la UEGD, afirma que el flujo de mujeres de Rumania y Bulgaria ha aumentado drásticamente desde que ambos países empezaron a formar parte de la UE. “Esto ha causado la caída de los precios”, dice Rettig al tiempo que señala que el negocio de la prostitución “pertenece a la economía de mercado y no a la economía social”.

El jefe de la policía de Múnich, Wilhelm Schmidbauer, lamenta el “explosivo aumento de la trata de personas de Rumania y Bulgaria”, pero agrega que no tiene acceso a los mecanismos necesarios para realizar una investigación. Con frecuencia se le prohíbe el uso de vigilancia telefónica. En consecuencia, dice Schmidbauer, “prácticamente no tenemos casos de trata de personas. No podemos probar nada”.

Esto dificulta rastrear a quienes traen “mercancía fresca” a los burdeles alemanes desde los rincones más remotos de Europa, mercancía como Sina. En la oficina del centro de información para las mujeres de Stuttgart, Sina narró a las psicólogas el viaje que la llevó hasta los burdeles de tarifa fija en Alemania: la mayoría de las viviendas en Corhana, su pueblo de origen cerca de la frontera rumana con la República de Moldavia, carecen de agua corriente. Sina y otras jóvenes del poblado iban todos los días al molino por agua. Parece una escena de “Cenicienta”… todas las chicas soñaban con el hombre que un día vendría a rescatarlas de tan sombría cotidianidad.

El hombre que llegó al pueblo a bordo de un enorme BMW se llamaba Marian. Para Sina fue amor a primera vista. Marian le dijo que había trabajo en Alemania y los padres de ella firmaron un formulario para otorgarle permiso, como menor, de salir del país. Durante el viaje hasta Schifferstadt, en el estado de Rhineland-Palatinate al suroeste, le dio alcohol a Sina y se acostó con ella.

Marian la entregó al “No Limit”, un burdel de tarifa plana o fija. Sina tenía apenas 16 años y presuntamente atendía a hasta 30 prostituidores al día. A veces le daban unos cuantos cientos de euros. Marian, inquieto por las redadas de la policía, acabó por enviarla de regreso a Rumania. Sin embargo, Sina volvió y siguió en la prostitución con la esperanza de que un “cliente” se enamorara de ella y la rescatara.

‘Sin mejoras medibles’

¿La ley de la prostitución en Alemania ha mejorado la situación de mujeres como Sina? Cinco años después de su aprobación, el Ministerio de la Familia evaluó los logros de la nueva legislación. El informe señala que los objetivos “se alcanzaron solo parcialmente” y que la desregulación “no había aportado ninguna mejora efectiva medible en la cobertura social de las prostitutas”. Ni las condiciones laborales ni la posibilidad de salir de la “profesión” han mejorado. Finalmente, no hay “a la fecha, prueba cabal” de que la ley haya disminuido el índice de delitos.

Prácticamente ningún tribunal reportaba el caso de alguna prostituta que hubiera presentado una demanda para exigir su salario. Tan solo 1% de las mujeres encuestadas dijo haber firmado un contrato de trabajo como prostituta. El hecho de que el sindicato Ver.di elaborara un “contrato modelo de empleo en el sector de los servicios sexuales” no había cambiado nada. En un sondeo a cargo de Ver.di, la operadora de un burdel afirmó que valoraba la ley de la prostitución porque reducía la probabilidad de las redadas. De hecho, afirmó que la ley era más ventajosa para quienes operan burdeles que para las prostitutas.

Quien desee operar una cafetería móvil en Alemania debe cumplir con la norma DIN 10500/1 para “vehículos destinados a la venta de alimentos perecederos” que estipula, por ejemplo, el requisito de contar con despachadores de jabón y toallas desechables. Quien desee operar un burdel no estará sujeto a restricciones de este tipo, basta con informar a las autoridades de la inauguración del local.

