Violencia vicaria: las cosas por su nombre

 

Un hombre violento no es “alguien que no se controla

No es alguien con “un pronto

No es alguien que “se puso nervioso”

No es alguien que “no piensa lo que hace”

Un hombre capaz de pegar, insultar, amenazar, agredir a la persona a quien alguna vez dijo: querer, amar, reconocer como “mujer de su vida”, es un ser disociado, que no diferencia la magnitud de su agresión ni el daño que hará, es un ser que ante el hecho de ser contrariado por quien él considera de su propiedad (y por lo mismo, quien le debe sumisión y complacencia): su esposa, su mujer, su novia, etc., sólo pretende hacerle daño y golpearla “donde más le duele”: en lo posible un daño extremo, irreversible,

En esa ruta, no podrá diferenciar si va a asesinar a quien dijo “querer más que nada en el mundo” o matar a quien cinco minutos antes consideró su hijo/hija y de quien dice “no poder vivir alejado”.

Es muy importante saber que un hombre violento, dispuesto a pasar a la acción violenta ante una contradicción o sentimiento de “perder la partida” frente a una mujer que creyó propia, a su servicio y bajo su mando, es un asesino en potencia. Aunque nos horrorice esta clasificación, aunque parezca una afirmación extrema o exagerada, esto es así. Las estadísticas en el mundo lo prueban y lo comprueban cada día. La violencia vicaria, esa violencia desplazada hacia los hijos para agredir a las madres, nos lleva a considerar de forma severa este extremo. Un individuo que tiene asociada su potencia machista a la relación con una mujer, que se erige en autoridad máxima gracias al diseño de la sociedad patriarcal: en jefe del hogar y pater familiae, está dispuesto a destruir lo que considera que le hace peligrar su poder.

Es muy importante saber que un hombre violento, dispuesto a pasar a la acción violenta ante una contradicción o sentimiento de “perder la partida” frente a una mujer que creyó propia, a su servicio y bajo su mando, es un asesino en potencia.

Elizabeth Yardley, directora del Centro de Criminología aplicada de la Universidad de Ciencias Sociales de Birmingham (Reino Unido), realizó una investigación acerca de padres que asesinaron a sus hijos e hijas  en Gran Bretaña desde los años 80’. Ella concluyó que desde entonces, se cometieron 71 asesinatos y comprobando que este tipo de crimen ha ido aumentando hasta nuestros días. En los años 80’, se cometía un asesinato de este tipo por año mientras que en los últimos diez años, la frecuencia aumentó de forma constante de dos a tres filicidios por año.

Las características que Yardley encontró en estos asesinos, fueron (entre otras):

a) Todos estaban inmersos en un divorcio conflictivo

b) Para ellos, la familia estaba asociada a su masculinidad, ponderada y considerada como un logro de poder.

c) Pertenecían a todas las clases sociales y a todas las profesiones.

d) Los asesinatos los cometieron durante el período de visitas o cuando estaban al cuidado de sus hijos/as

e) Los que no se mataron luego del asesinato, no mostraron luego ni culpa ni arrepentimiento.

f) Asesinando a sus hijos creyeron ir contra las madres.

Yardley los llamó “Aniquiladores de su familia”, porque a su entender, “para estos hombres, el divorcio y la pérdida de su familia, son vividos como un ataque a su masculinidad y matar a sus hijos es una forma impactante y dramática de gritarle al mundo: Miren lo poderoso que soy”. 

Como resultado de esta investigación y del trabajo experto de otras y otros profesionales, hace pocos días el Reino Unido, anunciaba que en la última década se produjeron 19 asesinatos de niñas y niños menores de edad a manos de sus padres, todos ellos mientras cumplían con el régimen de custodia o visitas ordenadas judicialmente.

