La trampas del lenguaje

La trampas del lenguaje

 

Cuando aprobé las oposiciones, mi madre, en uno de los pocos gestos machistas que recuerdo de ella, me dijo que estaba muy contenta porque iba a cobrar “un sueldo de hombre”. Una frase que me llegó al alma y que he oído alguna que otra vez.

Y no es que mi madre sea machista. Nada más lejos de la realidad. A sus más de noventa años es una de las personas más feministas que conozco, aunque ella misma no lo sepa. Ella y mi padre me inculcaron los valores con los que me he manejado siempre entre los cuales está el feminismo, es decir, la defensa a ultranza de la igualdad de hombres y mujeres, se le ponga el nombre que se le ponga. Un legado formidable.

Pero mi madre, como muchas personas de su época, es fruto de unas circunstancias, y las suyas no fueron precisamente fáciles en cuanto a los derechos de las mujeres. La educación –o, mejor dicho, la no educación- impuesta durante un período demasiado prolongado de nuestra historia sembró sus semillas y aún estamos recogiendo la cosecha. Cuando surge en algún renuncio, como en el caso de mi madre, o en mucho más que eso en tantas ocasiones.

Ganar un sueldo de hombre era algo positivo. Era, como sucede tantas veces, unir la condición de varón a las cosas positivas, mientras que lo femenino pasa a tener connotaciones negativas. Debilidad, sensiblería y ñoñería, entre otras. Y por supuesto, falta de capacidad para todo aquello que no esté relacionado con la casa y el cuidado de las personas. Que, por otra parte, son valores importantes, pero siempre se han considerado de segunda división.

Ganar un sueldo de hombre era algo positivo. Era, como sucede tantas veces, unir la condición de varón a las cosas positivas, mientras que lo femenino pasa a tener connotaciones negativas

Si hacemos un repaso a muchas frases hechas de las que usamos a diario, nos daremos cuenta de ello. Tengo una amiga, sin ir más lejos, que hace un ajoaceite delicioso pero muy fuerte. Siempre suele bromear con que hace un “ajoaceite de hombre”, sin percatarse de que esta atribuyendo cualidades de fuerza y aguante al varón en perjuicio de la mujer, delicada y modosa. Y que, por supuesto, no puede permitirse el lujo de soportar la contundencia de esa salsa sin que su sensible pituitaria padezca.

Por supuesto, esto son solo dos ejemplos. Pero los hay a capazos en nuestra vida diaria. ¿Quién no ha oído decirle a un niño que llora “no seas nenaza”, “los niños no lloran” o “van a creer que eres una niña”? Como si ser una niña fuera algo tan malo que hay que intentar no parecerlo a toda costa. Y la cosa viene de antiguo. Ya al mismísimo Boabdil le dijeron eso de “llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”, en una frase que ha pasado a la historia y que resume toda una filosofía de vida.

Es también frecuente referirse a determinados temas como “cosas de chicas”, como si fueran temas menores. Y como si no nos interesara otra cosa que maquillarnos, hablar de trapitos, de cortinas, de recetas de cocina y de cuidados del bebé. Quitando importancia a las mujeres y, de paso, al rol que siempre se nos ha asignado. Nada despreciable, por cierto, pero que se tiene por superfluo al lado de cosas tan varoniles e “importantes” como coches o fútbol. Acabáramos.

Es también frecuente referirse a determinados temas como “cosas de chicas”, como si fueran temas menores.

También el refranero nos ofrece muestras del machismo que late en las venas de la sociedad. Además de cosas tan obviamente despreciables como “mujer y sartén, en cocina estén” y “la mujer en casa y con la pata quebrada”, que aún lucen en forma de azulejo en algún que otro bar, hay otras muestras más sutiles. “Cuando seas padre, comerás huevos”, sin ir más lejos, que aunque pretende otra cosa, nos deja bien claro quién lleva los pantalones en casa, otra frase hecha que contiene un mensaje tremendo. Hablar de “un hombre que se viste por los pies” también contiene una clara alusión a esa supuesta supremacía masculina, que ya las mujeres nos ponemos los vestiditos por la cabeza.

Hay muchos más, algunos muy utilizados. Uno de ellos es el de “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer” que, aun pretendiendo elogiar a la mujer, lo hace como actriz secundaria del escenario de la vida. O “de la mujer, del tiempo y la mar, poco hay que fiar” o “mujer al volante, peligro constante”. Y quizás el peor de todos, “a la mujer y a la burra, cada día una zurra” que confieso que jamás había oído pero existir, existe.

Pero hay muchas más cosas, de las que casi ni nos damos cuenta. Eso de preguntar siempre por qué las mujeres vamos juntas al baño

Pero hay muchas más cosas, de las que casi ni nos damos cuenta. Eso de preguntar siempre por qué las mujeres vamos juntas al baño –si es que los hacemos- quizá sea un trasunto de un refrán que dice “mujeres juntas, ni difuntas” o de un dicho que reza algo así como “tres mujeres y un pollo, mercado”. También he oído más de una vez eso de que no se presta a la mujer el coche ni la pluma, una cosificación sin límites que no deberíamos permitir ni como broma.

Y lo dicho son solo unas pildorillas. Hay toda una farmacopea que usamos alegremente sin darnos cuenta de su devastadora carga de profundidad. Incluso nosotras mismas nos cortamos de hablar de algo tan natural como tener el período cuando un hombre no tendría ningún problema en referir que va al baño porque tiene problemas de próstata.

Hay toda una farmacopea que usamos alegremente sin darnos cuenta de su devastadora carga de profundidad.

Así que me voy a ver si la cocina sigue en su sitio, subida en mis tacones y con el maquillaje puesto, que tanto hacer cosas de hombre igual me derrite la sensibilidad y la discreción y ya no puedo hacer las cosas de mujeres que me tocan. Y mira que ando confundida, que al final no sé si voy a ser mujer u hombre. Porque, guárdenme el secreto, odio cocinar pero me encantan los tacones, me zampo el ajoaceite más picante pero no salgo de casa sin maquillar. Quizás es que soy hermafrodita. Tendré que pensarlo. Aunque ahora ya no sé si pensar es cosa de hombres, o de mujeres…Me lo voy a tener que hacer mirar. O no.

 

CATEGORÍAS
Comparte