Vientres de alquiler: desigualdad y derechos vulnerados

 

La expresión “vientres de alquiler” hace pensar en el alquiler de cubículos gestadores y productores de bebés. Sin embargo, lejos de ser un cubículo o un vientre, lo que se alquilan son mujeres. Por su parte, la expresión “maternidad subrogada” hace pensar en una madre biológica que cede su criatura, la que gesta, a una pareja por un módico precio. Sin embargo, lejos de tratarla como madre biológica, le anulan este derecho inherente al parto e intentan inmunizar en ella todo vínculo emocional con el feto que se desarrolla en su vientre y la criatura -o criaturas- que finalmente nace.

En el proceso de maternidad subrogada no puede obviarse que detrás de quien gesta y pare hay una mujer que, en la gran mayoría de los contratos, ve su vida y sus derechos limitados, a saber:

  • la propia movilidad: en la India deben permanecer en esas “granjas” durante todo el embarazo, controladas y limitadas; en Ucrania, los últimos tres meses; en EE.UU. tienen prohibido salir del estado de origen durante los últimos meses del embarazo, ya que, en caso de parto imprevisto y anticipado, habría problemas si se da a luz en un estado que no reconoce la gestación subrogada.
  • el derecho al aborto: el contrato recoge cláusulas específicas que anulan este derecho inherente a las mujeres gestantes.
  • el derecho a la maternidad de la criatura que se pare: dejaría de ser directa. En Inglaterra, país en el que está permitida la maternidad subrogada únicamente cuando responde a un propósito altruista y se cumplen determinadas condiciones -como la filiación a posteriori, es decir que la madre biológica tiene tres semanas para decidir si se queda o no, con la criatura neonata-, no hay listas de oferta ni de demanda porque no interesa. ¿Alguien puede responder el porqué?
  • el derecho de cambio o arrepentimiento: cualquier contrato hoy en día puede rescindirse, máxime cuando la duración es tan larga (mínimo 9 meses, aunque siempre es más). Los contratos de la “gestación comercial” anulan el derecho a cambiar de opinión de la madre biológica o gestante, ni siquiera en caso de que cambiaran las circunstancias personales de origen.

¿Alquilamos entonces un simple vientre, o bien alquilamos vidas y derechos de mujeres por un período de tiempo determinado y bajo unas cláusulas que anteponen el objeto o producto final del contrato, es decir, un nuevo bebé?

Partiendo de la base de que el deseo de formar una familia es positivo en sí mismo tanto para la reproducción humana como para garantizar la perpetuación de la especie, este fin no lo hace lícito a toda costa. Cuando el cumplimiento del deseo de una persona requiere que se pierdan derechos adquiridos (como la movilidad, el aborto o la capacidad mercantil para rescindir un contrato, entre otros), deja de ser lícito. Desear formar una familia no es un derecho, es un deseo.; y aquellos deseos que tienen un precio como moneda de cambio se convierten en privilegios. Además, tal y como afirma Lorena Morales Porro, presidenta de la Asociación Diferentes-Feministas LGTBI+H y secretaria de la Asociación Familias de Colores, cuando se habla de que las madres biológicas o gestantes actúan en el ejercicio de su plena libertad, habría que replantearse dicha “libertad”, ya que “mi libertad acaba siempre donde empieza mi necesidad”. Y es que, cuando hay dinero de por medio, entra en escena el mito de la libre elección. De hecho -tal y como hemos señalado-, en lugares como Inglaterra en donde esta práctica está legalizada sin que intercedan compensaciones económicas y sin privar a la madre biológica de su derecho al aborto o a arrepentirse, la gestación subrogada no existe prácticamente porque nadie acude a ella.

No podemos permitir que los deseos de unos atenten contra los derechos adquiridos de las mujeres.

Si hacemos un recorrido por la historia, veremos que esta práctica aparece incluso en la Biblia, en donde la maternidad vicaria es practicada -entre otras parejas- por Raquel y Jacob, tomando como gestante a su criada Bilhah. No estamos, por tanto, ante una práctica moderna, sino ante una práctica antigua de épocas en que las mujeres no tenían apenas derechos, y pretenden disfrazarla ahora de un modelo de familia “progre”, cuando todo huele a neoliberalismo. No podemos permitir que los deseos de unos atenten contra los derechos adquiridos de las mujeres.

