Mejor prostituta que limpiadora

Mejor prostituta que limpiadora

 

Hace unos meses una compañera, una mujer de izquierdas, me decía que ella conoce mujeres que, antes que limpiar, prefieren prostituirse. Me lo explicaba –sí, explicaba– y lo hacía con el cuajo que da la normalización que supone pasar por el polígono Cogullada de Zaragoza y que haya mujeres y niñas vendiendo sus cuerpos. La naturalidad que da el haber asumido que los cuerpos de las mujeres se compran y se venden. Sin pensar en nada más, en ningún trasfondo. Pocas mentes se agitan desde la equidistancia.

Esta mañana me he levantado y me ha sucedido como a Pilar Aguilar, me he llevado un disgusto desde primera hora. Lamentablemente ya no sorprende que una representante de determinados espacios de la izquierda española justifique la prostitución. Ada Colau ya tuvo su momento de gloria. Hoy le ha tocado a Mónica Oltra que, en una entrevista en El Español, decía: “Hay que respetar a las mujeres que prefieren prostituirse que limpiar pisos”. Si Mónica Oltra hubiese leído algo de teoría feminista sabría, como bien le recuerda Pilar Aguilar, que “las feministas respetamos no sólo a las mujeres prostituidas (la inmensa mayoría) sino también a las que se prostituyen, pero NO respetamos a los prostituidores”.

Quiero creer que Mónica Oltra ha tenido un desafortunado día y que lo que quería reflejar es el necesario debate sobre la precarización laboral de las mujeres y sobre los cuidados. Dos grandes retos para el movimiento feminista. Sin embargo, sus palabras no son casuales.

¿En qué momento el feminismo empezó a creer que lo que nos liberaba a las mujeres era el sexo? ¿Cuándo empezamos nosotras mismas a allanarles el camino a los explotadores y a los prostituidores? ¿En qué punto les hicimos creer que podían tener nuestros cuerpos cuándo, dónde y cómo querían? Que todo se compraba, que todo se vendía. ¿Cuándo la izquierda empezó a abrazar el neoliberalismo más cruel?

¿En qué momento el feminismo empezó a creer que lo que nos liberaba a las mujeres era el sexo? ¿Cuándo empezamos nosotras mismas a allanarles el camino a los explotadores y a los prostituidores?

Hace unos meses una actriz porno se convertía, para una parte muy diminuta, todo sea dicho, del movimiento feminista en una voz autorizada para hablar de igualdad y feminismo. Quien sostenía el látigo que marcaba a fuego las espaldas de los esclavos/as negros/as no podía ser la misma persona que defendiera sus derechos. Quienes perpetúan, no sólo la desigualdad, sino la máxima expresión de la violencia sexual, no pueden ser las mismas personas que defiendan nuestros derechos. Es un axioma de sentido común.

Como de sentido común es saber que el hecho de ser una mujer de izquierdas no te convierte en una mujer feminista, ni siquiera aunque tú misma te definas como tal. El patriarcado ha sido el sistema más perfecto jamás inventado, en tanto en cuanto ha sabido adaptarse a todos los sistemas que ha conocido nuestra Historia, desde el feudal hasta el capitalista, pasando por el comunista.

El patriarcado ha sido el sistema más perfecto jamás inventado, en tanto en cuanto ha sabido adaptarse a todos los sistemas que ha conocido nuestra Historia, desde el feudal hasta el capitalista, pasando por el comunista.

La inmensa mayoría de mujeres que ejercen la prostitución en nuestro país provienen de redes de trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual. Son mujeres prostituidas, para lo cual sus prostituidores utilizan los medios más brutales que conocen. No obstante, como sucede siempre que hablamos de mujeres, preferimos poner el acento en la excepción. En ese supuesto porcentaje minoritario de mujeres que ejercerían la prostitución con absoluta voluntariedad. Donde no hay justicia y donde no hay derechos, no hay libertad de elección real. Conviene leer un poco a Ana de Miguel. Ese discurso que presenta mujeres empoderadas ejerciendo voluntariamente la prostitución es falso. Y doloroso pronunciado en según qué bocas. Citando nuevamente a Pilar Aguilar, “Sé que es muy bonito creerse el cuento de Hetaria. Ese cuento que, por una parte, no cuestiona la legitimidad del “deseo” masculino y, por otra, describe una poética historia de mujeres libres y empoderadas chupando pollas libremente”. Es una mentira despiadada, una falta absoluta de empatía hacia la desigualdad estructural que sufrimos las mujeres decir que hay mujeres que ejercen la prostitución en la libertad más absoluta porque en un sistema patriarcal nuestra libertad nunca es ni absoluta ni plena.

En este punto seguimos las feministas intentando combatir los discursos de otras mujeres que, desde una supuesta progresía, vienen a legitimar los privilegios masculinos más antiguos del mundo: la dominación, el control y la explotación de los cuerpos de las mujeres para satisfacción propia.

En este punto seguimos las feministas intentando combatir los discursos de otras mujeres que, desde una supuesta progresía, vienen a legitimar los privilegios masculinos más antiguos del mundo

Mirad, no son nuestras batallas. No son nuestros discursos. Ni siquiera nuestra simbología. Las mujeres no explotamos hombres, no establecemos redes de camaradería ni pactos de silencio para traficar sexualmente con personas. No podemos prestarnos a su juego. Nuestra posición debe ser frontal.

Sobre poner el foco en los prostituidores, en el necesario trabajo sobre las nuevas masculinidades, la necesaria puesta en marcha de leyes integrales y medidas reales contra la trata y explotación de las mujeres… sobre eso, quizás, otro día, Mónica Oltra quiera hablar.

Mientras tanto, si queréis, podemos seguir con nuestra utopía de romper techos de cristal. Pero tengan muy claro, al menos en su fuero más interno, que mientras las mujeres se compren y se vendan jamás romperemos esos techos y jamás viviremos en una sociedad realmente igualitaria.

 

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