El problema que sí tiene nombre

 

A las puertas de las fiestas navideñas, la Revista PRONTO presenta su tradicional concurso de regalos, divididos por miembros de la familia. Los regalos de papá, que consisten en viajes, coches y relojes lujosos, y los regalos de mamá, que se reducen al mobiliario de la cocina: lavadoras, licuadoras, microondas y vitrocerámicas.

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Cuando vi este concurso vinieron a mi mente un sinfín de pensamientos en torno a cómo los medios de comunicación promueven unos arquetipos femeninos, y también masculinos, absolutamente estereotipados; de cómo contribuyen a asentar el rol tradicional de las mujeres, su papel social y, en consecuencia, la desigualdad estructural que sufren, y que estos medios de masas normalizan y convierten en natural. Pero sobre todo recordé aquel dilema con el que se encontró Betty Friedan ya en los años 50 y 60 del siglo pasado, y que denominó “El problema que no tiene nombre”.

Sobre todo recordé aquel dilema con el que se encontró Betty Friedan ya en los años 50 y 60 del siglo pasado, y que denominó “El problema que no tiene nombre”.

En aquellas décadas post-bélicas hubo una regresión en el discurso en torno a la feminidad. Se retomó con fuerza el ideal femenino del ángel del hogar, la perfecta madre y mejor esposa, y hubo un retroceso considerable en lo que a derechos de las mujeres se refiere, sobre todo si establecemos una comparación con décadas anteriores.

En esta coyuntura se experimentó un incremento importante de mujeres que asistían a psicólogos/as y psiquiatras porque tenían un sentimiento de malestar, que ellas no sabían articular, pero que les producía una vida vacía e infeliz. Ante este panorama hubo una fuerte campaña, orquestada por el Gobierno de EEUU en colaboración con los grandes poderes mediáticos, que giró en torno al discurso: “Mujer, tienes una bonita casa, un hombre a tu lado, eres una buena ama del hogar y, además, ya no te tienes que agachar para fregar el suelo porque tienes maravillosos electrodomésticos que te proporciona tu marido”. El discurso era demoledor y la campaña fue durísima. Vallas publicitarias, revistas y programas radiofónicos y televisivos de máxima audiencia, discursos políticos y mediáticos… cualquier plataforma era oportuna para machacar una y otra vez ese discurso. Se generó un problema mayor, dado que se indujo a las mujeres a un sentimiento de culpabilidad que empeoró su situación vital. Había un problema social, pero nadie sabía ponerle nombre. Nadie supo identificar que la desigualdad y un discurso tortuoso en torno a la feminidad provocaban un malestar en las mujeres.

Había un problema social, pero nadie sabía ponerle nombre. Nadie supo identificar que la desigualdad y un discurso tortuoso en torno a la feminidad provocaban un malestar en las mujeres.

Hoy sabemos que el problema SÍ tiene nombre, y se llama desigualdad. El patriarcado se encarga a través de todos los mecanismos que le proporciona la sociedad de masas de robustecer los roles desiguales de hombres y mujeres, y de menoscabar e infravalorar todo lo que tiene nombre de mujer.

El patriarcado se encarga a través de todos los mecanismos que le proporciona la sociedad de masas de robustecer los roles desiguales de hombres y mujeres

Difícilmente podremos ser cada vez más iguales, difícilmente podremos favorecer procesos de empoderamiento femenino, difícilmente podremos construir sociedades libres de violencia contra las mujeres, si no eliminamos radicalmente los roles desiguales que articulan los discursos en torno a la feminidad y a la masculinidad.

 

 

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