La opresión más sexy

La opresión más sexy

 

Este artículo fue escrito por Natasha Chart para la página feminista canadiense Feminist Current. Ha sido traducido por Raquel Rosario Sánchez. Enlace al artículo original: http://www.feministcurrent.com/2015/12/09/the-sexiest-oppression/

El titular de la noticia que salió en el Daily Mirror decía “Mujer de 91 años se asfixia durante un juego sexual con vecino casado”.

El asesino de la mujer la dejó con golpes en la cara, con lo que el artículo describe como “heridas genitales extensas” y postrada en una cama entre sábanas ensangrentadas. El juez dejó ir bajo fianza al vecino incluso después de que el ADN lo colocara dentro de la escena porque “se creyó” que la mujer murió accidentalmente. ¿Quién se cree este cuento y por qué?

Un hombre mata a su vecina y luego huye de la escena. Cuando lo identifican con la evidencia del ADN, él se inventa una historia y todo el mundo cree y repite tal cual el cuento de que todo fue un terrible accidente ocurrido durante un juego sexual.

De esta manera es como la opresión de las mujeres se convierte en un tabú excitante que nadie se toma muy en serio. Así es como se transforman temas de interés público como la violencia (la violación, la tortura y el asesinato) y se convierten en “sexo”… un asunto privado.

¿Qué es lo que nos condiciona a creer el testimonio de un feminicida cuando dice que la mujer que asesinó consintió a su propio asesinato?

Hablar de sexo en público es una obscenidad. Entonces, hablar sobre como las mujeres son amenazadas y abusadas físicamente se convierte también en obscenidad y esto a su vez, en sexo. Por ende, todo lo que tiene que ver con el cuerpo de las mujeres y su opresión se convierte en un asunto privado y obsceno que no se puede discutir como cualquier otro tema.

Nadie duda que las fotos de Abu Ghraib (el centro militar de torturas estadounidense en Iraq) nos muestran fotos de hombres siendo torturados. Nadie creería que a esos hombres les gusta que los traten así. Es evidente para todo el mundo que eso es tortura. ¿Pero una mujer de 91 años que ya no vive para contar su versión de la historia? Ese asesinato es “sexo”, según los medios de comunicación. Tal y como una vez un jurado declaró inocente al hombre que apuñaló a Cindy Gladue en el canal vaginal después de que este convenciera al tribunal de que ella había consentido al acto sólo por el hecho de que él le había pagado dinero por sexo.

¿Qué es lo que nos condiciona a creer el testimonio de un feminicida cuando dice que la mujer que asesinó consintió a su propio asesinato? Quizás sólo basta con vivir en un entorno cultural que nos expone a imágenes sexualizadas de las mujeres en situaciones que mi madre llamaría “inapropiadas”.

Un hombre encadenado está siendo oprimido. Una mujer encadenada es solo “sexo”.

Humillar a un hombre en público es abuso. Humillar a una mujer en público es “sexy”.

Un hombre acosado por otro hombre en la calle es considerado un hombre que está siendo provocado. Una mujer es acosada por un hombre en la calle y se entiende que debe considerarse halagada por el cumplido.

Un adulto que penetre a un niño menor, ya sea que el niño haya sido condicionado por medio de abuso “para que le guste” o no, es descrito como un pedófilo abusando de un niño. Pero cuando un hombre adulto penetra una niña, todo el mundo, desde los jueces hasta los reporteros describe lo que paso como “sexo” y discuten sobre si a la niña le gustó, si ella incitó al adulto o si ella “consintió” al asunto.

Me decían también que en el matrimonio la sumisión sexual de las mujeres para con sus esposos era un deber espiritual fundamental porque así él no se vería “tentado a pecar”.

¿De dónde vienen estas ideas? ¿Esa idea de que el abuso de una mujer por parte de un hombre, algunas veces fatal, sea considerado “sexo”?

Cuando era una niña y me llevaban a la iglesia, me decían regularmente que la violación es cuando un extraño abusa de una mujer y ella grita y pelea hasta más no poder, pero que el siendo más fuerte que ella la llega a dominar. Esa idea viene directamente de la Biblia. También me decían que las mujeres no deben ponerse a ellas mismas en “situaciones comprometedoras”; que no deberíamos ir a fiestas sin supervisión, salir de la casa solas, andar en la calle solas sin alguien como guardián. Me decían también que en el matrimonio la sumisión sexual de las mujeres para con sus esposos era un deber espiritual fundamental porque así él no se vería “tentado a pecar”.

Lo que hoy las feministas llaman cultura de la violación es lo típico que predicaban los sermones y también las conversaciones casuales sobre sexualidad tanto en la iglesia como en las comunidades creyentes conservadoras.

Me llevó años darme cuenta de que sí fue violación todas esas veces que yo decía no y seguía diciendo no, incluso las veces en que yo “me había puesto en una situación comprometedora” por beber alcohol o ir a la casa de alguien con quien estaba saliendo.

