¿Por qué importa tan poco la violencia machista?

 

Ya sé que no soy original. Pero ésta es una pregunta que no dejo de hacerme una y otra vez. Especialmente, cada vez que asesinan a una mujer. Porque salta a la vista que los medios, las redes sociales y la gente en general cada vez se impresionan menos con algo tan impresionante como es un asesinato cada cuatro o cinco días.

Parece que nuestro umbral de tolerancia, o de tragaderas, cada vez es mayor, y ya no nos basta con la muerte, sino que tiene que ocurrir en condiciones especialmente morbosas para que centre la atención. Y a veces ni eso. No, si hay otros temas que atraen más, particularmente política o fútbol.

Aún no nos habíamos repuesto del mazazo del asesinato de una mujer en una residencia de ancianos a manos de su esposo, y nos llega la de la explosión intencionada de una vivienda para dar muerte a su ex pareja. Todo presunto, por supuesto, menos los cadáveres de esas mujeres que son bien reales. Y ya ni eso sirve no para copar portadas sino ni siquiera para ocupar un espacio medianamente digno.

Cada vez que ocurre un hecho de este tipo, parece que somos las mismas –y también los mismos, por fortuna- quienes nos echamos a las redes sociales, a los medios o a la calle a gritar nuestra indignación

Cada vez que ocurre un hecho de este tipo, parece que somos las mismas –y también los mismos, por fortuna- quienes nos echamos a las redes sociales, a los medios o a la calle a gritar nuestra indignación. Pero es como predicar en el desierto. Ahora mismo hay mujeres acampadas en la puerta del Sol que reciben mucha menos atención de la que merecen. Suma y sigue.

Pero esto no es lo peor. Lo peor es la sensación de que no se ahonda en el tema porque resulta incómodo. Porque siempre hay alguien que contesta con el conocido rosario de las denuncias falsas, los hombres maltratados y las perversas mujeres que nos aprovechamos de ventajas y subvenciones. Y, de paso, consigue desviar el debate hacia otros temas pasando por alto la gravedad de un problema que motivó más del quince por ciento de las muertes violentas el pasado año. Y mientras marean la perdiz con sus patrañas, muchas mujeres siguen siendo cada día apalizadas, vejadas, humilladas, amenazadas, violadas y asesinadas. Tal como suena.

Y no solo eso. Quien trabaja, pelea o defiende el trabajo en esta materia, se ve constantemente sometida a insultos, descalificaciones, acosos y toda clase de improperios. Y si alguien cree que exagero, paseénse por algunos juzgados de Violencia Sobre la Mujer donde tenemos que convivir con pegatinas o pancartas en la puerta donde, entre otras muchas lindezas, nunca falta el repugnante apelativo de “feminazis”. Hoy mismo en Madrid, sin ir más lejos.

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que el único delito público que es rápidamente contestado con la existencia de otros delitos es éste, como si estuviéramos en una operación matemática en que la existencia de un muerto varón o de una denuncia falsa anula la muerte de una mujer.

Por alguna razón que se me escapa, no conseguimos llegar a la gente. O tal vez no interese que lleguemos. Pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que el único delito público que es rápidamente contestado con la existencia de otros delitos es éste, como si estuviéramos en una operación matemática en que la existencia de un muerto varón o de una denuncia falsa anula la muerte de una mujer. Pero ni con esa operación matemática salen las cuentas. El porcentaje de mujeres asesinadas es y sigue siendo escalofriante, y no hay nada que justifique que no salten todas las alarmas. Las de quienes tienen el poder para tomar medidas, y las de la sociedad para reclamárselo.

Lo he dicho otras veces. Si por reconocer que hay hombres maltratados –que los hay- o denuncias falsas –que también las hay- consiguiera resucitar a una mujer, no dudaría en hacerlo. Aun sabiendo que el porcentaje de hombres maltratados y de denuncias falsas es ínfimo en relación a lo que ocurre con las mujeres. Lo que me niego a reconocer es ese supuesto oscurantismo en cuanto a ello. Cuando lo hay, se persigue. La cuestión es que no es frecuente, y por eso se ve menos y son inferiores las estadísticas. Y es curioso que sean éstas también las únicas estadísticas que se discuten. Jamás he leído a nadie atacar las de la Dirección General de Tráfico en cuanto a muertos en accidentes, ni las de las Fuerzas y Cuerpos de seguridad en cuanto a los delitos contra el patrimonio.

Somos el único colectivo vulnerable cuyo ataque no consigue el reproche social que cualquier otro merecería si la cifra de muertes fuera ésta

Y mientras unos se enredan en no molestar demasiado, y otros en no dar demasiado bombo a esas cosas que consideran de interés menor, las mujeres siguen siendo asesinadas. Y somos el único colectivo vulnerable cuyo ataque no consigue el reproche social que cualquier otro merecería si la cifra de muertes fuera ésta. Pensemos si no qué ocurriría si los muertos lo fueran por razón de su religión, de su pertenencia a una etnia o por su orientación sexual. Las redes sociales, los medios de comunicación y la sociedad se volcarían, y con razón. Y se echarían encima de todo aquel que pusiera en duda los testimonios de las víctimas o cuestionara cualquier ley que les protegiera de estos ataques.

Sigo sin comprender que la igualdad entre hombres y mujeres sea un objetivo de segunda división. Ni por qué los ataques a mujeres se asumen con una resignación rayana en la indiferencia. Y sigo sin saber a qué esperan para el tan anunciado pacto de estado. Porque mientras se reúnen, debaten, estudian y crean comisiones, las mujeres siguen sufriendo y muriendo. A razón de una cada cinco días. ¿Hasta cuándo?

 

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