Ruptura, violencia y mediación familiar

 

La culpabilización de las mujeres víctimas de violencia de género en la mediación familiar 

Este artículo parte de una investigación realizada en Francia en 2007 que se focalizó en el estudio de la formación de mediador-a familiar, principalmente a partir del seguimiento de las clases de formación, así como de la realización de once entrevistas semi-dirigidas a estudiantes del Diploma de Estado de Mediador Familiar (DEMF), cinco entrevistas con mediadores-as familiares en ejercicio y una entrevista con la presidenta de la Cámara de la Familia, jueza del Tribunal de Segunda Instancia (Cour d’Appel) de Toulouse. El objetivo principal de dicho trabajo era la comprensión de las diferentes representaciones sociales de los-las estudiantes y profesionales de la mediación familiar en torno al divorcio y la separación, la corresponsabilidad parental, el lugar que ocupan los hijos en la separación, la violencia de género, los padres violentos y el movimiento masculinista.

La hipótesis de partida del trabajo es que los actores de la mediación familiar, al igual que el resto de profesionales del trabajo social, vehiculan ciertas representaciones, imaginarios y valores normativos sobre la familia, y la posición de hombres y mujeres en ella, que tienden a reproducir una visión del orden social sexuado marcado por la desigualdad. Bajo criterios deontológicos de neutralidad, imparcialidad y búsqueda de soluciones “equitativas”, la mediación familiar representa a nuestro parecer una herramienta a considerar con mucha cautela desde una perspectiva crítica feminista.

Las paradojas de la mediación: unir para separar

La mediación familiar es una práctica profesional en auge desde hace unos años en varios países europeos. Los avances en la construcción y consolidación de la práctica de la mediación familiar son importantes, y este desarrollo podemos comprenderlo a partir de los cambios legislativos en el Derecho de la Familia, en especial del desarrollo de la custodia compartida. La mediación familiar se incluye dentro del movimiento de privatización de la justicia: se rechaza la intervención pública porque se considera que el lazo marital o parental se basa ahora en la sola voluntad individual. Así, la mediación familiar desplaza el debate de la esfera pública (jurídico-judicial) con abogados y magistrados, a la esfera privada: las partes están entre ellas con un tercero que es neutral a su conflicto. Para la doctora Patrizia Romito (2001) la mediación es “un modo de gestión de conflictos que los hace pasar del plano jurídico al plano psicológico arrinconándolos en el ámbito privado, con la doble ventaja de ser menos costosos y de convertir los conflictos en socialmente menos visibles”. Según la jurista australiana J. Scutt, la mediación se desarrolla cuando las categorías sociales discriminadas toman consciencia de sus derechos y quieren ganar el caso delante de los tribunales. Según Geneviève Cresson el desarrollo de la mediación familiar se relaciona con el hecho que “los legisladores quieren disminuir a la vez los conflictos, el tiempo para resolverlos y su costo”.

Mediar entre los progenitores para el interés de los hijos…pero sin los hijos

Seguramente no podríamos entender el desarrollo importante de la mediación familiar sin contextualizarla en un marco donde las relaciones familiares se han diversificado. Es de especial relevancia la disminución de los matrimonios y el aumento de las separaciones. En términos estadísticos, la separación o el divorcio podrían considerarse dentro de la normalidad: casi una de cada dos uniones acaba con la separación.  Como dice la socióloga feminista Carol Smart, en este contexto, cuando las relaciones heterosexuales se convierten en menos estables, los hijos son considerados con el ideal de la estabilidad, de la duración y del amor incondicional.

La mediación familiar tiende a utilizarse como una posible forma de resolución del “conflicto” entre los esposos cuando éstos tienen hijos en común, con el objetivo de “favorecer la reconstrucción del lazo familiar” para llegar a tomar acuerdos en caso de litigio por la guardia y custodia de los hijos. Pero el lazo familiar al cual la mediación pretende dar más importancia no es el de los hijos-as con las madres, sino con los padres: no es de extrañar que sean pues las asociaciones de padres separados las que reivindican y promueven la mediación en la mayoría de países dónde ésta se ha implantado. Como señala Cresson, la mediación se desarrolla en el contexto normativo del “buen divorcio” o la “buena separación”, en el cual padre y madre continúan viéndose y ejercen juntos la responsabilidad y la autoridad parental, olvidando sus quejas, y dejando de lado los motivos que han hecho que se separaran… todo en beneficio del “interés de los hijos”. Esta noción es clave en el discurso de las personas que ejercen la mediación familiar: concepto que algunas autoras consideran “una ficción jurídica” (Delphy, 1998), dado que son los adultos y no los niños-as quiénes definen cuál es su interés.