Como resultado de esta investigación y del trabajo experto de otras y otros profesionales, hace pocos días el Reino Unido, anunciaba que en la última década se produjeron 19 asesinatos de niñas y niños menores de edad a manos de sus padres, todos ellos mientras cumplían con el régimen de custodia o visitas ordenadas judicialmente. En consecuencia, se recomendó a los jueces que en los casos que existan en el padre antecedentes de violencia contra la mujer, se debía evitar  el contacto con los hijos/as. En otras palabras, lo que las madres gritan en todo el mundo: “un maltratador, jamás es un buen padre”. Lo que las feministas piden a la justicia: quitar la patria potestad a un padre violento.

En España, en la última década, los hombres violentos han asesinado a 47 niños y niñas con edades comprendidas entre los cuatro meses hasta los 16 años de edad (el viernes 3 de febrero ha sido asesinada una niña de doce meses). Todas esas criaturas fueron asesinadas a manos de quien se decía (y la justicia consideró) ser su padre. A ninguno [a] de esos[as] niños [as] la justicia le protegió, le cuidó, le impidió tener contacto con su asesino. Más aún, la justicia facilitó el vínculo, la cercanía y hasta ponderó la “necesidad que esté con su padre” por encima de lo que incluso a veces, el propio niño o niña percibía como peligroso y  como consecuencia, rechazaba.

En España, en la última década, los hombres violentos han asesinado a 47 niños y niñas con edades comprendidas entre los cuatro meses hasta los 16 años de edad

La justicia, una institución con sólidos cimientos patriarcales, pondera el vínculo del pater familiae por sobre el bienestar de un/a menor de edad. Cada día vemos que en su gran mayoría, en los fallos judiciales y en los informes periciales, se culpa a la madre de obstruir e interferir el vínculo con El Padre. Hasta se ha llegado a inventar un constructo falaz como el “sSAP” (supuesto síndrome de alienación parental), para dar a este prejuicio patriarcal y generalizado, una apariencia formal. Constructo este que aunque no supera ni los mínimos requeridos para tener entidad científica, sigue siendo utilizado porque “no importa como se llame, pero existe” según el decir de algún/a catedrática/o.

Un individuo que asesina y se mata, no es un ser desesperado

No es un suicida,

No es un melancólico.

Desde lo psicológico, podríamos acercar alguna explicación (que no justificación) a esta aberración: la herida narcisista a una masculinidad imberbe y machista, es insoportable y por lo mismo, estos violentos atacan a quien culpan de haberla producido: la mujer. Los hijos son un instrumento que han utilizado todo el tiempo para manipular-la, amenazar-la y controlar-la. Jamás fueron ni serán personas a quien respetar y amar con independencia de sí mismo. Fueron concebidos desde un narcisismo extremo que, como Narciso en el lago, están dispuestos a destruir  con tal de recuperar su propia imagen egocéntrica. Para él son sólo objetos, no son ni su esposa ni sus hijas/os, son objetos que no merecen estar si no le pertenecen y puede dominar.

Los hijos son un instrumento que han utilizado todo el tiempo para manipular-la, amenazar-la y controlar-la.

Un individuo que asesina y se mata, es un ser que en su afán de poder, no tolera la vida sin sus reglas, sin sus propias leyes y por lo mismo asesina: asesina a sus “propiedades” y se asesina a sí mismo, en un último intento por retomar la partida y el control de una situación que percibe fuera de su dominio. Su disociación le impide ver que no habrá después ni mañana, que no habrá posibilidad posterior. Su disociación le impide empatizar y pensar a “un otro”, pensar a seres diferentes a él mismo y a sus anhelos.

Si como sociedad no comprendemos esto, si la justicia no lo considera así, si incluso la misma Psicología y la Psiquiatría no lo clasifican de este modo y continuamos creyendo en “los nervios”, los “prontos”, sus “impulsos” y por lo mismo, continuamos pensando en el carácter aislado o fortuito de su asesinato, continuaremos errando en el diagnóstico y la prevención y lo que es peor aún, este error será a costa de la vida de las victimas: niñas, niños y las madres que intentan protegerles.

 

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