Atroz Lady y burda película

Atroz Lady y burda película

 

No basta con coger un loco, ponerlo a pasear por la Mancha montado en un rocín para crear una obra maestra. Ni basta con hacer de la protagonista una asesina para convertirla en personaje shakespeariano,

Eso es lo primero que pienso viendo Lady Macbeth, de William Oldroyd.

La mayoría de las críticas se muestran, sin embargo, favorables, y todas, como un mantra, alaban: los bellos paisajes (cierto, impresiona la hermosura de este planeta que nos estamos cargando), los planos frontales de la protagonista mientras se aburre a morir metida en su vestido azul (cierto, bonito color), la perversión del personaje (¿perversión? yo más bien diría tontuna misógina de la estancia narradora).

Punto de partida del film: Mujer vendida en matrimonio. Chica muy joven casada con un señor que le dobla la edad, al que ni conoce (y, por supuesto, al que no ama ni desea). Dada la época (que no está muy clara, pero finales del siglo XVIII) se la supone inexperta desde todos los puntos de vista.

Primer mosqueo

En la noche de bodas, el marido le ordena: «Quítate el camisón». Ella obedece. Su obediencia no extraña. La educación de las jóvenes incluía una prescripción ineludible: hay que someterse ciegamente al marido. Pero ¿sin atisbo de pudor, de vergüenza de incomodidad? ¿Sin punta me miedo, de grima o repelús?

Más bien pienso que la instancia narradora cree que la educación pudibunda y reprimida de las mujeres (y más en aquella época) es un corsé externo, de quita y pon, como un echarpe o un calcetín. Cree que las emociones, esperanzas, expectativas y deseos no están profundamente interiorizados en cada individuo. Piensa que quienes han sido educadas en sentimientos de pecado, de precaución, de “pureza”, de mancha, de puritanismo, se pueden despojar de ellos súbitamente, sin un parpadeo. Que quienes han sido amaestradas en temores reverenciales de cualquier tipo no los han asumido, sino que los llevan como colgados al hombro, prestos a dejarlos caer graciosamente a la mínima.

Las mujeres sabemos lo que cuesta -incluso cuando ya racionalmente las cosas están claras- deshacerse de los remordimientos, de la penosa debilidad emocional, del pavor de la culpa, de la inseguridad, etc. No solo del terreno sexual, en todos.

Y una cosa es que alguien intuya –más o menos confusamente- qué sumisiones la hacen desgraciada, se oponen a sus otros deseos, bridan e impiden ir más allá, otra que decida pelear contra esos mandatos y otra tercera es que pueda sacudírselos alegremente, como una mota de polvo.

Las mujeres sabemos lo que cuesta -incluso cuando ya racionalmente las cosas están claras- deshacerse de los remordimientos, de la penosa debilidad emocional, del pavor de la culpa, de la inseguridad, etc. No solo del terreno sexual, en todos.

Esta simplificación del film me chirría. Ya estoy demasiado vivida como para que me cuenten historias tan “lisas”.

Segundo mosqueo

Unos criados, crueles machos sin entrañas, ríen mientras humillan y brutalizan a la doncella de la casa. En rango laboral, son sus iguales pero, como varones, muestran esa prepotencia, ese plus de poder sobre las mujeres que la sociedad patriarcal les otorga.

Lady Katherine, la protagonista, lo descubre y manda parar. Pero ¡oh sorpresa! la barbarie no la asquea sino que, por el contrario, la atrae; el asunto “la pone”. Es más, queda colgada del “líder” de la manada.

¿Somos, a veces, seres extraños? Sí, claro ¿nos habitan deseos locos? Por supuesto ¿Mujeres educadas en el masoquismo pueden tener fantasías de corte masoquista? obvio. No debemos negar esas posibilidades, aunque advierto que, como dijo Jutta Brückner[1]:

En el seno del imaginario se realizan experiencias que no quieren o no pueden hacerse realidad porque conducen a zonas que son el límite mismo de toda experiencia. La imaginación calma los deseos fantásticos, no los deseos reales. Cuando las mujeres soñaban (y sueñan) con sujeción sexual no es por deseo, por ejemplo, de ser violada en el sucio pasillo de una casa sino por deseo de verse totalmente sumergida y perdida en sus propios deseos.[2]

En resumen: no es la complejidad lo que me desazona y desagrada sino lo contrario. Me repele esa simpleza que reduce a una sola dimensión plana los pozos negros, la significación múltiple y laberíntica, las flores carnívoras y contradictorias que nos habitan.

Tercer mosqueo

Sí, ella “pide guerra” pero, con todo, parece excesivo que el criado, obviando los mandatos de clase que también eran fuertes en esa época y tenían graves consecuencias (una cosa era violar a una criada y otra violar al ama) se lance a entrar en la casa, a empujar la puerta del dormitorio venciendo la resistencia de ella, a perseguirla y a golpearla.