Las prostitutas siguen evitando el registro ante las autoridades. En Hamburgo, con su famosa “zona roja” Reeperbahn, solo 153 mujeres cumplen con la normativa y se han registrado en la oficina fiscal de la ciudad. El gobierno quiere que las prostitutas paguen impuestos, ¿tiene, a cambio, que establecer reglas para la “profesión”?

El extraño papel que asume el gobierno en el comercio sexual se pone en evidencia con las prostitutas que están en las calles de Bonn: cada noche, tienen que comprar un talón fiscal en una máquina, con vigencia hasta las 6.00 de la mañana del día siguiente. El talón cuesta €6.

Sexo por una Big Mac

En la zona norte de Colonia, donde las prostitutas drogadictas “trabajan” sobre la calle Geestemünder, cerca de la planta de Ford, no se colectan impuestos. En el marco de un proyecto social se han instalado “casetas de trabajo” (básicamente, lugares para estacionar el auto y tener sexo a bordo) bajo un techado tipo cobertizo. Aunque no hay señalamientos que indiquen que las instalaciones son para prostitución, la zona cercada ostenta un letrero donde se lee que el límite de velocidad es 10km/h y se solicita a quienes conducen los autos que se muevan en dirección contraria al reloj.

En una fría noche primaveral, alrededor de 20 mujeres están de pie al borde del área. Algunas han traído sillas de acampar, otras están sentadas en paradas de autobús recicladas. Cuando el “cliente” ha acordado el precio con una de ellas, la lleva a una de las casetas. El techado tipo cobertizo alberga ocho casetas, además de una habitación para ciclistas y peatones, con piso de concreto y una banca de parque. Hay un botón de alarma en cada caseta y un grupo de mujeres católicas de servicio social monitorea la zona cada noche.

Alia tiene 23 años y lleva una peluca rubia. Su cuerpo está constreñido debajo de un corsé e intenta ocultar el aliento a alcohol con una menta. Al hablar de sí misma y de las otras prostitutas que “trabajan” en la calle, Alia dice: “La gente que trabaja aquí tiene un verdadero problema”.

Alia llegó a la calle Geestemünder después de haber abandonado sus estudios y tras haberse mudado con su novio, quien le dijo que se vendiera en la calle. Dice que empezó a “trabajar” como prostituta por “las dificultades económicas y por amor”, y muy pronto empezó a consumir marihuana, cocaína, anfetaminas y alcohol. Afirma que “no hay prostitución sin coerción y sufrimiento”. Lleva tres años prostituyéndose en la calle. “Una mujer sana no se dedica a esto”, apunta.

La tarifa de sexo oral y coito solía ser de €40 en la calle Geestemünder; sin embargo, Alia cuenta que cuando la ciudad cercana de Dortmund clausuró la zona peatonal, vinieron más mujeres a Colonia. “Cada vez hay más y más mujeres, y cobran menos con tal de ganar algo, cualquier cosa”, se queja. Dice que las búlgaras y rumanas a veces cobran menos de €10. “Aquí hay mujeres que se venden incluso por una Big Mac”.

El problema de la trata de personas en Alemania

Lo cierto es que las mujeres provenientes de Europa Oriental rara vez llegan a la calle Geestemünder. Las desvían los puntos de control de pasaportes de la policía, pensados, de hecho, para encontrar y proteger a las víctimas de la trata y la prostitución forzada. Ahora las chicas “trabajan” en las calles del sur de Colonia, factor que sigue bajando los precios en el vecindario del norte.

En 2007, Carolyn Maloney, congresista demócrata de Nueva York y fundadora del Comité sobre Trata de Personas en el Congreso de los Estados Unidos, escribió sobre las consecuencias de la legalización de la prostitución en y alrededor de Las Vegas, la meca del juego: “Érase una vez la ingenua creencia de que la prostitución regulada mejoraría la vida de las prostitutas, eliminaría la prostitución en las zonas donde siguiera siendo ilegal y eliminaría el crimen organizado del negocio. Como todos los cuentos de hadas, no es más que pura fantasía”.

