She. US President

She. US President

 

“El mundo está cambiando…”. Con estas palabras abre la trilogía de El Señor de los Anillos la voz de una de las figuras más poderosas de la obra, Galadriel, una de las pocas mujeres que en verdad aparecen. Y el mundo está cambiando. Desde luego. De eso da fe el hecho de que pueda convertirse en una de las figuras más poderosas del mundo otra mujer, Hillary Clinton. Por segunda vez consecutiva los Estados Unidos pueden sorprenderse a sí mismos rompiendo de nuevo una de los techos de cristal más sólidos, y tras elegir a su primer presidente negro, puede este año, en menos de un mes, elegir a su primera presidenta.

Recuerdo cómo hace ocho años el debate entre ambos candidatos demócratas alcanzó cotas de atención internacional nunca antes vistas ante la doble opción de hacer historia. Hasta ese momento nadie, creo, ni dentro ni fuera de EE.UU. se imaginaba en un corto espacio de tiempo a un comandante en jefe de las fuerzas armadas americanas que no fuera hombre y blanco. Entonces, Obama ganó, y pese a la singularidad en cualquier caso, voces clamaron que, a pesar de todo, América tendría antes a un presidente hombre de cualquier color de piel que a una que fuera mujer. Y Obama lo fue, pero el mundo está cambiando, o al menos eso quiere parecer, y así nos encontramos en 2016. Parece, no obstante, que en el juego de dicotomías americanas, EE.UU. tendrá antes una presidenta, convenientemente liberal en su tradición política, que uno socialista.

Pese a la analogía con lo ocurrido hace dos legislaturas, el advenimiento de Hillary no se abraza con la misma ilusión con que se recibía el de Obama.

Sin embargo, pese a la analogía con lo ocurrido hace dos legislaturas, el advenimiento de Hillary no se abraza con la misma ilusión con que se recibía el de Obama. Sin duda no podemos ignorar la diferencia entre ambos perfiles personales y la atmósfera de sus campañas, pero no por ello tampoco debemos permitirnos ignorar la relevancia del hecho de ser mujer. A la ciudadanía negra le costó indescriptible horror alcanzar el estatus de ‘man’, pero lo consiguió, y aunque permanezca como ciudadanía de segunda (2016 es también un annus horribilis de conflicto racial para la población afroamericana), mientras sean hombres –y más de clase económica acomodada-, tienen derecho natural al espacio público, espacio en el que las mujeres siguen siendo intrusas. El caso de Hillary nos permite ver con claridad las muchas trabas y dificultades que tienen las mujeres para acceder a lo mismo que los hombres, y eso no es otra cosa que la prueba de una desigualdad fáctica vigente, por lo que la labor feminista aún tiene mucho que hacer y mucho que conseguir. Y precisamente por eso, el caso de Hillary puede convertirse en una tremenda oportunidad para impugnar un sistema desigual y reformular una sociedad de igualdad real.

La muy factible posibilidad de que Clinton sea la primera presidenta de los Estados Unidos es una eventualidad de altísimo potencial para el feminismo, por mucho que Hillary no sea la candidata ideal de muchos y muchas. Pero de entre esos muchos, hay otros muy tantos para los que Hillary no solo no es candidata ideal, sino que no es candidata deseable en absoluto. No deja de ser una mujer rica de la élite estadounidense, con vínculos y simpatías en Wall Street, una representante de la tradición liberal americana. Un enemiga, en consecuencia, de las fuerzas progresistas, populares y emancipatorias de Europa. De Europa, porque aunque haya una preocupación en clave global, aludiendo a lo negativo de su liderazgo para la inestabilidad de Oriente Medio y para la injerencia en América Latina (cosas ciertas), no deja de verse aquí con una mirada europea.

La muy factible posibilidad de que Clinton sea la primera presidenta de los Estados Unidos es una eventualidad de altísimo potencial para el feminismo, por mucho que Hillary no sea la candidata ideal de muchos y muchas.

A Hillary se la inviste por parte de adversarios a un lado y otro ideológicamente con el hábito de un demonio. La cuestión es que, en el fondo, esto no deja de ser una manifestación de un sistema mental machista. Y es que Hillary Clinton no es diferente a ningún otro candidato hombre anterior a ella, o al menos no peor, pero en todos esos casos los males que en ella se colocan por delante en ellos se daban por supuestos e intrínsecos a la política norteamericana, y los juicios de adecuación se establecían en función de otros valores. Ni Al Gore ni Barack Obama eran Bernie Sanders, pero se preferían por supuesto frente a sus rivales. Tanto Gore con Obama ofrecían algunas políticas deseables, tal vez eso les hacía candidatos defendibles, en cambio Hillary no. ¿Hillary no? Hillary ha trabajado durante años en materia de protección de derechos de mujeres y de la infancia, e incluso en defensa de derechos lgtbi, pero claro, estos son asuntos de menor preocupación desde una perspectiva masculina de la política.

Se puede por otra parte decir que su defensa ha sido tibia, que ha tenido muchas ocasiones para dar pasos más valientes en tales materias, no obstante, y sin querer quitar a estas críticas su parte de verdad, no podemos ignorar que como mujer, en política no ha tenido el mismo margen para la osadía que sus compañeros hombres. Para mantener su carrera política, como mujer, le es imprescindible una mayor dosis de cautela.

