Morir por amor ¡qué bonito!

Morir por amor ¡qué bonito!

 

Cuando revisito algunos films clásicos, no deja de sorprenderme constatar lo que yo he cambiado. Para bien. Es decir, ahora percibo barbaries que en su día tragaba con la mayor naturalidad. Me asombra que la venda con la iba por la vida tuviera tal espesor. Vale, no era feminista, pero ¿ciega hasta ese punto?

Y, ojo, tampoco es que yo fuera una pavisosa sumisa. La docilidad no era lo mío. Siempre estuve más o menos en rebeldía contra los roles asignados. Y, desde que pude, empecé a construirme una vida bastante libre y poco convencional (dentro del margen de maniobra posible). Pero carecía de perspectiva ideológica global. Pensaba (bueno, ni siquiera lo pensaba, lo vivía sin más, pues pensarlo hubiera sido ya dar un primer paso de distanciamiento crítico) que mis sentimientos, mis emociones, mis miedos y mis combates eran cosa mía. “Pecaba”, por así decir, contra los mandatos patriarcales, pero no era consciente de que existían como tales.

Y lo extremadamente chocante es que, sin embargo, en el ámbito político, ya hacía años que había dado el salto y tenía meridianamente claro que lo que me ocurría y vivía era consecuencia de la estructura social y que, por lo tanto, cualquier cambio precisaba una toma de conciencia y una lucha colectivas.

Cualquier convicción ideológica que rompa con las “evidencias” en las que fuimos criadas/os exige cambios personales pero ninguno tan profundo y radical como el feminismo.

¿Por qué, pues, tardé tanto en verlo igualmente claro con respecto a las presiones e injusticias que sufríamos las mujeres?

Pues porque, como muchas feministas han analizado, el patriarcado nos impregna más que cualquier otra ideología. Lo tenemos poderosamente “naturalizado”. Se entrelaza en lo que somos, conforma nuestra identidad primera, impregna nuestro imaginario, nutre nuestras emociones y sentimientos…

Y, por eso, cuando las mujeres descubren el feminismo, tienen que hacerse un reposicionamiento personal “de cuerpo entero” (supongo que a los hombres les pasa igual).

Cualquier convicción ideológica que rompa con las “evidencias” en las que fuimos criadas/os exige cambios personales (por ejemplo, el ecologismo demanda a cada cual un control sobre el despilfarro energético, sobre la basura que genera, etc.) pero ninguno tan profundo y radical como el feminismo.

De ahí la importancia de los grupos feministas, porque no solo se trata de hablar de tácticas, de estrategias, de agendas y calendarios de lucha; se trata de analizar lo que cada una vive, se trata de caminar con otras, de buscarse y comprenderse. Se trata de crear sororidad, amistad, aprecio entre mujeres. Porque la lucha es dura y no solo afecta a la piel sino al corazón, a las entretelas (¡qué palabra más bonita!) como decían las coplas.

Bueno, viene esto a cuento de lo siguiente: hace un par de días volví a ver Secreto tras la puerta (Secret Beyond the Door) de Lang, 1948. Me quedé estupefacta al comprobar que, la primera vez que la vi, hace años, tal despliegue de machismo, de tan grueso calibre y tan explícitamente formulado me pasó desapercibido.

En el film dicen cosas del tipo: los hombres piensan y las mujeres no; para que matrimonio se lleve bien la mujer ha de aceptar lo que diga el marido, etc.

