Viajes por la (des)igualdad. Entrevista a la fotógrafa Patricia Bobillo Rodríguez

Viajes por la (des)igualdad. Entrevista a la fotógrafa Patricia Bobillo Rodríguez

 

La obra de cada artista puede revelarnos sus inquietudes, sus temores y sus pasiones. Las fotografías de Patricia Bobillo Rodríguez emocionan porque nos acercan a realidades que nos remueven. Su objetivo nos dibuja historias reales, que nos atraen y emocionan. Fotografías que nos hacen sentir indignación, rabia o esperanza.

A través de la cotidianidad, sus fotos nos detallan historias a veces lejanas geográficamente (Ucrania, Mozambique, RD Congo, Grecia, Palestina, etc.) pero al mismo tiempo muy próximas. Sus imágenes destilan empatía y crítica a partes iguales, quizá por eso pone en el punto de mira en las mujeres y los más pequeños, porque como ella misma nos cuenta, sus historias se relacionan con el “todo”.

La República Democrática del Congo, con la mirada puesta en las mujeres

Su trabajo “Maternidad en Tshiluba “Nzubu wa balele” realizado en la República Democrática del Congo (RDC), y por el que la fotógrafa barcelonesa ha recibido el Premio Gollut 2016 al Mejor Reportaje de Fotoperiodismo DATECUENTA, es una prueba.

El primer impacto cuando llegó a Ngandanjika (RDC) fue duro, se chocó de frente con el rostro de la miseria y la esclavitud. “Filas de hombres exhaustos y sudorosos por caminos llenos de socavones y arena a pleno sol, empujando bicicletas cargadas con kilos y kilos de carbon, maderas y otras mercancías. Caminaban durante días hasta llegar a la ciudad, para intercambiar esos productos por apenas dos o tres euros. Aquellas imágenes nunca más se borrarán de mi recuerdo”.

Su objetivo captó también las condiciones en las que paren las mujeres en esa zona del país. “En las pequeñas maternidades de la RDC o Mozambique, incluso en algunos grandes hospitales, no tienen el material adecuado, ni luz, ni agua corriente. Pero lo más peligroso es que se realizan prácticas tradicionales nocivas que pueden causar fístulas obstétricas (formación de un orificio anómalo en la vía del parto) directamente relacionadas con una de las causas principales de mortalidad materna: el parto obstruido. Por otro lado, antes y después del parto, la atención a las mujeres es escasa, el puerperio apenas existe y no hay un acceso oportuno a la asistencia obstétrica”. Todo esto es la causa de que más de dos millones de mujeres en Asia y el África subsahariana (según la Organización Mundial de la Salud) padezcan una fístula obstétrica sin tratar que les acarreará innumerables problemas de salud el resto de su vida, como incontinencia urinaria constante, vergüenza, segregación social y problemas de salud.

Grecia, la dureza de los campos de refugiados

Familia Alsaaed. Una mujer riega su pequeño huerto bajo la atenta mirada de su hija en el campo de refugiados de Katsikas (Grecia), 2016 © Patricia Bobillo Rodríguez

El año que acaba ha seguido agravando la mal llamada crisis de los refugiados (mal llamada porque ha quedado demostrado que lo que se ha puesto en crisis es un sistema internacional que ha fallado de nuevo).  En 2015 se rebasaron por primera vez los sesenta millones de refugiados y, actualmente, según datos de la Agencia de la ONU para los refugiados (UNHCR), hay más de 65 millones de personas desplazadas en el mundo, prácticamente un tercio de ellas (21,3 millones) son refugiados y, a su vez, la mitad son niños y niñas. Además de las víctimas mortales (la mayoría civiles), el resultado tras casi seis años de guerra en Siria es la expulsión de aproximadamente cinco millones de sirios, que han sido acogidos en su mayoría por sus vecinos (sobre todo en Líbano, Jordania, Iraq, Turquía y Egipto) y la constatación de que la UE no sabe gestionar ni fronteras ni emergencias humanitarias, lo cual ha puesto en entredicho los valores de la vieja Europa.

