Punk Rock: alegato contra la normalización de la violencia

Punk Rock: alegato contra la normalización de la violencia

Tribuna Feminista, en colaboración con Clásicas y Modernas, asociación para la igualdad de género en la cultura.

No creo que Punk Rock refleje solo a la juventud adolescente de nuestros días, ni tan siquiera que hable de la presión que suponen, para tantos chicos y chicas, los exámenes que les permitirán, de algún modo, preludiar su porvenir.

Lilly y William. Foto: David Ruano

La obra de Simon Stephens, estupendamente resuelta por La Joven Compañía (loable proyecto de alto compromiso cívico desde el Teatro), habla de un sistema social ancestral y, por tanto, mucho más difícil de enfrentar dado que es «nuestro mundo», donde el poder se autoalimenta de la violencia que lo mantiene. Hablo de la designación de valor en virtud de resultados medibles y, de ese modo, controlables. Y de las relaciones humanas previstas para que los complejos se disfracen de valentía o de éxito. Hablo de una ordenación social donde la razón poética es peligrosa y todo amago de sensibilidad puede ser utilizado como excusa para humillar. Donde el mérito, el tesón, las ilusiones o el conocimiento se desprecian porque quienes los poseen podrían salir de esa reiteración de fracasos, que son la siniestra herencia legada por el entorno. Una estructura donde nada ni nadie tiene escapatoria, donde la mínima actitud disidente generará el acoso como cruel y aceptada estrategia de dominio.

Como en una prisión, ellas y ellos se reúnen en una sala de su centro educativo para vomitar miserias de grupo, pues de un modo individual lágrimas y tristeza descubrirían, impúdicamente, su soledad. Sin embargo, es esa soledad la que en verdad los une. Una soledad en la que las mujeres son sometidas a la ley de la suciedad cuando rechazan deseos ajenos, y son el títere manipulado por la obscenidad machista. Desde ella miran hacia otro lado cuando comprometerse, más allá de alguna alusión a comportamientos que han sobrepasado la raya roja de «lo tolerable» en tales códigos, supondría peligro para su integridad. Estas jóvenes mujeres no alcanzarán sus sueños por pretender, de un modo compulsivo y enfermizo, tener las mejores notas para no ser aplastadas por la frustración de sus madres; tampoco, desde la aparente seguridad que lleva aparejado cierto desdén hacia la debilidad de carácter, porque tal es la defensa contra quienes le van robando, poco a poco, su derecho a una «habitación propia». O adoptarán la cueva de un libro no por placer o voluntad, sino sustituyendo al amor que consideran no merecer porque ellas no cumplen el canon que reparte «felicidad».

En el constante vivir en trincheras porque todo es guerra, se les recordará que son mujeres con vejaciones solo para ellas, no vayan a olvidar a quién pertenecen su identidad y su cuerpo. Tengan la edad que tengan serán insultadas con el insulto atemporal que se reserva a las mujeres de la tierra entera, rehenes de esa estructura que permite e insta a la violencia como marco de relaciones.

De esas sólidas crueldades habla Punk Rock, y emociona ver a la juventud adolescente que asiste a la obra rebelándose, acaso descubriéndolas en lo más escondido del corazón porque la razón aprendida no les había dicho nunca que la vida es algo mucho más hermoso y más amable, y que cuando se colabora y hacen públicos los dolores el monstruo desaparece porque, acaso, se estaba alimentando a un enemigo que se nos parece demasiado.


Punk Rock, de Simon Stephens; versión José L. Collado

La Joven Compañía, dtor: José Luis Arellano García

En gira, próximas funciones: Santander + Gijón (24-27 de marzo). Info: www.lajovencompania.com

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