El feminismo no es un partido ni una ONG

El feminismo no es un partido ni una ONG

 

A veces, se oyen cosas así: “El feminismo no se ocupa de la situación de las mujeres de etnia gitana, o de las mujeres con problemas psiquiátricos, o de las mujeres con movilidad reducida,  con una u otra discapacidad, problema específico, o particularidad, etc.”…

En resumen: afirman que el feminismo no se interesa por las mujeres que pertenecen a tal o cual grupo, ya sea una pertenencia heredada o adquirida, física o cultural, una pertenencia que esas mujeres padecen sin desearla o que desean y reivindican (aunque la juzguen mejorable).

Aclaremos, para empezar, que una cosa es preocuparse por y otra despreocuparse de. Que una cosa es tener poco conocimiento de un tema y otro que, pudiendo tenerlo, no te interese lo más mínimo e incluso que lo desprecies. Lo primero es casi imposible de evitar, lo segundo puede ser criticable o incluso nefasto.

Yo, personalmente, tengo interés por el mundo y me siento muy concernida por los seres que lo habitan. En primer lugar, por los humanos. Sí, en primer lugar por los humanos ¿Por qué? Porque Los humanos son mi especie y porque, además, para mí constituyen la especie más interesante, y -en último extremo- porque, en vista de la capacidad destructiva que hemos desarrollado, quien ame a la naturaleza y a los demás seres, tiene forzosamente que preocuparse en primer lugar por mejorarnos a nosotros so pena de que terminemos cargándonos a todo bicho viviente.

Hemos de elegir, de grado o de fuerza. A veces, ni elegimos, las circunstancias eligen por nosotr*s.

No debemos, pues, vivir ciegs y sords a lo que nos rodea. Pero ¿es posible interesarse por todo? No. Tenemos una capacidad mental, emocional, física y psíquica limitada. Hemos de elegir, de grado o de fuerza. A veces, ni elegimos, las circunstancias eligen por nosotr*s.

Así, a mí, los inuit me importan porque son seres humanos. No me da igual lo que les ocurra, ni como individuos ni como pueblo. Y me afecta especialmente la situación de las mujeres inuits,  puesto que sé que ellas sufren –solo por ser mujeres- una doble opresión. Y creo que la mayoría de las feministas españolas comparten más o menos esta posición. Dicho eso, soy consciente de que es una posición algodonosa y vaga. Débil, en una palabra. Pero sería absurdo que vinieran a reprocharnos: “Calláis sobre las inuits, no reivindicáis nada sobre ellas. No os importan. Practicáis un feminismo egoísta, blanco, eurocentrista, burgués”, (y esas acusaciones que a veces nos sueltan en plan rosario recriminatorio).

Y no se trata de eso. Se trata de que son las mujeres inuits quienes realmente entienden su propia cultura, conocen sus formas de ser y de estar en el mundo, pueden analizar con conocimiento de causa los problemas que le afectan… Son ellas, pues, quienes tienen que lanzar sus movimientos, no nosotras.

No soy partidaria, pues, del relativismo cultural a ultranza. No comulgo con quienes dicen, por ejemplo: Si no eres musulmana no puedes opinar sobre el velo.

Lo cual no significa que yo no tenga criterio para juzgar lo que allí ocurra, o que no deba analizarlo (en la medida en la que esté enterada, por supuesto). No soy partidaria del relativismo cultural a ultranza. No comulgo con quienes dicen, por ejemplo: Si no eres musulmana no puedes opinar sobre el velo. Critico cualquier costumbre que considere atroz, cruel o misógina, ya se practique en mi pueblo o en las antípodas.

Por otra parte, una cosa es no dirigir el feminismo de las inuits y otra muy distinta apoyarlo. Si las inuits lanzaran un movimiento reivindicativo y pidieran apoyo (del tipo de que fuera) a las feministas europeas, sud o norte americanas, asiáticas o africanas, deberíamos dárselo en la medida de nuestras posibilidades.

Feminismo eres tú

Y podéis decir, “Sí, claro, pero las inuits están lejos… ¿qué hay de las gitanas o de las mujeres con problemas de psiquiátricos?” Ellas no están a miles de kilómetros sino aquí ¿qué reivindicáis para ellas?”.

