La «naturalización» de la prostitución

 

Las sociedades producen relatos sobre sí mismas y sobre los hechos sociales que componen su entramado social. Esos relatos tienen como función que los individuos acepten el orden social. Y es por eso que no son estáticos, ni fijos, ni inmutables. Están en permanente proceso de construcción y reconstrucción. Sin estas narraciones, los hechos sociales no pueden tener un lugar estable en el imaginario colectivo.

Todo fenómeno social debe estar sometido a procesos permanentes de legitimación con el objeto de que pueda reproducirse a lo largo de extensos periodos históricos. La primera legitimación de cualquier fenómeno social se encuentra en su propia facticidad, que, por otra parte, siempre tiene un carácter autolegitimador. El hecho de que una realidad social haya existido durante largos periodos históricos es utilizada para sugerir que forma parte de un ‘orden natural’ de las cosas imposible de alterar. Si, además de existir, también ha sobrevivido a intentos de acabar con esa realidad, como, por ejemplo,
la legislación prohibicionista o la penalización moral de la prostitución, entonces parece que tiene una fuerza que va más allá de lo puramente social. Sin embargo, la facticidad no puede ser la única fuente de legitimación, pues por sí misma sería insuficiente. Se necesitan otras legitimaciones adicionales, cuya intensidad y grado de elaboración debe ser proporcional al cuestionamiento de la realidad social que se quiere legitimar (Berger, 1981: capítulo 2).

El hecho de que una realidad social haya existido durante largos periodos históricos es utilizada para sugerir que forma parte de un ‘orden natural’ de las cosas imposible de alterar.

El debate que existe en torno a la legalización o abolición de la prostitución explica la poderosa interpelación social a la que está sometida esta práctica y, al mismo tiempo, pone de manifiesto los poderosos intereses que se juegan en torno a esta gran industria.

Por eso se han puesto sobre la mesa otras legitimaciones secundarias, desde la reactualización de ideas pre-teóricas hasta argumentaciones desarrolladas en el marco del pensamiento académico. La producción de prejuicios y estereotipos para que la prostitución sea aceptada socialmente se suceden: desde señalar que es el oficio más viejo del mundo hasta advertir sobre la urgencia sexual natural de los varones; desde vincular esta práctica social con la libertad sexual hasta considerar que la prostitución es una poderosa barrera que protege a las otras mujeres de las violaciones y agresiones sexuales masculinas; desde la argumentación de que la postura sobre la abolición es moralista hasta la idea de que quienes sostienen que hay que erradicar la prostitución están en contra de las mujeres prostituidas. El conjunto de prejuicios y estereotipos es muy amplio y se reelabora permanentemente para producir nuevas legitimaciones.

Por otra parte, desde instancias académicas se realizan investigaciones que intentan fundamentar la legitimidad de la prostitución en el consentimiento de las mujeres prostituidas, sin mostrar la prostitución como el resultado de la jerarquía patriarcal y sin señalar suficientemente el vínculo entre prostitución y capitalismo neoliberal (Juliano, 2002; Osborne, 2004; Maqueda, 2009).

Desde instancias académicas se realizan investigaciones que intentan fundamentar la legitimidad de la prostitución en el consentimiento de las mujeres prostituidas, sin mostrar la prostitución como el resultado de la jerarquía patriarcal y sin señalar suficientemente el vínculo entre prostitución y capitalismo neoliberal

Pues bien, la prostitución es un fenómeno social que tiene su propio relato. Uno de los argumentos estables de esta narración, fuertemente arraigada en el imaginario colectivo, que, por otra parte, siempre es patriarcal, es que la prostitución surge espontáneamente en cualquier comunidad humana.

La idea que debe aceptar la sociedad y, por ello, debe anclarse en las estructuras simbólicas, es que la prostitución es un hecho natural. Uno de los subtextos del imaginario de la prostitución sugiere que está profundamente anclada en algún oscuro lugar de la naturaleza humana. Y éste es, desde luego, uno de los problemas que obstaculizan una posición crítica frente a la prostitución, pues con esos argumentos se coloca a esta práctica social en el orden de lo pre-político. En efecto, si el fundamento de esta práctica social está en la naturaleza, entonces difícilmente podrá ser definida como una institución y, por tanto, interpelada socialmente.

La idea difusa que envuelve el fenómeno de la prostitución es que está más allá de lo cultural. Aparece como una realidad que transita entre lo natural y lo social. De ahí que se repita incansablemente que la prostitución ha existido siempre, como si ese fuese un argumento irrefutable. Sin embargo, la prostitución no es el oficio más antiguo del mundo sino la actividad que responde a la demanda más antigua del mundo: la de un hombre que quiere acceder al cuerpo de una mujer y lo logra a cambio de un precio (Fernández Oliver, 2007: 89).

Eso sí, para justificar que la prostitución es una realidad natural hay que afirmar que se inscribe en el orden de la sexualidad humana. El subtexto, por tanto, alude a que la sexualidad masculina es incontrolable y, por ello, la femenina debe estar al servicio de ese deseo masculino irrefrenable, a través de la prostitución o del matrimonio. Si la prostitución hunde sus raíces en la sexualidad, entonces no es posible erradicarla.

La legitimación de la prostitución parte tácitamente de la sexualidad masculina como pulsión imposible de gestionar culturalmente. Señala Carole Pateman que la legitimación de la prostitución se origina en el estereotipo de la urgencia sexual natural de los varones: “Existe un impulso masculino natural y universal que requiere y siempre requerirá de la prostitución para su satisfacción” (Pateman, 1995: 273).

La prostitución no es el oficio más antiguo del mundo sino la actividad que responde a la demanda más antigua del mundo: la de un hombre que quiere acceder al cuerpo de una mujer y lo logra a cambio de un precio

Para concluir este apartado es preciso hacer dos reflexiones: la primera gira en torno a la pregunta de quién fabrica estas narraciones. Las teorías críticas de la sociedad ya han explicado la estrecha relación entre los relatos sociales y las estructuras de poder. Los relatos, por tener como una de sus finalidades la legitimación de los entramados sociales e institucionales, se fabrican en función de los intereses y necesidades de las élites y de los grupos dominantes. En otros términos, las élites masculinas y neoliberales han propuesto a la conciencia de nuestra época la idea de que la actividad prostitucional es tan legítima como otras actividades. Y las instancias socializadoras de estos sistemas de poder han contribuido a su normalización.

Las élites masculinas y neoliberales han propuesto a la conciencia de nuestra época la idea de que la actividad prostitucional es tan legítima como otras actividades.

Y la segunda es que la naturalización de la prostitución se inscribe en un discurso mucho más amplio que ha tenido lugar en las últimas décadas del siglo XX y los comienzos del siglo XXI, al hilo de la globalización neoliberal: la naturalización de la desigualdad. Por eso, argumentaré a lo largo de este trabajo es que no es lo mismo decir que la prostitución es un trabajo libre que decir que es una forma de subordinación patriarcal. Y añadiré que también es una forma de explotación económica al extremo de convertirse en una de las nuevas formas de servidumbre del siglo XXI. En palabras de Carole Pateman: “la prostitución es parte integral del capitalismo patriarcal” (Pateman, 1995: 260).

Fragmento extraído del texto «Un ensayo sociológico sobre la prostitución«, publicado en la revista «Política y sociedad».

 

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