Echar una mano y denunciar las condiciones de vida en los campos de personas en busca de refugio fue el impulso que la llevó a tierras helenas, su viaje más reciente. Un cambio de planes la llevó al campo griego de Katsikas (Ioannina) y reconoce que aunque habitualmente planifica, se informa y hace contactos antes de emprender cada viaje, intenta no hacerse una idea preconcebida de lo que va a ver porque sabe que la realidad va a ser diferente. “La realidad siempre me sorprende, para bien o para mal”, asegura. Prueba de ello fue el precipitado desalojo de Idomeni una semana antes de  su viaje. “Al llegar a Katsikas nos encontramos con un pedregal lleno de tiendas de la UNHCR a la intemperie, sin una sombra, ni servicios básicos como por ejemplo duchas, ni tampoco una organización estatal que coordinara al alrededor de novecientas personas varadas en ese antiguo aeropuerto militar.

Shaha Mahmi está embarazada de nueve meses y espera el día de su parto programado por cesárea, para ir al hospital a dar a luz a su sexto hijo. Familia kurda del campo de refugiados de Katsikas (Grecia), 2016 © Patricia Bobillo Rodríguez

Familias enteras, como podría ser la nuestra (procedentes de Siria, Kurdistán irakí, Kurdistán sirio, Irak, Afganistán, yazidíes, sirios de origen palestino etc.), viviendo en unas condiciones pésimas y manteniendo una dignidad ejemplar con el recuerdo siempre presente de lo que había sido su vida unos años atrás. La fotógrafa lamenta la pasividad de Gobiernos e instituciones, y la inoperancia de los actores en el terreno, a excepción de personas voluntarias y pequeñas oenegés, donde se encontró con situaciones tan injustas como la falta de atención médica o el cierre del hammam de mujeres, cerrado durante más de veinte días por orden del ejército debido a su ubicación en el campo, a pesar de ser un punto de encuentro esencial para las mujeres (árabes) y un lugar de reunión, de intimidad e higiene exclusivo para ellas dentro del caos del campo de Katsikas.

La experiencia le permitió conocer el día a día en el campo de personas refugiadas y observar como la vida luchaba por aflorar en esas duras condiciones. Su trabajo nos muestra cómo a diario, a pesar de estar en un campo militar con todas las restricciones que eso implica, las familias se organizaban en medio del desorden: “algunas tenían su propio huerto con pozo, donde cultivaban tomates y lechugas, otras construían cunas colgantes con cuerdas y maderas para sus recién nacidos y columpios para los más mayores, otras, las más afortunadas, cocinaban apetitosos platos, en latas convertidas en fogones, que contrastaban con la inmunda y escasa ración diaria que el ejército les proporcionaba, algunos construían un gimnasio para poder entrenar, etc”, señala.

Sus días en el ya desaparecido campo de Katsikas, se han reubicado a las 900 personas en hoteles de diferentes zonas, le permitieron conocer las historias de mujeres y hombres y comprobar que el éxodo tenía un impacto de género. “En los campos como Katsikas, además de menores (según UNICEF 3,7 millones de niños y niñas en este periodo de guerra) también hay mujeres embarazadas que malviven en condiciones muy precarias de higiene, alimentándose poco y mal, sin leche para amamantar a sus bebés y pariendo en hospitales donde a menudo sufren violencia obstétrica (en muchos casos las obligan a parir por cesárea aunque pidan un parto vaginal, pues el 70% de los partos en Grecia son por cesárea) y discriminación por ser refugiadas, porque los hospitales griegos están desbordados”.

Diferentes onegés han denunciado que las mujeres y las niñas refugiadas sufren violencia, agresiones, explotación y acoso sexual en todas las etapas de su viaje, también en territorio europeo, ante la pasividad de los gobiernos de la UE. Patricia recalca que hay muchas menos mujeres que emprenden esta huida a solas por el riesgo que supone el enfrentarse a mafias y policías de fronteras, incluso en ocasiones a sus propios compañeros, y que las que lo hacen están agotadas y deprimidas.

Aunque sean menos en número, sus testimonios dejan una marca indeleble, reconoce. “A Yamila Abdullah, una siria de origen palestino del campo de refugiados de Yarmuk (Damasco) y de 62 años, la conocí mientras venía de sus clases de alemán, hablaba un inglés perfecto y comenzamos a conversar. Un día después se torció el pie con las piedras y una piqueta de las tiendas del campo y se lo tuvieron que inmovilizar.

