Tierra, un planeta mujer

Tierra, un planeta mujer

 

Entre el 4 y el 6 de junio de 2012, Brasilia acogió la iniciativa de la arquitecta y urbanista, Flavia Portela, de celebrar el “Encontro Latino Americano de Mulheres”. En el auditorio de Fiocruz, se discutieron y definieron propuestas para un nuevo modelo de desarrollo sostenible bajo el sugerente título de su mesa inaugural: “Terra, um Planeta Mulher». El evento fue preparatorio para la Conferencia de NU sobre Desarrollo sostenible que tuvo lugar días después, del 20 al 22 de junio, en Río de Janeiro. Flavia Portela acaba de anunciar la buena noticia de que en 2017 se editará un libro con todas las ponencias presentadas.

Tuve la suerte de poder participar en esta iniciativa y también de vivir la decepción de la escasa acogida que tuvieron sus propuestas en las resoluciones de Río +20. Nuestro punto de partida tenía como motivación el vínculo entre las dos grandes corrientes ideológicas de nuestro tiempo: feminismo y ecologismo, y la necesidad de ir de la mano para conseguir que los temas que figuran en los objetivos gubernamentales sean cambiados.

Personalmente, estoy absolutamente convencida de que en la agenda de esta nueva Tierra debe figurar -como cuestión vertebradora- la igualdad y la equidad de género, junto a la soberanía alimentaria, la erradicación de la violencia en todas sus formas, la alfabetización digital, el modelo de uso poblacional del territorio, la situación de las poblaciones campesinas, la educación en valores desde la cultura de paz, la reorientación de la investigación científica para una agricultura sostenible y saludable, convertir los residuos en elementos útiles en el camino que se abre en una nueva cultura del consumo…

La lucha contra el cambio climático necesita del feminismo 

La crisis medioambiental es, por supuesto, una cuestión ideológica, pero no circunscrita a la convencional confrontación entre izquierdas y derechas. Precisa de la integración de la ciencia y la sabiduría ancestral, sin prejuicios por ninguna de las partes, abordando la reflexión casi desde el punto de partida. Si bien no es posible decodificar ni descartar el racionalismo sin tener un método alternativo -y mejor- que aplicar, también sería un error ignorar o desvalorizar el contacto directo y práctico con la naturaleza como vía legítima de adquirir conocimiento y de buscar la explicación o la raíz de las cosas. Apuesto por asumir sin ambages, y sin complejos, el reto de incorporar todas las sabidurías y todas las miradas a la búsqueda de las soluciones que necesitamos –urgentemente- encontrar y aplicar. En esta materia, el ecofeminismo de ambas tendencias, tendrá que encontrar un punto de conexión, por más que a las mujeres europeas nos cueste asumirlo.

Se necesita una metodología de inclusión: la alternativa necesita del diálogo. Diálogo, entre sexos, entre culturas, entre sistemas científicos, entre visiones religiosas, entre opciones políticas, para encontrar fórmulas de cooperación respetuosas y tolerantes, asumibles por los pueblos originarios de América Latina o por las paisanas de una aldea europea, asiática, africana, hindú…, pero también por la comunidad científica no dependiente de los señores de la guerra y de las mafias del mercado. Hay que atreverse a buscar entre muchas ideas distintas para encontrar ‘la buena idea’: no es tan importante lo que íntimamente creamos, ni debemos preocuparnos tanto por convencer a los demás de que nuestra idea es la única y la mejor (herencia nefasta de las religiones monoteístas, de los regímenes políticos totalitarios, del populismo engañoso…), como de reconocer los intereses y preocupaciones que tenemos en común, de compartir una misma inquietud, tan plural en su expresión como legítima en su origen, para garantizar una buena vida, una auténtica y satisfactoria vida, en el planeta Tierra.

Se necesita una metodología de inclusión: la alternativa necesita del diálogo.