Los responsables de vigilar el cumplimiento de la ley en Alemania que trabajan en las llamadas “zonas de tolerancia” se quejan de que ahora es muy difícil tener acceso a un burdel con fines de supervisión. Alemania se ha convertido en un “centro de explotación sexual de jóvenes mujeres de Europa Oriental, así como un espacio para los grupos de crimen organizado de todo el mundo”, dijo Manfred Paulus, detective en jefe jubilado de la ciudad sureña de Ulm. Solía trabajar como vice detective y ahora se dedica a advertir a mujeres búlgaras y bielorrusas que no se dejen llevar a Alemania.

En términos estadísticos, Alemania prácticamente no tiene problemas con la prostitución y la trata. Según la Oficina Federal de la Policía para Actividades Delictivas (BKA), en 2011 hubo 636 denuncias de casos de “trata de personas con fines de explotación sexual”, es decir, casi una tercera parte menos que diez años atrás. Trece de las víctimas tenían menos de 14 años, otras 77 eran menores de 18.

Hay muchas mujeres de países de la UE “cuya situación indica que fueron víctimas de trata, pero es difícil aportar pruebas sostenibles en un tribunal”, señala el informe de la BKA. Todo depende del testimonio de cada mujer, dicen los autores, pero “hay poca voluntad de cooperar con la policía y los servicios asistenciales, en especial en el caso de presuntas víctimas de Rumania y Bulgaria”. Y cuando las mujeres se atreven a decir algo, “es común que se retracten después de sus declaraciones”.

Condenas a la baja

Un estudio del Instituto Max Planck de Derecho Penal Extranjero e Internacional concluyó que las cifras oficiales de la trata de personas “dicen poco sobre el alcance actual de este delito”.

Según un informe sobre trata de personas recientemente presentado por Cecilia Malmström, comisionada europea para asuntos internos, hay más de 23.600 víctimas en la UE, y dos terceras partes de ellas sufren de explotación sexual. Malmström, sueca, observa indicios de que las bandas criminales están ampliando sus operaciones. Sin embargo, señala, el número de condenas va a la baja, pues la policía se ve rebasada en sus esfuerzos por combatir la trata. El informe exhorta a Alemania a hacer más por atender el problema.

Pero, ¿y si la ley de prostitución en Alemania estuviera beneficiando, de hecho, a los tratantes de personas? ¿La ley ha, en realidad, fomentado la prostitución y, en consecuencia, la trata de personas?

Axel Dreher, profesor de política internacional y desarrollo de la Universidad de Heidelberg, ha intentado responder a estas preguntas con datos provenientes de 150 países. Las cifras son imprecisas, como todas las estadísticas relacionadas con la trata y prostitución, pero consiguió identificar una tendencia: ahí donde la prostitución está regulada, hay más trata de personas que en ningún otro lugar.

La mayoría de las mujeres que llegan a Alemania para prostituirse no fueron secuestradas en las calles y, las más, no creen realmente que trabajarán en una panadería alemana. Lo más común es que se trate de mujeres como Sina que decidió seguir a un hombre del que se había enamorado hasta Alemania, o como Alina, conscientes de que se convertirán en prostitutas. Sin embargo, es muy raro que sepan lo mal que lo pasarán y, definitivamente, no saben si con estos “trabajos” podrán quedarse con algo del dinero que ganen.

Hay casos aún más preocupantes. En diciembre, los televidentes alemanes quedaron impactados tras ver el programa “Wegwerfmädchen” (“Chicas desechables”), parte de la serie delictiva “Tatort”, grabado en la ciudad de Hanover en el norte del país. El programa muestra a varios proxenetas en el momento de arrojar a dos jóvenes gravemente heridas a un contenedor de basura después de una orgía. Unos cuantos días después de que el episodio fuera transmitido, la policía de Múnich encontró a una chica llorosa y apenas vestida en un pequeño parque.

El calabozo de Isar

La chica rumana de 18 años había huido de un burdel. Le contó a la policía que tres hombres y dos mujeres se habían acercado a ella en las calles de su pueblo de origen. Este grupo de extraños le prometió trabajar como niñera. Al llegar a Múnich le vendaron los ojos y la llevaron a una celda en un sótano, con una puerta que solo podía abrirse mediante un código de seguridad.