Después de este pequeño accidente, la iba a ver casi cada día, pues sentía mucha admiración por ella. Me contó que viajaba sola, que tenía a una de sus hijas en Alemania y, con una sonrisa espectacular en la cara y una mirada clara como las turquesas, me decía lo mucho que amaba España. Siempre me decía que odiaba la tristeza. Con un sentido del humor admirable, Yamila me explicó cómo sus vecinos la abandonaron a su suerte y tuvo irse sola y unirse a otras personas tapada de negro huyendo de las atrocidades cometidas por el DAESH. Me contaba cómo les dispararon en la frontera con Turquía, cómo las mafias la empujaron y la hicieron caer al suelo cuando les pagó lo que le pedían,…

Para resumir su periplo me dijo, con aquella sonrisa imborrable, que su viaje había sido un caerse y levantarse, una y otra vez, recordando el día que cayó tropezando con una piqueta y empujada por aquellas mafias de las fronteras. Una vez más, he podido constatar que ellas son las auténticas heroínas”, concluye.

Palestina, historias de resistencia

Otra historia de resistencia la llevó a Palestina, para dar voz a mujeres palestinas que viven diariamente bajo una ocupación ilegal israelí. Sus fotos nos dibujan unas vidas limitadas por esa ocupación. “Vivir bajo la ocupación significa resistir: a los asentamientos ilegales de colonos, a las restricciones de acceso al agua potable, a la apropiación ilegal de tierras, a la demolición de casas, al acoso de los militares, a las leyes discriminatorias, a un muro de segregación (el muro del Apartheid), a la humillación y la violencia, al olvido internacional… y resistir no es vivir”.

De nuevo el peaje para las mujeres es doble. “Una sociedad altamente militarizada como es la israelí, es también altamente machista y eso repercute directamente en la vida de la ciudadanía palestina, tanto de la que vive en Israel como de la que vive en los Territorios Palestinos Ocupados”, subraya Patricia. “Además, el estrés y el alto grado de violencia que genera la ocupación israelí en Palestina genera más violencia en el ámbito doméstico de las familias palestinas, que envueltas en ese ambiente de humillación continuada, en vez de desarrollarse se vuelven cada vez más conservadoras. Un ejemplo de esta violencia que afecta directamente a las mujeres palestinas y de ese conservadurismo consecuencia de la ocupación son los considerados crímenes de honor, que hacen que todo el honor familiar recaiga sobre las mujeres, una realidad demasiado común en Palestina”, concluye.

Senderos de agua

El agua aparece en su trabajo en Palestina, donde denuncia como el gobierno de Israel controla este recurso básico y lo utiliza como una forma de castigo a la sociedad palestina. En su experiencia en la RDC y Mozambique (“Clepsidra, el fluir del tiempo”) el agua vuelve a ser protagonista para explicarnos como las mujeres se encargan de proveer del agua necesaria en los hogares para todos los menesteres del día; para la cocina, la limpieza de la ropa, del hogar, de los más pequeños. En el fotorrelato en la RDC “Con ellas llegó el agua” podemos ver como la obtención de un recurso tan básico para la vida humana es responsabilidad exclusiva de las mujeres de la comunidad (para beber y para tareas reproductivas).

Las mujeres son generadoras y mantenedoras de vida y es algo distintivo que me gusta mostrar. Son una pieza imprescindible. Únicas y comprometidas con los cuidados de la vida. Pero esta evidencia es también una crítica, porque “en ocasiones ese rol se les exige desde el patriarcado, y está tan interiorizado que ni si quiera las propias mujeres permiten imaginarse desarrollando otro papel”, señala la fotógrafa.

Queda patente que hay una segregación sexual de tareas y que éstas tienen también un valor desigual, pero eso no es un elemento ajeno a nuestra sociedad, aunque aquí las discriminaciones sean más sutiles (o simplemente nos son más familiares). “En lugares donde hay más pobreza la discriminación se acrecienta y no se maquilla, pero nosotras tampoco vivimos en un oasis de igualdad. Y muchos de los problemas de las mujeres son compartidos. En los países “ricos” de un modo más vergonzante e hipócrita, porque no deja de ser un espejismo. Nos queda mucho camino por recorrer”, recalca.

Vivimos en una sociedad de la información donde se priorizan la imagen y la inmediatez, pero que al mismo tiempo silencia las voces disidentes. Por eso, hoy más que nunca, el fotoperiodismo es imprescindible y miradas como la de Patricia Bobillo Rodríguez nos revelan la realidad desde un ángulo inusual, incómodo para muchos pero necesario, si lo que queremos es tener acceso a la información, y no estar a merced de la información parcial y edulcorada (e interesada) de los medios tradicionales, que hace tiempo que sacrificaron su espíritu de denuncia en favor de los mercados».

 

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