¿»Servicios sexuales» para personas con discapacidad?: la compasión peligrosa

¿»Servicios sexuales» para personas con discapacidad?: la compasión peligrosa

Por Catherine Albertini, investigadora.
Texto original: http://sisyphe.org/spip.php?article3873 Traducción: Berta OG

«Dadas las películas porno que ven las personas con discapacidad en los centros asistenciales, el sexo que lo invade todo, ¿cómo negarles a ellos lo que se les promete a todos los demás?» Marcel Nuss, citado por Claudine Legardinier en Prostitution & Société, diciembre de 2008.

El tema del acompañamiento sexual para personas con discapacidad se planteó en Francia a raíz de una proposición de ley presentada por el diputado de la UMP François Chossy para la creación de la figura de «ayudante sexual» de estas personas. Si, por una parte, la asociación de mujeres con discapacidad se opone de manera radical a esta proposición de ley, por otra, Marcel Nuss, fundador de «Handicap y autonomía», es el principal defensor ideológico del derecho de las personas con discapacidad a los servicios sexuales. Derecho que la sociedad debería garantizar incrementando las ayudas económicas a la dependencia. Sin embargo, sería cuando menos extraño que esta reivindicación presupuestaria prosperara en un país en el que, en razón de restricciones también presupuestarias, no todos los niños y niñas con discapacidad pueden ser escolarizados en centros de enseñanza -condición imprescindible para su integración social y su autonomía futura- debido al insuficiente número de auxiliares escolares.

Se trata sobre todo de reivindicar el derecho «natural» sobre el cuerpo de las mujeres más que de reivindicar el derecho al placer, ya que éste nunca podrá estar garantizado.

No nos engañemos, esta reivindicación del derecho a los servicios sexuales no es ni más ni menos que una reivindicación de igualdad sexual para todos los hombres, tanto con discapacidad como sin ella. Los hombres con discapacidad quieren acceder a los mismos derechos sexuales que el resto y eso significa, entre otras cosas, el derecho al sexo con mujeres otorgado por la prostitución. Se trata sobre todo de reivindicar el derecho «natural» sobre el cuerpo de las mujeres más que de reivindicar el derecho al placer, ya que éste nunca podrá estar garantizado. Cuando un hombre va de víctima, reclama derechos sobre las mujeres. Y de lo que se trata en este caso es que la prostitución sea reconocida como un servicio social en beneficio exclusivo de los hombres, dado que la demanda es específicamente masculina (sólo se ha registrado una demanda femenina en diez años). (1)

El deseo – no transitivo, unilateral- construido como necesidad se convierte en derecho, reduciendo la noción de sexualidad a la de genitalidad y, por la alquimia de la transustanciación, la prostitución se convierte en una forma privilegiada de acceso masculino a la sexualidad, metamorfoseando el proxenetismo en principio organizador de la compasión social, en el encargado de dirigir el producto femenino disponible a sus usuarios-clientes. Se trata de esa sociedad compasiva que aparece retratada en la frase «todo mercado capitalista (…) tiende a reducir a los seres humanos a ganado que se lleva del establo a pastar, del pasto al apareamiento y del apareamiento al matadero.» (2)

Hasta ahora, el sistema regulacionista se contentaba con abanderar el derecho de las mujeres prostituidas a disponer libremente de su cuerpo, invirtiendo la situación real de esas mujeres cuyos cuerpos son puestos a disposición de clientes solventes.

El sistema prostituidor nunca hubiera soñado tanto reconocimiento de su utilidad social. Por una parte, crea necesidades, deseos miméticos, fantasmas formateados por la pornografía y, por otra, la satisfacción de los mismos, poniendo mujeres reales a disposición de clientes condicionados a su consumo por el propio sistema. Hasta ahora, el sistema regulacionista se contentaba con abanderar el derecho de las mujeres prostituidas a disponer libremente de su cuerpo, invirtiendo la situación real de esas mujeres cuyos cuerpos son puestos a disposición de clientes solventes. Esta legitimación compasiva del sistema prostituidor convertiría en imposible de facto toda lucha contra las industrias del sexo, donde las mujeres y las adolescentes, en razón de un mero accidente cromosómico, son las principales víctimas. El principio de no discriminación sería entonces reclamado por los hombres sin discapacidad pues todo el mundo, en lo que respecta a la sexualidad, puede considerarse discapacitado en mayor o menor medida, o muy tímido, muy bajo, muy feo, muy acomplejado, etc.