Ciertamente es más fácil enterarse de lo que les ocurre a ellas que de lo que les ocurre a las mujeres inuits. Mucho más accesible saber cómo enfocan ellas los problemas, de qué manera determinada les afectan las opresiones generales, cuál es su agenda más perentoria etc. etc.  Pero son ellas las que deben formular y estructurar todo eso. Aunque los mecanismos básicos que oprimen a una gitana son los mismos que oprimen a una paya, creo que son las gitanas quienes saben de qué modo esos mecanismos se plasman en su cultura y de qué manera hay que combatirlos en ese entorno concreto. Son ellas quienes deben analizar cómo  y en qué puntos sus necesidades específicas modifican, enriquecen o abundan en las reivindicaciones conjuntas de todas las mujeres.

Son ellas quienes deben analizar cómo  y en qué puntos sus necesidades específicas modifican, enriquecen o abundan en las reivindicaciones conjuntas de todas las mujeres.

O sea y por resumir: si una mujer con problemas psiquiátricos o movilidad reducida le reprocha “al feminismo” que ignore sus problemas, lo primero que hay que aclararle es esto: “Feminismo eres tú. Reúnete con otras mujeres que tengan tu misma situación, analizadla desde una óptica feminista (es decir, considerando las opresiones específicas que como mujeres sufrís y teniendo como horizonte utópico acabar con esas discriminaciones y lograr la igualdad de los seres humanos). Proponed caminos, tácticas y estrategias. E ilustradnos a las demás para que así vuestro combate se integre en el de todas”.

Lo cual no significa ni se contrapone, sino todo lo contrario, con lo siguiente: el feminismo lleva siglos elaborando pensamiento, analizando el patriarcado, combatiéndolo en la teoría y en la práctica. Sería estúpido ignorar el riquísimo e interesante acervo cultural y de praxis política acumulado por las mujeres que nos han precedido en la lucha por la liberación. Es decir, las feministas también tenemos el deber de formarnos. Pero sabiendo que el feminismo no es una organización con un programa cerrado y al que, por lo tanto, podamos reprocharle que “deje fuera” a unas u otras. El feminismo es un movimiento abierto, con un horizonte utópico hacia el que caminar. Ese camino se va concretando y haciendo constantemente, con las aportaciones de todas (caminanta, no hay camino, se hace camino al andar).

El feminismo es un movimiento abierto, con un horizonte utópico hacia el que caminar. Ese camino se va concretando y haciendo constantemente, con las aportaciones de todas

¿Qué en un momento histórico dado no haya reflexión feminista ni, en consecuencia, propuestas liberadoras para tal o cual colectivo de mujeres? Por supuesto, sería absurdo negarlo ¿pero eso ocurre por mala fe, porque rechacemos o despreciemos sus demandas? No. Ocurre por lo que dije al principio, porque no hemos podido pensar todo. Esperamos, pues, que las que viven esa realidad inexplorada aún, nos la expongan.

También puede suceder que, en un momento dado, una determinada reivindicación se haga perentoria para una mayoría pero que, sin embargo, a una minoría no le parezca la fundamental (o no le parece la fundamental para ella). Puede, claro. Estamos en un movimiento dialéctico.

Es más: como colectivo también podemos equivocarnos. Y como individuas, ya, para que contar… nos equivocamos constantemente y no siempre en los mismos negociados. Pero, dicho eso, a mí que no me venga nadie en plan de “¿Qué hay de lo mío?” Porque es ella la que tiene que señalar que es “lo suyo”, es la que debe impulsarlo, buscar alianzas y hacernos comprender a las demás, ilustrarnos.

O sea: el feminismo no es algo que esté “fuera” de nosotras. No es una especie de ente ajeno, ni una organización estatuaria que tenga su biblia, su decálogo, su comité central, a la que haya que acudir para “pedir”, reclamar o reprochar. Es un movimiento que hacemos todas y que, en ese sentido, no me pertenece a mí más que a cualquiera otra que lo haga suyo, lo tome como referencia y se ponga a luchar (de la manera que entienda, pueda y quiera).

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