En aquella habitación oscura había otra chica sentada en una litera y se oía agua correr detrás de las paredes. La policía cree que este lugar clandestino se encontraba en una fábrica vacía cerca del río Isar, que atraviesa Múnich. Los hombres la violaron y, cuando se negó a trabajar en un burdel, la golpearon.

Al principio la policía dudó, pero la chica recordaba los nombres de sus proxenetas. Fueron arrestados y se encuentran bajo custodia. Ya que se niegan a responder durante los interrogatorios, la policía aún no encuentra el escalofriante calabozo y la chica rumana ahora forma parte del programa de protección de testigos.

A veces, las mujeres son enviadas por sus propias familias, como es el caso de Cora, de Moldavia. Tiene 20 años, calza un par de suaves pantuflas con enormes ojos cosidos al frente, busca un gorro en sus bolsillos. Cora vive en un hostal a cargo de un centro rumano de asistencia a víctimas de trata. La psicóloga de Cora cuenta que cuando las chicas moldavas cumplen 15 o 16 años es común que su padre o sus hermanos les digan: “Puta, vete a ganar dinero”.

Los hermanos de Cora llevaron a su atractiva y dócil hermana a una discoteca en la ciudad más cercana. Su tarea solo consistía en servir bebidas, pero ahí conoció a un hombre con contactos en Rumania. “Me dijo que allá podría ganar mucho más en las discotecas”. Cora se fue con él, primero a Rumania, después a Alemania.

‘Proceso de emancipación’

Tras ser violada durante un día entero en Nuremberg, ya sabía lo que tenía que hacer. Trabajó en un burdel en Frauentormauer, uno de los distritos de prostitución más antiguos de Alemania. Recibía a los hombres en su habitación, dice que hasta 18 horas cada día. Cuenta que los oficiales de la policía también frecuentaban el burdel, en calidad de “clientes”. Cora dice que “no se daban cuenta de nada, o no les importaba”.

El burdel recibió a muchos “clientes” en la Noche Buena de 2012. Cora narra que su proxeneta le exigió trabajar un turno de 24 horas y la apuñaló en la cara cuando se negó. La herida sangraba profusamente, tanto, que le permitieron ir a un hospital. Un “cliente” que le había dado su número de celular la ayudó a huir a Rumania, donde presentó cargos contra su torturador. Cuenta también que el proxeneta la llamó hace poco y amenazó con ir a buscarla.

A pesar de historias como la de Cora, los políticos en Berlín no se sienten presionados a actuar. En parte, se debe a que dentro del debate sobre la prostitución una postura ideológicamente correcta pesa más que la deplorable realidad. Por ejemplo, cuando la Universidad de Ciencias Aplicadas de Hamburgo organizó un congreso sobre la prostitución en Alemania hace un año, uno de los asistentes afirmó que la prostitución “en tanto oficio sexual reconocido, vive un proceso de emancipación y profesionalización”.

Rahel Gugel, profesora de derecho, se queda estupefacta ante tales afirmaciones: “Es absurdo, no tiene nada que ver con la realidad”. Gugel es catedrática de derecho y servicio social en la Universidad Estatal Cooperativa de Baden-Württemberg, la ley de la prostitución fue el tema de su tesis y ha trabajado para una organización de asistencia.

Quienes defienden la legalización argumentan que toda persona tiene derecho de realizar cualquier profesión que elija. Algunas feministas incluso encomian a las prostitutas por su emancipación, pues dicen que las mujeres deben poder hacer con su cuerpo lo que les plazca. No obstante, en la práctica se hace evidente la falta de claridad de la frontera entre la prostitución voluntaria y la forzada. ¿Las mujeres como Alina y Cora ejercieron la prostitución por voluntad propia? ¿Tomaron decisiones autónomas? “Lo políticamente correcto en Alemania es respetar las decisiones de cada mujer”, dice la abogada Gugel, “pero si quieres protegerlas, este no es el camino”.