Mediación familiar y violencia de género: el debate

La parte central de nuestro trabajo se centró en el estudio sobre la adaptación o no de la mediación familiar al tratamiento de las rupturas marcadas por la violencia masculina en la pareja. Partimos de la convicción que la mediación familiar es incompatible y debe rechazarse en los casos de violencia masculina en la pareja. Varios expertos y textos legislativos así lo ratifican: las recomendaciones del Consejo Nacional Consultivo de la Mediación Familiar de Francia; la Ley 1/2008, de 8 de febrero, de Mediación Familiar de Euskadi, la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género, la Llei 5/2008, de 24 d’abril, del dret de les dones a eradicar la violència masclista, o más lejos todavía, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en México (2007), que presentan una postura muy tajante al respecto. También lo rechaza el Grupo 25 en sus “Criterios de calidad para intervenciones con hombres que ejercen violencia en la pareja (HEVPA)”.

Efectivamente, lejos de ser un debate menor, los mediadores familiares se ven confrontados muy a menudo a estos casos. La relación entre violencia de género y ruptura es muy importante: de un lado porque la violencia masculina es la causa de la ruptura en muchos casos, y de otra parte porque una mujer tiene más riesgos de morir después de anunciar la ruptura que durante la unión. La mediación familiar interviene en esta temporalidad y puede resultar extremadamente peligroso para las mujeres reunirse con sus ex-parejas. Como señala Romito: “parecería que la mediación familiar fuera precisamente propuesta e impuesta cuando ha habido conflictos mayores con violencia, porque en los otros casos los padres se ponen de acuerdo ellos mismos sobre la custodia de los hijos”. Según Cresson, el debate sobre la posibilidad o no de recurrir a la mediación familiar en caso de violencia de género se basa en «dos concepciones antagónicas de las desigualdades de género manifiestas en la relación conyugal y de manera más general en las relaciones entre los géneros».

Las personas que defienden la aplicabilidad de la mediación en los casos de violencia, tienden a defender que los hombres y las mujeres pueden negociar sus demandas en las mismas condiciones, a condición de que la persona mediadora haga bien su trabajo. Como señala la misma autora «se focalizan en los casos individuales, que se proponen resolver independientemente los unos de los otros -caso por caso, en suma». En los casos de violencia conyugal, la mediación familiar penaliza a las mujeres porque:

– El proceso de mediación familiar exige retirar todos los contenciosos judiciales, lo que puede suponer para la víctima una traba a la denuncia eventual de la violencia.

– El proceso está más centrado en el presente y en el futuro que en el pasado, lo que es más fácil para el agresor que para la víctima.

– La mediación familiar utiliza el modelo de la responsabilidad compartida (la teoría sistémica), lo que tiene por efecto la culpabilización de las mujeres de la violencia masculina.

En estos casos, las mujeres pueden aceptar la mediación porque piensan que ésta frenará la violencia o porque tienen miedo a decir que no. A partir de las entrevistas concluimos que los-las estudiantes de mediación familiar, así como las personas en ejercicio, necesitan una formación en esta cuestión, sobre todo en el análisis de las respuestas de las propias mujeres que sufren dicha violencia (dificultades para romper con la relación, culpabilización de su situación de víctima, por ejemplo).