Lo que no es de recibo es el discurso imperante, desmotivador y pesimista: ¿Para qué perder el tiempo en la autosalvación? Nos animan a lanzarnos al desenfreno inconsciente del consumismo total que nos marcan el Banco Mundial, las Agencias de Calificación, los índices bursátiles, los gobiernos títeres, las iglesias cómplices. Parece que quisieran que nos fuéramos por el desagüe para terminar cuanto antes con la pesadilla del cambio climático, de la polución asesina, de las migraciones masivas en búsqueda de tierras donde todavía haya agua potable, de generaciones de hombres y mujeres lobotomizados y robotizados por los mercaderes del templo. La patrimonialización de los recursos naturales, pincipalmente los energéticos, ha llegado a un punto de desfachatez impensable. Manipulan y se hacen dueños de las nuevas tecnologías. Nos lavan el cerebro. Ahora, cuando más información podemos tener, cuando mejor podemos saber, cambian el foco de nuestra atención para que dejemos de preocuparnos por la libertad y nos obsesionan con la inseguridad, para que el miedo sea simultáneamente el Gran Hermano ‘Orwelliano’ y el Soma ‘Husleyano’, y para que el terror a perder nuestra pobre y ruin riqueza del estándar consumista, nos impida actuar para evitar la pérdida de la grande y necesaria riqueza de una vida justa en la Tierra, con otros modos, con otras compensaciones, con un pensamiento post-ilustrado que sea el sumatorio del conocimiento y del sentimiento en una nueva época cuyo nombre tendremos que buscar.

La patrimonialización de los recursos naturales, pincipalmente los energéticos, ha llegado a un punto de desfachatez impensable. Manipulan y se hacen dueños de las nuevas tecnologías.

Hay que reaccionar. Estamos ante una nueva forma de guerra 

Deberíamos aspirar a un nuevo orden mundial -humano y sostenible- en lo económico, político, social. No podemos dejar esta tarea sólo en manos de la política convencional. Tendremos que trabajar por un pacto global entre los países y los pueblos que de pie a una nueva convivencia sobre el planeta, con visión universal, porque sin ello, no habrá sistema capaz de lograrlo por si solo. Los mercados, los mercaderes, ya han diseñado el suyo: sólo económico, sólo mercantilista. Está comprobado que deciden cómo y cuando se hunde un gobierno, dónde focalizar la extracción de determinados recursos estratégicos, qué religiones y qué pueblos han de ser puestos de moda para distraer la atención de otros asuntos más espinosos, cómo se debe ensuciar la democracia hasta convertirla en una repugnante parodia de si misma. En ese nuevo orden mundial, humano y sostenible, habrá que desechar lo inservible: ya no sirve el orden político del antiguo régimen. Los países concebidos como territorios definidos por fronteras artificiales no tienen sentido cuando el problema que nos acucia no entiende de límites dibujados en los mapas. La Amazonia está en Brasil, pero no es de Brasil. El acuífero del Paraná ¿a quién pertenece: a Paraguay, a Argentina, a Brasil, a Uruguay?. ¿Quiénes tienen el título de propiedad de los océanos? Y sobre todo ¿quiénes son los responsables de lo que pase con ello?. Los tribunales internacionales ya pueden actuar ante el genocidio y se sabe cómo pueden funcionar y a quién pueden juzgar. Pero ¿quién puede juzgar un ecocidio?

Tendremos que trabajar por un pacto global entre los países y los pueblos que de pie a una nueva convivencia sobre el planeta, con visión universal, porque sin ello, no habrá sistema capaz de lograrlo por si solo.

¿Cómo conseguirlo? Es preciso movilizar con propuestas revolucionarias para lograr un cambio evolutivo. Para ello hay que romper el aturdimiento imperante y prepararnos para una positiva e incruenta revolución basada en principios ecologistas y humanistas. ¿Para qué seguir buscando argumentos originales si los vemos todos los días en los periódicos o en los programas informativos?. Pero no hay peor sordera que la que no quiere oir. Ni ceguera más irrecuperable que quien se pone una venda en los ojos. Hemos desarrollado un extraño instinto suicida asumiendo barbaridades que queremos considerar inamovibles. Predomina el embrutecimiento. El ‘statu quo’ favorece y consolida la barbarie y la injusticia. Arranca de raíz cualquier propuesta mínimante transformadora, ya no digamos revolucionaria, porque puede aspirar a cambiar el mundo tal y como lo conocemos. El poder combate el impulso humanista y radical de la lucha contra la abolición de la esclavitud, contra el apartheid, contra mafias de trata y tráfico de mujeres y menores, de la reivindicación de los derechos humanos, de la persecución de los crímenes de guerra… porque estos grandes movimientos sociales tienen el aliento y el alcance necesarios para saber que hacen lo que corresponde hacer. La ética y la legitimidad deben prevalecer ante la estulticia y la iniquidad.

Reconozcamos la gravedad de la situación: estamos ante una nueva e inédita forma de guerra. Nos vemos obligadas a luchar contra una fuerza destructiva que asalta por tierra, mar o aire, cuando menos se le espera. Y las víctimas son incontables. Pero también lo son los causantes y están identificados.

No hay tiempo que perder.

 

 

 

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