El enfoque equivocado de Berlín

Según Gugel, muchas mujeres enfrentan dilemas emocionales o económicos. Hay evidencias de que el número de prostitutas que sufrieron violencia o fueron desatendidas en la niñez supera al promedio en otras actividades. Las encuestas han demostrado que muchas de ellas pueden ser consideradas como personas traumatizadas. Las prostitutas sufren de depresión, trastornos de ansiedad y adicción en índices mucho más altos que el resto de la población. La mayoría de ellas han sido violadas, muchas de manera constante. En las encuestas, la mayoría de ellas dice que dejaría la prostitución de inmediato si pudiera hacerlo.

Claro que también hay mujeres que deciden que es mejor vender sus cuerpos que abastecer anaqueles en un supermercado. Sin embargo, todo indica que son una minoría, aunque es una minoría vocalmente representada por unas cuantas propietarias de burdeles y cabilderas a favor de la prostitución como Felicitas Schirow.

Para la profesora de derecho Gugel, la ley alemana tiene un enfoque fundamentalmente equivocado, ya que es necesario limitar la prostitución y penalizar a los “clientes”. Su voz no encuentra eco en Alemania.

Sin embargo, la tendencia en Europa es otra. Algunos de los países que alguna vez quisieron seguir las huellas alemanas están cambiando el rumbo y ahora siguen el ejemplo sueco. Dos años antes de que Alemania aprobara la ley de la prostitución, Suecia adoptó un enfoque contrario. La activista Kajsa Ekis Ekman lucha por convencer al resto de Europa de emular a su país. Desde que publicó un libro donde describe la vida de las prostitutas,  Ekman se ha dedicado a viajar de una ciudad europea a otra como una especie de embajadora del combate de la trata de personas.

A mediados de abril, la campaña de Ekman la llevó a KOFRA, un centro para mujeres en Múnich. Ekman es rubia, de ojos azules, menuda y llena de vida. Se sienta en una angosta silla de madera y está tan ansiosa por hablar que la taza de café se enfría, intocada, como si no hubiese suficiente tiempo para decir todo lo que considera importante.

Cuando estudiaba en Barcelona, Ekman compartía su vivienda con una mujer que se prostituía. Fue testigo de la forma en que los proxenetas dominan a sus “empleadas” y comenta: “He estado activa en el tema desde que vi la manera en que mi compañera vendía su cuerpo”. Al volver a Suecia, se quedó atónita ante un debate público sobre el amor libre y la autodeterminación de las prostitutas. “Lo que yo vi era muy distinto”, afirma.

Penalizar a los “clientes”, no a las prostitutas

En 1999, cuando Suecia ilegalizó la compra de servicios sexuales, sus vecinos europeos se mostraron incrédulos. Era la primera vez que se penalizaba a los “clientes” y no a las prostitutas.

“Ahora la prostitución prospera en la clandestinidad”, publicó el influyente diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, afirmando que se trataba de “una derrota para el movimiento de las mujeres en Suecia” y especulando que “el feminismo dogmático” era responsable de la situación. ¿Puede una sociedad que se quiere libre de mojigatería penalizar a los hombres que van con prostitutas? Puede, dice Ekman, y cita los éxitos de su país, donde cada vez menos hombres pagan por sexo y quienes lo hacen se sienten cada vez más avergonzados. “Antes de que nuestra ley entrara en vigor, uno de cada ocho hombres en Suecia había estado con una prostituta; esa cifra ahora es uno de cada 12”.

Desde luego, aún hay prostitución en Suecia, pero la prostitución en las calles ha disminuido 50%. El número total de prostitutas pasó de aproximadamente 2.500 a alrededor de 1.000 o 1.500. Los proxenetas introducen a mujeres de Europa del Este al país en minivans y no es raro que se queden en los suburbios de las ciudades, pero la prostitución ya no es un gran negocio. Los críticos del modelo dicen que ha aumentado la prostitución en departamentos y por medio de Internet, y que los hombres simplemente van a burdeles en países bálticos o Europa del Este.