Existe entre las personas entrevistadas una confusión recurrente entre un conflicto de pareja y la violencia masculina. Ésta se conceptualiza a menudo como “crisis de pareja”, “dificultades matrimoniales” o “violencia reactiva”, hecho muy problemático para una intervención eficaz y justa para las mujeres que son víctimas. Esta formación toma toda su importancia en un contexto de importante desarrollo de la mediación familiar en la gestión de una separación o un divorcio. A grandes rasgos, los-las estudiantes de mediación familiar nos dieron las siguientes explicaciones sobre la violencia de género: las mujeres también son violentas (ejercen la “violencia psicológica”); hay que entender la violencia en una “complexidad familiar” (“cómo la señora participa a la violencia del señor”); la pareja no está siendo lo suficientemente acompañada (por psicólogos y terapeutas); se trata de una patología o de un problema de comunicación (“un hombre violento es un hombre que no sabe expresarse de otro modo y que sufre”). La mayoría de interpretaciones se podrían clasificar como individualistas y psicopatológicas: la violencia depende de la personalidad del hombre violento y de la mujer maltratada.

Esta concepción a menudo tiene un carácter biologicista y esencialista, que establece las diferencias entre mujeres y hombres a nivel de su constitución física, mental o genética, y no en el proceso de la socialización de género. Existe una minimización y subestimación de los elementos de contexto (económico, social y cultural – sexistas) así como una sobrevaloración de las características individuales del sujeto.

Las asociaciones de padres separados o los masculinistas

Este lobby, declaradamente antifeminista, intenta librar una fuerte batalla en contra de los precarios derechos de las mujeres. Entre sus ideas comunes está: el rechazo de la existencia de la violencia machista: las mujeres mienten o los hombres son victimas también (normalmente de la “violencia psicológica”). El rechazo de la existencia de violencia sexual contra menores: son las falsas alegaciones en caso de separación. Se posicionan como víctimas del sistema judicial: los jueces otorgarían la custodia a las 4 madres de manera discriminatoria. Según Smart ha habido un aparente crecimiento del conflicto entre padres y madres sobre tema de custodia de los hijos, debido a la influencia del lobby de padres separados, que ha configurado el problema como un conflicto de género. Las asociaciones de padres separados, muy presentes desde el inicio en el desarrollo de la mediación familiar, basan sus reivindicaciones en varias representaciones sociales entre las cuales podríamos señalar:

– “el estereotipo cultural del padre desposeído” de los hijos y de sus bienes por parte de una “madre todopoderosa y manipuladora”,

– el “pobre hombre abandonado”.

Según el sociólogo Martin Dufresne (1998) el masculinismo es el movimiento de reproducción del poder masculino y “todos los discursos reivindicativos formulados por los hombres en tanto que hombres”. Otras autoras como Barbara Ehrenreich o Susan Faludi califican este movimiento de revancha o de backlash al movimiento de liberación de las mujeres de los años setenta. La lucha de los padres por tener la custodia de los hijos es muy importante: es la concretización de la reconstrucción del patriarcado, según la expresión de Carol Smart y Selma Sevenhuijsen. Efectivamente, “en el sistema patriarcal, el control ejercido sobre la madre y los hijos es una prerrogativa demasiado importante para renunciar sin resistencia”.

Conclusiones

Como señalan Billeta y Mariller (in Babu, 1997), “la mediación como herramienta de intervención no puede ser utilizada más que con numerosas precauciones”. Nuestro trabajo pretende demostrar que efectivamente hay muchas cosas en juego en términos de igualdad y desigualdad de género en la mediación familiar. De un lado, los mediadores tienen opiniones dubitativas sobre la relación de su práctica profesional en los casos de violencia machista. Del otro, la manera como conceptualizan estos casos es todavía inadecuada como hemos podido comprobar a partir de las entrevistas.

En un contexto de importante inversión pública y privada para fomentar el desarrollo de la mediación familiar (un ejemplo es la elaboración en Catalunya del libro blanco de la mediación, con presupuesto del Departamento de Justicia en colaboración con la Obra Social de la Caixa, que destinará 560.00€) nos parece imprescindible reflexionar sobre los beneficios de la mediación familiar para las mujeres en tanto que grupo social subordinado y discriminado en nuestra sociedad patriarcal, y en especial sobre los estragos que causa la mediación familiar para las mujeres que son víctimas de la violencia machista.


Actas del VI Congreso Estatal Isonomía sobre Igualdad entre mujeres y hombres (2010)

«Miedos, culpas, violencias invisibles y su impacto en la vida de las mujeres: ¡A vueltas con el amor!».
Fundación Isonomía para la igualdad de oportunidades.

Universitat Jaume I, Castelló de la Plana

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