Marcel Nuss no se plantea la cuestión de la igualdad de ambos sexos en la sexualidad; se limita a invocar el sufrimiento de esos hombres cuyas «necesidades no son comprendidas» y aduce como argumento que «eso se hace en otras partes». Y efectivamente, ese tipo de servicios se prodigan en países como Holanda, Alemania o Suiza, en los que la prostitución es entendida como un derecho humano… para los hombres. En una entrevista con el diario Libération -siempre en vanguardia de la defensa de los derechos de las minorías, pero a la cola en lo que concierne a la igualdad real de ambos sexos- Marcel Nuss compara «el bloqueo actual sobre este tema con lo que ocurrió en 1975, cuando se votó la ley que legalizó el aborto en determinados supuestos.» (3)

En una sociedad que preconiza los valores de libertad, igualdad y fraternidad entre todos los ciudadanos, hombres y mujeres, la sexualidad no se compra. Así de claro.

En su lógica, la legalización del aborto -es decir, el derecho de las mujeres a no aceptar un embarazo no deseado- sería el equivalente al derecho de los hombres a la prostitución. El mismo argumento que es utilizado también en el debate sobre la maternidad subrogada y que guarda un asombroso parecido con el derecho ancestral de los hombres a disponer libremente del cuerpo de las mujeres para fines sexuales y/o reproductivos. Las feministas que lucharon en los años 70 por el acceso a la contracepción y el derecho al aborto no reclamaban más que una cosa: el derecho de las mujeres a poder, como los hombres, gestionar su propia existencia, a ser su propio proyecto vital y a no verse obligadas a servir al de un tercero -un feto no deseado, por ejemplo- con todo lo que ello implica desde un punto de vista material y temporal, como el hecho de vivir un embarazo, un parto, prodigar cuidados, tener que asumir la responsabilidad de una educación. Ahora bien, se olvida sistemáticamente que este derecho lo tienen todos los hombres, con o sin discapacidad, desde que nacen.

En una sociedad que preconiza los valores de libertad, igualdad y fraternidad entre todos los ciudadanos, hombres y mujeres, la sexualidad no se compra. Así de claro. La discapacidad no es en sí una imposibilidad absoluta de tener una relación de reciprocidad y de intercambio. Paul Feyerabend, uno de los principales filósofos de la Ciencia del siglo XX, discapacitado e impotente de por vida desde los 19 años y casado varias veces, aporta el siguiente testimonio en su autobiografía: «En la cama (…), estaba muy atento a todos los gestos que observaba, a todos los sonidos que oía, y trataba de satisfacer a mi pareja por otros medios distintos a los del procedimiento estándar (suponiendo que exista un procedimiento estándar). Por lo visto lo conseguía, al menos en ocasiones. Pero, aunque me encantaban las etapas iniciales de una relación y estaba más que dispuesto a atender todos los indicios y a seguir las indicaciones explícitas que me habían dado, nunca fui capaz de tener yo mismo un orgasmo.» (4)


Notas:

  1. Claudine Legardinier, «Handicap: accompagnement sexuel ou prostitution?», Prostitution & Société, diciembre 2008.

  2. Alain Accardo, «De noche servitude involuntaire», collection Contre-feux de Agone.

  3. Marcel Nuss, «Handicap et sexualité: que ceux qui en ont envie puissent en bénéficier», Libération, 25 de febrero, 2011.

  4. Paul Feyeraband, «Tuer le temps», Seuil, 1996.

 

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