La gestación por pago o gestación comercial está haciendo que se retroceda en determinados aspectos morales que ya parecían estar superados, como es el debate de lo biológico en el seno de una familia. Existe una obsesión preocupante por lo biológico. De hecho, las cláusulas de los contratos cuidan mucho el que la madre biológica o gestante establezca los menos vínculos posibles con el feto. Una de las principales preocupaciones de los padres y madres contratantes es que la madre gestante se arrepienta. La manera que tienen las empresas intermediarias de aliviarlos es con argumentos de carga genética, como si la genética tuviera más peso que lo biológico. Además, no olvidemos que el pasado mes de septiembre del 2015, la Fundación del Instituto Valenciano de Infertilidad demostró que una madre gestante puede cambiar el genoma del futuro bebé aunque se haya recurrido a la ovodonación. Y aquí damos con otro tema espinoso: la ovodonación.

Para quienes no conocen las prácticas que hay detrás de la maternidad subrogada, intentaré hacer un pequeño resumen aquí. Comencemos por la ovodonación o bien por la obtención de óvulos -en algunos casos es la misma madre contratante la que aporta sus propios óvulos-. Toda mujer que se haya sometido a un tratamiento de estimulación ovárica sabe hasta qué punto el proceso de producción de óvulos dista del proceso de producción de semen. Pare este último el procedimiento es obvio: cuarto oscuro, revistas porno, recipiente donde depositar el semen y toallitas para limpiarte una vez concluido el cometido. Sin embargo, la fisionomía de las mujeres cisexuales no nos permite crear óvulos con tanta facilidad. En estos casos, el tratamiento hormonal al que es sometida dura aproximadamente un mes, y gira entorno a pastillas de progesterona, pinchazos de gonadotropinas desde el día segundo o tercer día del ciclo, aumentando la dosis poco a poco hasta crear una cantidad de folículos pertinentes, y luego un último pinchazo de otro medicamento más para que maduren los folículos. Una vez los tengamos listos para extraer se procede a la punción folicular u ovárica, que viene a ser una pequeña operación en la que sedan a la mujer y le inyectan anestesia en las paredes del útero. La operación suele durar unos 20 minutos.

Hago aquí un inciso, ya que cómo obviar que, dada la complejidad de este proceso, a veces es tanta la intención de crear la mayor cantidad de óvulos posible, que los casos de hiperestimulación ovárica son cada vez más frecuentes en algunas clínicas privadas. Hablo de casos en que se han llegado a generar hasta 30 folículos a una sola chica, arriesgando, no solo su vida, sino la posibilidad de que le tengan que extirpar el ovario. Esta práctica está camuflada por el dinero y por la situación de vulnerabilidad de las pacientes, pero tal vez deberíamos comenzar a investigar un poco más cómo se están haciendo las cosas. Y la solución no es “no hacerlas”, sino respetar el protocolo escrupulosamente establecido por ley.

Por su parte -continuo con el proceso de maternidad subrogada-, la madre receptora -madre biológica o gestante- tendrá que prepararse para la recepción del pre-embrión (transferencia embrionaria), por lo que deberá preparar su endometrio, que viene a ser “la cuna del bebé” -según la terminología empleada con las pacientes-. Antes de preparar el endometrio, para asegurar que todo está en calma y ninguna acción natural altera el proceso, se le administra a la madre receptora un medicamento como el Decapeptyl -o similar-, que es el que se utiliza -entre otros fines- para provocar la menopausia química en casos de endiometrosis, por ejemplo. Lo que se consigue con este medicamento es bloquear o anular los efectos de los estrógenos, consiguiendo así que la paciente deje de ovular durante un período de tiempo y mantenga “tranquilito” e inactivo su aparato reproductor para que nada perturbe la llegada del bebé a su útero. El siguiente paso sería el de preparar también el endometrio, que tiene que adquirir un grosor de 10 mm aproximadamente y se consigue a base de suministrar estrógenos a la paciente.