Se la critica también por su labor como Secretaria de Estado. Pero aquí de nuevo se refleja la doble vara de medir para ambos géneros. Toda acción como Secretary of State ha sido corresponsabilidad de Obama en tanto Presidente y jefe del ejecutivo. Y sin embargo la lacra de estas no se imprime igual sobre el perfil de Hillary que en el de Obama. O del mismo modo, muchos han reconocido el gran historial de la candidata, incluso entre las filas republicanas, haciendo que, si no la más preparada, sin duda esté entre las personas más preparadas que han optado a la presidencia en toda la historia de EE.UU. (desde una óptica que sería discutible, pero no es de tanta relevancia aquí). El propio Marco Rubio, uno de los candidatos en las primarias republicanas dijo que “si esta elección fuera una competición de currículums, Hillary Clinton sería la próxima Presidenta”. Solo el hecho de ser mujer explica que lo que en otros casos sería un valor, en el suyo sea susceptible de sospecha. Porque es sospechoso que una mujer pueda tener una larga y exitosa carrera política.

De nuevo, el espacio público es el ámbito masculino, el de las mujeres, el privado. Pero ella nunca ha sido una mujer dispuesta a ocupar el rol esperado de segundo plano y de mera acompañante de su marido-político, y eso desconcierta, e incomoda. ¿Por qué si no Michelle Obama es vista con mejor apreciación, defendiendo discursos feministas? Sin restar valor a la labor de Michelle, lo hace, aun con un carisma y una personalidad fuertes, desde su posición de soporte de su marido, de madre, de protectora del espacio doméstico ejemplar americano, que es la labor que se espera de una primera dama. Hillary, en cambio, está ejerciendo en la práctica una titánica tarea de ruptura frontal de ataduras patriarcales.

Toda acción como Secretary of State ha sido corresponsabilidad de Obama en tanto Presidente y jefe del ejecutivo. Y sin embargo la lacra de estas no se imprime igual sobre el perfil de Hillary que en el de Obama.

Llegados a este punto, diría que esta tarea la está realizando en unas circunstancias que además le son más útiles al feminismo de lo que otras pudieran haber sido. Irónicamente, que Trump sea su rival puede ayudar a establecer con mayor solidez una posición feminista. Una elección más disputada podría parecer a priori más idónea si se quiere hacer notar la igual valía de las mujeres para ser dirigentes que los hombres. Sin embargo, muchas veces la exageración es una forma más funcional para ver las cosas con claridad, del mismo modo que en biología se tiñen células para distinguir con mayor precisión diferentes tipos. En esta elección, Trump representa lo peor de un determinado sector masculino, y se presenta como prácticamente un fool, un bufón, poco confiable, emocional, cambiante, haciendo que en contraposición, Hillary Clinton se yerga como figura de representación de la seriedad, la formalidad, la inteligencia; institucionalidad, verdadera adecuación para el puesto. Atributos positivos asociados tradicionalmente a la masculinidad. Pero sin dejar de ser mujer. En una situación más igualada, los roles canónicos no estarían invertidos (como pudo ser la rivalidad en primarias con Obama), evitando la transgresión que se da en este caso.

¿Por qué una persona en popularidad creciente al adquirir mayor notoriedad al pasar a la primera línea no aumenta su apoyo, sino que se reduce drásticamente?

Finalmente, una última prueba estadística revela que cada vez que Hillary ha dado el paso de asumir un nuevo rol político, su popularidad deja de crecer y empieza a decaer, para con el paso de un tiempo volver a repuntar. ¿Por qué una persona en popularidad creciente al adquirir mayor notoriedad al pasar a la primera línea no aumenta su apoyo, sino que se reduce drásticamente?

Hillary está sometida a una presunción de culpabilidad por ocupar un espacio que como mujer, no le es suyo por naturaleza.

El mundo está cambiando, y no debemos quedarnos quietos y quietas como espectadores del cambio, podemos ayudar activamente a orientar la dirección del avance de este. Hillary Clinton no será la candidata ideal, de la que esperar una revulsión política que cambie el orden mundial a favor de la mayoría social frente a las élites dominantes, o de la hegemonía impositiva americana, de eso no cabe duda. Pero ninguna de las opciones de esta elección presidencial de EE.UU. lo es (por desgracia, el tren de Sanders se pasó esta parada), y de las opciones, Hillary está sometida a una presunción de culpabilidad por ocupar un espacio que como mujer, no le es suyo por naturaleza. Y lo está conquistando. Si sabemos jugar las cartas que tenemos en la mano, las y los feministas podemos con una probable victoria de Hillary hacer que no solo gane Hillary, sino que gane la labor de la igualdad y los derechos de las mujeres a no ser menos que los hombres. Generaciones de niñas pueden querer empezar a ser presidentas –como aquí muchas empiezan a querer ser alcaldesas-, e incluso más importante, sabrán que tienen derecho a ser y que pueden ser presidentas, sin que los referentes que reciben las eduquen en la idea de que tales espacios les son privados, que no les pertenecen a ellas como sí a ellos. No podemos escoger las cartas de la baraja, pero si jugamos bien las de la mano, hay rondas que podemos ganar. Y esta ronda, es la de las mujeres.

 

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