La ley sueca no se basa en el derecho de la prostituta de tomar decisiones autónomas, sino en la igualdad entre hombres y mujeres, consagrada tanto en la constitución sueca como la alemana. Su argumento, en términos sumamente simples, es que la prostitución constituye una forma de explotación donde siempre hay un desequilibrio de poder. La lógica sueca es que el hecho de que los hombres puedan comprar a las mujeres para acostarse con ellas perpetúa una percepción de la mujer que socava la igualdad de derechos y daña a todas las mujeres.

‘Enchúlame el burdel’

Suecia penaliza a los compradores de sexo, a los proxenetas y a los tratantes de personas, no a las prostituidas. Este enfoque busca disuadir la demanda del sexo a cambio de dinero y restar rentabilidad a los tratantes y explotadores. Hace dos años, el gobierno sueco incrementó la pena máxima para quienes compran sexo, pues pasó de seis a 12 meses en prisión.

Aunque la policía no siempre se muestra especialmente asidua en el tema, se ha arrestado a más de 3.700 hombres desde 1999. En la mayoría de los casos únicamente se les obligó a pagar multas. También hay debates en Suecia en torno a la idoneidad de la ley y su carácter restrictivo, pero lo cierto es que goza de considerable apoyo entre la población. A diez años de su promulgación, más de 70% de las personas suecas dicen apoyar la penalización de los hombres que pagan por sexo en lugar de las prostituidas.

En Alemania, por el contrario, la situación es tal que el canal de televisión RTL II tiene un programa donde un equipo de “enchuladores de burdeles” recorre el país y visita “burdeles en problemas” para brindar asesoría e impulsar el “negocio del sexo”. Iniciativas como esta motivaron a Alice Schwarzer, editora de la publicación feminista EMMA, a vislumbrar “como meta en el corto plazo, un debate social que culmine con la condena de la prostitución en lugar de su aceptación e incluso fomento, como sucede hoy” en Alemania.

Pierrette Pape considera que la forma en que la prostitución es vista en cada país tiene consecuencias: “Actualmente, los niños suecos crecen sabiendo que comprar sexo constituye un delito. Los niños holandeses crecen con la idea de que hay mujeres a la vista en vitrinas que pueden solicitarse como mercancías de fabricación masiva”. Pape es portavoz del Lobby de Mujeres Europeas en Bruselas, colectivo que agrupa a 2.000 organizaciones de mujeres en Europa.

Pape se dice asombrada de que Alemania no esté revisando seriamente sus políticas relacionadas con la trata de personas: “El debate tiene lugar en toda Europa y esperamos que los políticos y las organizaciones de ayuda en Alemania presten más atención a los derechos humanos de lo que han hecho hasta ahora”.

Ya son varios los países europeos que siguen el modelo sueco. En Islandia, donde se ha adoptado una legislación similar, los políticos están ponderando la prohibición de la pornografía en línea. Desde 2009, Noruega penaliza a los “clientes” de las prostitutas. En Barcelona es ilegal emplear los servicios de una prostituta en la calle.

El enfoque francés

Según la ley promulgada en Finlandia en 2006, los hombres están sujetos a penalización si son “clientes” de una prostituta que “trabaja” para un proxeneta o es víctima de trata. Sin embargo, ha resultado imposible demostrar que un hombre esté al tanto de esta situación. Actualmente, el Ministerio Finés de Justicia está preparando un informe para que el país considere la adopción del modelo sueco.