En las religiones androcentristas se enseña que si la mujer no pelea y grita es porque es una mujer inmoral, indigna y espiritualmente corrupta, porque no esperó (no salvaguardó su himen) hasta el matrimonio. El juicio moral es dirigido solo a la mujer “impura”, quien es luego re-catalogada como un agente de vicios malévolos y de la tentación. En esta lógica no existe cláusula para aquellas ocasiones en que el consentimiento es adquirido mediante la manipulación.

Con el paso del tiempo me convertí en una adulta y dejé atrás tanto a la iglesia como a mi familia, y terminé en relaciones con compañeros abusivos. Me llevó años darme cuenta de que sí fue violación todas esas veces que yo decía no y seguía diciendo no, incluso las veces en que yo “me había puesto en una situación comprometedora” por beber alcohol o ir a la casa de alguien con quien estaba saliendo. No me sentía bien con lo que él me había hecho, pero en ese momento yo no tenía el lenguaje para saber por qué me sentía molesta.

Después otro compañero desarrolló un patrón similar. Al principio sus ideas retrógradas sobre el supuesto rol natural de las mujeres no me parecieron extrañas porque eran las mismas ideas que a mí me habían enseñado desde que era una niña. A él le gustaba el porno literario: novelas antiguas de ciencia y fantasía donde las mujeres son damiselas que necesitan ser rescatadas y muchas veces eran las esclavas sexuales de sus amos los hombres. Cuando eventualmente él empezó a golpearme, se sintió como solo un pequeño paso más allá de lo que él ya me tenía acostumbrada en la vida que vivíamos; una vida en la que yo era de su pertenencia y él tenía total control sobre mí.

También está el tema del porno mainstream. Del tipo que es una fotografía o un video de algún acto sexual, en vez de ser una foto de una mujer desnuda en solitario, como se solía presentar en las páginas de Playboy. Si escribes por casualidad un término incorrecto en Twitter te puedes encontrar con cuentas que tienen fotos sin filtros, historias cortas y videos de “adolescentes ávidas y cerdas” a las que las golpean, las atan para ser violadas en grupo, las hieren hasta que lloren, las drogan para facilitar la violación, las dejan “con los hoyos destruidos”.

Hay hombres a los que les excita y entretiene estas imágenes. Millones de ellos. Da miedo estar consciente de esa realidad.

A las mujeres que participan supuestamente les gusta. Yo no conozco a ninguna adolescente que sueñe con tener un prolapso anal al llegar a los 20, y en verdad no me parece algo muy sexy. Pero si a los hombres les entretiene la idea de destruir el cuerpo de las mujeres en la pantalla entonces supongo que no me debo sorprender cuando los hombres destruyan el cuerpo de las mujeres fuera de esta.

Una de las fotografías que me apareció (todo esto en una cuenta pública y sin filtro de Twitter) fue de una mujer boca abajo, digamos en una posición susceptible, con un charco de sangre entre las nalgas. Esta se suponía que tenía que ser una fotografía sexy. Se suponía que tenía que ser entretenimiento. Muchos hombres se masturban con esa fotografía, en la que una mujer de carne y hueso fue abusada sexualmente hasta que empezó a sangrar y alguien que participó en el abuso decidió distribuir esa imagen para ganar dinero.

Otra escena fue un vídeo corto (también en una cuenta pública de Twitter) de un hombre blanco limpiándose el trasero sudoroso en la cara de una mujer negra que estaba arrodillada. Tenemos que inferir, debido a que esto es pornografía, que esta mujer consintió y que a ella le gusta que este hombre blanco utilice su cara como papel de baño. También tenemos que asumir que ella dio su consentimiento para que este vídeo lo suban al internet para el consumo de todo el mundo, a pesar de que vivimos en una sociedad donde impera el racismo y la supremacía de los blancos. Esa fue la imagen menos explícita (pero a la vez una de las que más me consternó) dentro de este casual y gratuito número de imágenes “de sexo”.

Hay hombres a los que les excita y entretiene estas imágenes. Millones de ellos. Da miedo estar consciente de esa realidad.

Saber que existen imágenes de mujeres aterrorizadas y maniatadas con un cuchillo en la cara, que son presentadas como entretenimiento sexual, producidas para ganar dinero, nos da a entender que hay una audiencia a la que le resulta sexualmente estimulante ver este escenario. Yo espero no conocer ninguno de estos hombres, ni haber conocido a ninguno jamás. Espero que nadie que yo conozca tampoco se cruce con una persona así. Porque, ¿cómo sabríamos? No existe “un tipo” de hombres que viola y abusa: esos hombres pueden estar en todos los lados, pueden ser cualquier hombre. ¿Por qué debería una mujer darle el beneficio de la duda a un hombre que disfruta viendo imágenes de mujeres abusadas de que él no vaya a intentar abusarla a ella? ¿Por qué confiar en que él no va a querer provocar ese mismo temor que tanto disfruta en ella?

