Échame a mí la culpa…

 

De un tiempo a esta parte, cada vez con más frecuencia, acude a mi cabeza el sonsonete de aquella vieja canción “Échame a mí la culpa de lo que pase..”. Y ahí se queda instalada, porque cada vez que se habla de feminismo, o, lo que es lo mismo, de defensa de la igualdad de las mujeres respecto a los hombres –así es como define “feminismo” la RAE-, cae un aluvión de culpas como si de un alud en plena tempestad se tratara. Las feministas –nunca los feministas, por cierto- son las culpables de todos los males de la humanidad. Claro que sí. Matamos a Manolete, estábamos en el ajo en el atentado a Kennedy y hasta convencimos a dios para que enviara las siete plagas y el diluvio universal. Que si hay que ir se va, que ir para nada es tontería.

En estos días las redes sociales se han llevado las manos a la cabeza –o los dedos al teclado- ante las declaraciones de cierto alcalde que tilda a las feministas de rancias, amargadas, fracasadas y unas cuantas lindezas más. Espantoso, pero nada nuevo, por desgracia. Asistimos tiempo antes a las declaraciones de un alta jerarca eclesiástico que atribuía todos los males de la sociedad actual a eso que dio en llamar “ideología de género”, junto al “imperio gay”, otro peligroso agente subversivo. Y es que a quién se le ocurre ir por ahí pregonando la igualdad, con lo peligrosa que resulta. A éste se unían varios colegas, no menos cargados de razón, que desde distintos partes de España insistían en nuestra manía de desintegrar la sociedad, que hay que ver que caprichos tenemos.

Si a eso unimos que cada vez que alguien quiere criticar a una mujer que se dedique a la política, la manda a fregar, a vender pescado o la llama “zorra”, sin discriminar en este caso de qué parte del espectro político venga, el cuadro es desazonador.

Y lo peor de todo no es esto. Es que quienes se empeñan en culpar a las feministas de los males del mundo, no hacen crítica alguna al machismo. Este no es peligroso, por lo que parece, por más que sea en él donde ancle sus raíces una de las peores pandemias que nos azota, la violencia de género. Pero claro que no, el machismo no pone en peligro el orden establecido. Precisamente, porque el orden existente es machista y contra eso es precisamente contra lo que se lucha. Y eso no se puede consentir, vaya que no.

Quienes se empeñan en culpar a las feministas de los males del mundo, no hacen crítica alguna al machismo

Aunque siempre llegan las disculpas, que, más que disculpas, resultan ser excusas. Siempre hay alguien que apostilla que se refiere no a las feministas de toda la vida, ésas que lograron el voto femenino y que a día de hoy yo pueda estar escribiendo estas líneas sin ir más lejos, sino a ésas que llaman “radicales”. Como si quienes empezaron el movimiento sufragista no hubieran tenido que ser radicales en su día. Nadie cambia las injusticias de una sociedad desde su sofá, opinando tranquilamente delante de una taza de té con pastas.

Como siempre, cuando de mujeres e igualdad se trata, la vara de medir cambia de tamaño. Nadie critica el fútbol porque haya ultras que hacen todo tipo de barbaridades. Esos son radicales, nada tienen que ver con el fútbol. Y a nadie se le ocurriría generalizar, ni llamarlos futbonazis porque a alguien le daría un patatús por manchar el buen nombre del deporte rey. Acabáramos. Y así con todo.

Pero, como hay que ser optimista, me quedo con la reacción de las redes sociales que al grito de #SoyFeminista se indignaron y se indignan cada vez que alguien escupe semejantes lindezas. Sigamos haciéndolo. Porque nadie cambia la sociedad siendo discreta y callada. Y la sociedad sigue necesitando el feminismo, por más que nos echen la culpa del cambio climático, el hambre en el mundo o de cualquier otra cosa.

 

 

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