Son muchas las personas que desean emular a Suecia en Francia. Poco después de asumir el cargo, la ministra responsable de los derechos de las mujeres, Najat Vallaud-Belkacem, hizo una audaz declaración: “Mi objetivo es que la prostitución desaparezca”. Tanto políticos como sociólogos calificaron la idea de utópica y hubo manifestaciones de prostitutas en contra de la iniciativa en las calles de Lyon y París. La propuesta de ley de Vallaud-Belkacem estipula hasta seis meses en prisión y una multa de €3.000 para los “clientes”. Probablemente pasará algún tiempo antes de que convenza al gobierno.[1]

¿Y en Alemania? Los políticos discuten en Berlín mínimos cambios a la ley de la prostitución y al final no resuelven nada. En 2007, la entonces ministra de la familia Ursula von der Leyen, perteneciente al partido Unión Demócrata Cristiana (UDC), al que también pertenece la Canciller Angela Merkel, pretendió hacer que los burdeles estuvieran sujetos a aprobación gubernamental. Contaba con el apoyo de Annegret Kramp-Karrenbauer, del mismo partido y, en aquel entonces, ministra del interior de Saarland (actualmente gobernadora del mismo estado). Sin embargo, no lograron la mayoría dentro del partido y la propuesta quedó en nada.

En 2008, el Congreso de la Equidad y las ministras de las Mujeres intentaron presentar una normativa que sometiera a los operadores de los burdeles a una prueba de confiabilidad. Consultaron la propuesta con sus colegas en el Encuentro de Ministros del Interior, pero no tuvieron éxito.

Sin mayores cambios

En 2009, políticas de la CDU, del Partido Socialdemócrata, del Partido Democrático Libre (de espíritu empresarial) y el Partido Verde en el estado sudoccidental de Baden-Württemberg convocaron al Bundesrat, el órgano legislativo que representa a los estados alemanes, a pronunciarse en contra de “los inhumanos servicios de tarifa plana” … pero la ley permaneció intacta.

Los Países Bajos optaron por la desregulación legal dos años antes que Alemania. Tanto el ministro holandés de justicia como la policía reconocen que no ha habido mejoras tangibles para las prostitutas desde entonces. En general, su estado de salud está más deteriorado que antes y cada vez son más las adictas a las drogas. La policía calcula que entre 50 y 90% de las prostitutas no ejercen de manera voluntaria.

Lodewijk Asscher, socialdemócrata, afirma que la legalización de la prostitución fue “un error nacional”. Ahora el gobierno holandés planea acotar la ley para combatir el aumento de la trata y la prostitución forzada.

Alemania está lejos de ese punto. Los Verdes, que desempeñaron un papel fundamental en el apoyo a la ley de la prostitución hace 12 años, no se arrepienten. La portavoz Kerstin Müller, dirigente de la bancada del Partido Verde en el parlamento en aquella época, dice que hoy se ocupa de otros temas. Irmingard Schewe-Gerigk, también parlamentaria del Partido Verde cuando la ley se aprobó, dice: “La ley fue buena. Solo que debimos haberla puesto en práctica más a fondo”. Es interesante notar que Schewe-Gerigk es, actualmente, presidenta de la organización de derechos de las mujeres Terre des Femmes, cuya meta es lograr “una sociedad sin prostitución”.

El tercer pionero de la nueva ley en aquel tiempo, Volker Beck, sigue apoyándola al día de hoy. Beck, ex portavoz oficial de su partido en asuntos legales, sí está de acuerdo en tener nuevos programas de asistencia y salida de la prostitución; sin embargo, afirma que Suecia no puede ser el modelo a seguir por Alemania, pues “la prohibición no mejora nada, porque solo se conseguirá que la prostitución tenga lugar en sitios difíciles de monitorear”. Dice, además, que “las bandas criminales tomarán el control del negocio”, como si las personas que hoy lo dominan fueran empresarios respetables.

‘El terreno de la ilegalidad’

No todos los Verdes piensan igual. “Un importante segmento del sector ya está operando en el terreno de la ilegalidad”, dice Thekla Walker de Stuttgart, presidenta de la organización estatal de los Verdes, quien ha buscado modificar el enfoque de su partido frente a la prostitución.