Es así como el miedo de una mujer se convierte en algo más que evidencia de intimidación, que es lo que debe siempre reflejar, y se convierte en otra cosa: en una señal a los hombres de que queremos sexo, romance, incluso amor.

Un hombre puede temer por su vida y matar a un extraño en defensa propia. Una mujer que tema por su vida tras un historial de amenazas y violencias que decida quedarse con su agresor, acceder a sus demandas y en algún momento tomar cualquier tipo de represalia contra él sabe que su miedo será interpretado en nuestra sociedad como un aspecto normal e incluso “consensuado” de la vida sexual de las mujeres. Cualquier daño que un hombre le pueda causar será visto como una responsabilidad compartida, parte de la relación.

Demasiados hombres ven la tortura y el abuso de mujeres y piensan que es un tipo de diversión muy sexy. Demasiadas mujeres, ansiosas porque no quieren que las tilden de “reprimidas”, de “frígidas” o “poco divertidas» les siguen el juego y disimulan. La existencia de pocas mujeres a las que les gusta su rol en la pornografía o que viven en completa sumisión es considerado en la política de la dominación de los hombres como la única representación de mujeres que importa. A nadie le debe importar las opiniones de mujeres que fueron victimizadas por una cultura violenta ni las voces de las otras mujeres que tienen que vivir con las consecuencias de este adoctrinamiento.

Por medio del disfrute y la socialización sexual de los hombres a través de la historia entendemos que la dominación es parte del “sexo” o es “solo un juego”.

No hay aspecto del patriarcado que no considere como fundamental que las mujeres les deben sexo a los hombres.

¿Quién dice que el “sexo” tiene que estar basado en la dominación? ¿Quién dice el “sexo” es algo que el hombre “necesita” o que es su derecho divino “conseguirlo” de una mujer que este en condición de vulnerabilidad? ¿Quién fue que dijo que ser cariñoso y respetuoso es aburrido?

No hay aspecto del patriarcado que no considere como fundamental que las mujeres les deben sexo a los hombres. Lo que quiere decir que, bajo el patriarcado, se considera que ellas les deben excitación y gratificación sexual sumisa y que esta deber ser otorgada ya sea por la fuerza o por medio de la coerción. Las enseñanzas tanto del porno como de la iglesia son sólo las más prominentes en esta manera de interpretar el dolor de las mujeres, pero la doctrina es universal.

Muchas mujeres a veces se terminan creyendo estas historias construidas por hombres sobre nuestra propia sexualidad. Pero no, eso no fueron halagos los que te gritaron en la calle: tú sabes la rapidez con la que esos “cumplidos” se pudieron convertir en insultos y amenazas. No, no es sexo cuando tu solo te rindes después de que él te gritara, se asediara y se quejara durante horas: es coerción y es violación.

No, no es sexo cuando tu solo te rindes después de que él te gritara, se asediara y se quejara durante horas: es coerción y es violación.

Obviamente, cuando un hombre abusa a una mujer es su propia culpa y él debe cargar con toda la responsabilidad. Pero como rara vez han sido condicionados para culparse a sí mismos, y más bien han sido condicionados a buscar excusas para evitar tener que hacerlo, nos toca al resto de la sociedad hacerlos responsable. Ahora bien, ¿cómo haremos a un hombre feminicida responsable si cuando un hombre mata a una mujer tras utilizar su cuerpo, le creemos a él cuando dice que simplemente fue “un juego sexual” que salió mal?

¿Cómo hacer a los hombres responsables si seguimos perpetuando estereotipos que solo benefician a los hombres y que dicen que “es que a las mujeres les gusta ese tipo de cosas”? ¿Cuando salen noticias en los periódicos de mujeres con los cuerpos amoratados y con heridas genitales extensas, en vez de entender que esto es un ser humano que fue torturado hasta morir?

Quizás aquel hombre hubiese torturado a su vecina de 91 años hasta la muerte aun si no hubiese tenido la influencia de una cultura patriarcal. Eso jamás lo sabremos. Pero resulta ilustrativo el hecho de que este asesino ofreció esta excusa como justificación en la aparente esperanza de que esta minimizaría la seriedad con la que los demás analizarían su crimen. A juzgar por la respuesta del jurado, y el hecho de que el periódico británico Daily Mirror haya decidido utilizar su justificación misógina como titular junto con una fotografía de una pareja anciana en un abrazo íntimo, podemos decir que el asesino acertó en su razonamiento al escoger cual excusa le convendría más.

Temer por su vida constituye una excusa legítima para que un hombre mate a un extraño desarmado. Para una mujer, temer por su vida es considerado “sexo”. Y demasiados hombres están ocupados eyaculando inspirados en tal escenario en vez de estar considerando esta dinámica como un problema.

 

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