¿Realmente no les cuesta creer a ustedes en la bondad altruista de alguien para someterse a tratamientos de esta índole por amor universal y condescendencia hacia quien no puede tener criaturas por cuenta propia?

Díganme, ¿realmente no les cuesta creer a ustedes en la bondad altruista de alguien para someterse a tratamientos de esta índole por amor universal y condescendencia hacia quien no puede tener criaturas por cuenta propia? ¿Realmente creen que las mujeres no exponen su salud y alquilan sus cuerpos y sus vidas durante más de nueves meses por dinero, por encontrarse en una situación de vulnerabilidad? Y, ojo, esta situación de vulnerabilidad no tiene por qué ser la pobreza -como lo es en la gran mayoría de los casos que nos llegan-, puede tratarse también del deseo de pagar unos estudios a sus hijxs, o bien de mejorar la calidad de vida de la familia… O bien porque tu marido te obliga, ¿quién dice que no? ¿De verdad creemos que estas mujeres van a confesar? Y, por encima de todo, ¿de verdad creemos que las mujeres están en la situación de privilegio tal como para poder decidir por ellas mismas cuando tienen necesidades personales y viven en sociedades machistas en donde los maridos aún tienen muchos derechos sobre ellas?

Y a todo esto debemos añadirle el hecho de que, en todos estos tratamientos, el material genético puede provenir de una sola parte de la pareja contratante, o bien de las dos partes; pero, en caso de provenir de uno sola parte, será siempre del hombre. Así que ahí tenemos otra situación más de vulnerabilidad y desigualdad de la madre contratante frente al padre contratante: a lo largo del año que puede durar el proceso desde el contacto con la agencia intermediaria hasta la llegada del bebé al mundo, en el seno de la pareja puede pasar de todo. Si el hombre quisiera quedarse con el hijo, en muchos casos hay un punto en que podría hacerlo. Sí, ya sé que no todos lo harán, y que no es lo habitual hasta donde sabemos; pero, ¿y si levantamos la veda? ¿A qué nuevas situaciones de desigualdad, violencia y desamparo someteríamos a las mujeres?

Mi lucha es también la apuesta por nuevos modelos de familias que no vulneren los derechos adquiridos de las mujeres.

Poner en entredicho el contrato y los mecanismos de la gestación comercial parece suscitar serias reacciones arrolladoras sin peros en la lengua. Desde “autoritarias, represoras y perversas”, hasta el clásico “brujas y feminazis”. No tengo espacio para entrar en cada una de ellas, pero el insulto que más gracia me hace es aquel en el que nos tildan de conservadoras y nos comparan con la iglesia. Pues qué decirles, dudo mucho que las razones de las feministas coincidan con las razones eclesiásticas. Aún así, también hay que decir que, ir de acuerdo con la iglesia en algún aspecto, no concluye absolutamente nada: también estoy de acuerdo con la iglesia en la máxima de no matar y no robar, y, sin embargo, sigo siendo la misma atea militante de siempre.

Los riesgos que plantea la gestación por pago son muchos, y las injusticias y retrocesos, mire por donde lo mire, también. Parece un nuevo modelo de familia moderno y progresista, sin embargo, por más que lo estudio, no deja de ser conservador y de parecer una nueva brecha neoliberal que se abre dejando tras de sí una huella que recuerda a la eugenesia y convierte el deseo de formar una familia en un deseo “prepotente” -tal y como lo describe la filósofa italiana Luisa Muraro-, por cuantos derechos pisotea.

El proceso de adopción lleva trámites tediosos y en muchos países las parejas homosexuales tenemos prohibido el acceso a la adopción. Mi apuesta es la lucha por reducir las trabas que la adopción -nacional e internacional- plantea, y acercar la adopción a toda la ciudadanía en igualdad de condiciones sin discriminación por orientación sexual o identidad de género. Mi lucha es también la apuesta por nuevos modelos de familias que no vulneren los derechos adquiridos de las mujeres.

 

 

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