Pero no solo se trataba de frases, no: la historia va (siguen todos los spoilers del mundo) de una mujer, la protagonista, que tres o cuatro veces está en un tris de ser asesinada por su marido. Andan por México donde se han conocido y casado. Ella, mientras se da las consabidas doscientas cepilladas de pelo (de esa tarea ya nos libramos, queridas contemporáneas…) cierra la puerta del dormitorio. Lo hace para que la espera aumente el deseo del esposo. Pero él reacciona queriendo asesinarla… Menos mal que, como no es del todo malvado, en vez de matarla, coge el coche y se larga al aeropuerto y de allí a Nueva York. Muy atento (eso sí) le deja una nota señalándole que la espera dentro de cinco días en su casa (cuya dirección le da). Y así es, queridas amigas, como la amante esposa se entera de cuál es el lugar donde van a vivir… Ella pensaba que en Nueva York, pero no. Nada mal como sorpresa ¿verdad? Y sin discusión posible…

Pero las sorpresas no acaban ahí. Cuando llega al que será “su” hogar, se percata de que él es viudo, tiene un hijo adolescente y de que en la casa viven, además, la hermana del marido y una especie de ayudante/secretaria. Pequeños detalles de los que él no había tenido a bien informarla.

La segunda vez que quiere matarla es porque ella se pone de punta en blanco para gustarle y, la muy loca, se adorna la solapa con un ramito de lilas. Y él no soporta las lilas…

Este señor va y viene sin ningún tipo de trabas pero, sin embargo, se queja amargamente –varias veces, además- de que durante toda su vida ha tenido que soportar que las mujeres hayan intentado controlarlo… Sí, como lo oís.

La intriga consiste en preguntarse si la matará o no (que por el tipo de film más bien pensamos que no) y, en último extremo, en averiguar de dónde le nacen a este señor los impulsos asesinos (impulsos asesinos hacia su esposa ¿eh? que a las demás personas no las quiere asesinar). En el desenlace del film nos lo explican: él amaba a su madre y, cuando era niño, en cierta ocasión, la madre salió de fiesta y él quiso darle un beso antes de que se marchara. No pudo porque alguien le había cerrado la puerta de la habitación donde él estaba. Llorando amargamente la vio irse desde la ventana… ¿Os percatáis de cuánto dolor tuvo que sufrir ese pobre niño? ¿Comprendéis ahora sus instintos asesinos? (¿qué decís? ¿que no lo comprendéis? ¿No seréis un poco feministas?)

En cualquier caso, la película acaba bien porque ella le revela que no fue la madre quien lo encerró sino la hermana… esa hermana que, durante todo el film, creíamos que era la buena… Anda, fíate tú de las mujeres…

Aunque la maldad de una hermana se lleva mucho mejor que la de una madre. Que tu hermana te encerrara con llave es muy traumático, cierto, y tardas treinta años es superarlo, pero se puede conseguir. Si hubiera sino la madre, no. Las madres no tienen perdón de dios ni de los hombres. Hombres que, por eso, por culpa de las crueldades que las mujeres les infligieron, se convierten en adultos poseídos por el tremendo deseo de asesinar a sus esposas.

¿Y la esposa cómo reacciona? Pues un par de veces, presa de dudas -o directamente de pánico- quiere escapar. No lo hace porque lo ama sobre todas las cosas y sabe que su vida, sin él, no merece la pena. Decide, pues, que, si ha de morir, morirá, pero intentando salvarlo de sus propios demonios y rescatando así, con su extremada bondad femenina, el daño que otras le hicieron.

Y, ojo, no creáis que estos mensajes han periclitado, no. Ahí siguen aunque ahora nos los cuentan de otra manera.

La que ha cambiado soy yo que ya voy ojo avizor y, me cuenten como me lo cuenten, me entero perfectamente de lo que me están contando, valga la redundancia.

¿Qué decís? ¿que los films actuales no son tan tremendos?

Pensad en este diálogo de Crepúsculo (Twilight), 2008:

Él: Soy el depredador más peligroso del mundo […] estoy diseñado para matar.

Ella: No me importa.

Él: He matado a personas antes

Ella: No me importa

Él: También he querido matarte. Jamás había deseado tanto la sangre de un humano

Ella: Confío en ti.

¡Pero qué bonito es el amor!

PS: Chicas: no se os ocurra encerrar a vuestros hermanos (o a vuestros hijos) en su habitación, que luego no podremos quejarnos de que nos maten…

 

 

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