Pero, por supuesto, la osadía del palafrenero se ve recompensada, pues estamos en lo de siempre: las mujeres dicen que no, pero es que sí. Intentan escapar, se defienden… en el fondo, lo están deseando. Hay que forzarles la mano y luego quedan encantadas.

Cuarto mosqueo

Cuando ella cede, él, sin desnudarse y oliendo a caballo sin lavar desde la prehistoria, la penetra, así, en seco. A ella hemos de suponerla virgen. Sin embargo, no parece que le duela, ni le asombre, sorprenda o extrañe. Me podéis decir: quizá aunque su marido no consuma el matrimonio, ella tuvo amantes anteriores. Puede, pero entonces hay que hacer referencia al hecho porque no es baladí. Dada la época y los tremendos condicionantes que pesaban sobre las mujeres, un suceso rupturista de tal calibre merecería un atisbo de explicación. Pues no, el film no lo da.

Dada la época y los tremendos condicionantes que pesaban sobre las mujeres, un suceso rupturista de tal calibre merecería un atisbo de explicación. Pues no, el film no lo da.

Es más, cuando unos diez segundos más tarde, él alcanza el orgasmo, ella parece encantada. Aquí entramos ya de lleno en el mundo de la fantasía… No me molesta la fantasía en general, por supuesto, pero sí me molesta la prédica fantasiosa que nos dice –una vez más y van miles- que a las mujeres basta con meternos algo por la vagina para que alcancemos el séptimo, cuando no el octavo, cielo.

Quinto mosqueo:

El palafrenero y lady Katherine se convierten en amantes desenfrenados y adictos. Bien, nada que objetar. Nada que objetar porque seremos magnánimamente imaginativas y supondremos, incluso, que él, además de penetrarla, le acaricia el clítoris (aunque me molesta, y mucho, que eso nunca se muestre ni se dé a entender en la película).

Para vivir su idilio libremente, ella tiene que liquidar al suegro. No seré yo (ni ningún espectador, creo) quien llore. Es un ser desagradable y violento. Un cerdo.

Pero ¿a Katherine no le da ni un ligero temblor? Pues no. Esta lady, en un tris, muta de chica sumisa a psicópata sin entrañas. Pasa, sin transición, de acatar fielmente los mandatos de género, a desafiar las leyes humanas y divinas con fría determinación. Nada que ver con las complejidades morales de la lady Macbeth shakespeariana ni con sus convulsos lavados de manos.

Para mayor asombro nuestro, la doncella que presencia el hecho sufre un shock traumático tan brutal que queda muda para siempre ¿no es esta reacción igualmente excesiva por el otro extremo? Asesinan a un tipo cruel y desaprensivo que te humilla y aterroriza y tú, en vez de bailar o, al menos, respirar tranquila ¿pierdes el habla? Vamos, ¡por todas las diosas del Olimpo!

Más mosqueos:

Entramos en la consabida cadena: se empieza matando a uno y luego ya es un no parar. Pero, por supuesto, sin pestañear ni reparar en la edad ni condición del asesinado.

¿Será que las mujeres, cuando sacamos los pies del plato nos perdemos totalmente? ¿Será que no podemos ser libres sin zambullirnos en una vorágine de maldad? Va a ser verdad lo que Vallejo-Nájera, gran psiquiatría franquista, decía en Investigaciones psicológicas en marxistas femeninos delincuentes (sic y alegría para los miembros de la RAE):

Cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer (…) entonces se despiertan en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarle las inhibiciones inteligentes y lógicas, característica de la crueldad femenina que no queda satisfecha con la ejecución del crimen, sino que aumenta durante su comisión.

Lady Katherine es buena prueba de ello: o con la pata quebrada y en casa, sometida y esclavizada o lanzada a una orgía de sangre y ferocidad.

Y algunos buscando disculpas, preguntarán ¿No lo hace por amor? ¡Qué va! Ni siquiera. En último extremo, tampoco le importa sacrificar a su amante.

Conclusión: ¿puede una mujer ser tan malvada? Puede, puede. ¿Puede ser una despiadada asesina en serie? Puede, puede. Con todo, conviene recordar que según un estudio estadístico realizado en 2011 por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, el 90,5% de los asesinatos habían sido cometidos por hombres.

Nota de consuelo para misóginos irredentos: también cabe la posibilidad de que las estadísticas no reflejen la realidad y que la mayoría de las asesinas consigan -igual que esta de la peli- salir indemnes de sus fechorías, mientras los pobres hombres son tantas veces acusados sin razón…


[1] Brückner, Jutta : « Pornographie. La tache de sang dans l’œil de la caméra ». Les Cahiers du Grif. 25. Pág. 122.

[2] La traducción es mía

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