Una moción presentada por Walker durante una convención de su partido hace un mes apunta: “La prostituta autónoma que imaginamos al promulgar la ley en 2001, la mujer que negocia en igualdad de condiciones con su cliente y puede sostenerse con sus ingresos, es una excepción […] Las leyes actuales no protegen a las mujeres de la explotación, sino que les otorgan, acaso, la libertad de permitirse ser explotadas […] El Partido Verde no puede hacer caso omiso ante las catastróficas condiciones laborales y de vida de tantas prostitutas”.

Pero sí, hicieron caso omiso. Walker retiró la moción porque no tenía oportunidad de conseguir la mayoría, aunque el partido ha afirmado la voluntad de revisar la ley a fin de determinar si necesita mejoras.

En Alemania, quienes se pronuncian contra la legalización son consideradas “personas mojigatas y moralistas”, afirma la profesora Gugel, catedrática de derecho. Además, dice que nada indica “que los políticos tengan suficiente interés en el tema”.

Sin embargo, la ministra de la familia Kristina Schröder, sí se decidió a tomar medidas drásticas contra la trata y la prostitución forzada. “Pese a nuestros grandes esfuerzos, ha sido imposible alcanzar la unanimidad de los cuatro ministerios implicados”, declaró. Su deseo de regular más estrictamente a los burdeles fracasó ante la oposición de la ministra de justicia Sabine Leutheusser-Schnarrenberger, quien considera innecesario reformar la ley y repite el falso argumento según el cual la ley alemana saca a las mujeres de la ilegalidad y la ley sueca las arroja a la clandestinidad.

Ante semejante desacuerdo, sería un milagro que el gobierno concretara pronto la decisión de proteger a las víctimas de la trata de manera más efectiva. Todo indica que las mujeres tendrán que seguir defendiéndose por su cuenta.

Completamente legal

Alina, originaria de Sânandrei, logró escapar del burdel Airport Muschis. Después de una redada, ella y otras 10 mujeres huyeron hacia un restaurante turco del barrio. El hermano del dueño, habitual cliente, escondió a las mujeres y alquiló un autobús con sus propios medios. Hizo todo por llevarlas a Rumania. Los proxenetas intentaron detener el autobús, pero las mujeres consiguieron escapar.

Alina vive nuevamente con sus padres. No les ha contado lo que vivió. Trabaja, pero no quiere decir en qué. Lo que gana es suficiente para su transporte, ropa y algo de maquillaje.

A veces, Alina acude a AIDrom, un centro de apoyo a víctimas de trata en Timisioara, en el oeste de Rumania, donde conversa con la psicóloga Georgiana Palcu, quien intenta encontrarle un hueco en los programas de capacitación para peluqueras o cocineras. Palcu dice que las charlas con las jóvenes que vuelven de Alemania son “infinitas y difíciles”. Las exhorta a ser optimistas.

Sin embargo, Palcu no se hace ilusiones. Aun cuando una chica pueda capacitarse, difícilmente aceptará esos empleos, ya que no ganará más de €200 en una semana de 40 horas laborales. En consecuencia, muchas regresan a Alemania, donde fueron maltratadas y prostituidas, solo para “trabajar” en lo mismo. Y se pregunta: “¿Qué les puedo decir? Es la realidad. Nadie vive con €200”.

El burdel Airport Muschis que estaba en Schönefeld ya no existe. En su lugar se encuentra Club Erotica, un burdel que no ofrece tarifas planas o fijas. No obstante, los prostituidores siguen teniendo muchas opciones en la zona. A unos cuantos kilómetros, en Schöneberg, el burdel King George ahora ofrece tarifa plana. Los administradores promueven el slogan “Geiz macht Geil”, que podría traducirse como “lo barato calienta”. Por €99, los “clientes” pueden disfrutar de sexo y bebidas hasta la hora de cierre del local. Con costo adicional se ofrece sexo anal, oral sin preservativo y besos con lengua. EL burdel King George ofrece “fiestas gang-bang”, la modalidad de sexo multitudinario en que varios hombres penetran a una sola mujer a la vez, los lunes, miércoles y viernes. Es completamente legal.

[1] Francia se sumó a la lista de países abolicionistas en abril de 2016. N. de la t.

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