¿Ser “hermanas en Cristo” o en el puterío? ¿Ejercer o no la sororidad?

¿Ser “hermanas en Cristo” o en el puterío? ¿Ejercer o no la sororidad?

 

1. La sororidad no consiste en disculpar el choriceo de Rita Barberá so pretexto de que es mujer, ni en pensar que Aguirre es menos sinvergüenza por lo mismo. Sororidad es, sin embargo, oponerse a que se haga mofa de ellas a cuenta de cánones estéticos machistas o a que se las califique de “hijas de puta”, por ejemplo.

2. Sororidad no es aguantar estoicamente sin irritarse la propaganda porno-putera-machista de Miller, por ejemplo, ni obviar el hecho de que objetivamente es una sicaria de los proxenetas. Sororidad es rechazar que se la insulte y se la descalifique por “fea” o “guarra”.

3. Mi deber de sororidad no consiste es soportar “resignadamente” que unas autodenominadas “Mujeres antipatriarcales” me impidan expresar el rechazo que me produce su sumisión a los machos puteros. Consiste en que, si son mujeres (cosa que, a veces, dudo) no las juzgue por el tamaño de sus tetas.

4. Sororidad no es dejar de criticar los rasgos de humillación y sometimiento que, en ciertos casos, las mujeres tienen tan interiorizados que ellas mismas los defienden, los reivindican, los trasmiten. Sororidad es intentar comprender cómo se ha construido en ellas esa subjetividad para así contrarrestar y minar tal construcción.

5. Sororidad es no responsabilizar a las mujeres de las lacras que sufren. No son culpables de la tortura o de la explotación quienes se “dejan” torturar o explotar (aunque lo hagan incluso con “paciencia”, “resignación” o “amor”, virtudes con las que se nos suele engatusar).

¿Cómplices las que “se dejan”? Pues puede que en alguna medida (o en ninguna). No defiendo el angelismo de las mujeres pero tengo claro que los culpables son quienes se lucran de la situación, quienes torturan y explotan, quienes han puesto en marcha el sistema y lo alimentan.

6. La sororidad no consiste en pensar de manera bobalicona que “las mujeres somos estupendas y divinas”, ni consiste en contar chistes sobre los “tontos y simples” que son los hombres sino en reconocer que objetivamente todas estamos en posición de debilidad frente a las fratrías y las complicidades masculinas y que, a grado de tontería igual, a un hombre se le perdona, a una mujer difícilmente.

7. Sororidad es saber que los varones gozan de poderosas redes y “cofradías” y se reservan cotas divinas para sí mismos con total “naturalidad”. Lo hacen con tanto poderío que no necesitan ni formularlo, ni reivindicarlo, ni legislarlo. Simplemente lo actúan.

Y que, por lo mismo, para contrarrestar las tramas viriles, en igualdad de circunstancias y de méritos, hemos de apoyar a las mujeres. Así, entre un escritor mediocre y una escritora mediocre, siempre defenderé a la escritora porque sé que ellos manejan todas las palancas del poder y copan todos los enchufes, parabienes y compadreos.

8. Y no creo que sea sororidad exigir de las mujeres que luchan por agrandar alguno de nuestros derechos que sean “perfectas”. No tienen por qué ser divinas ni en su vida personal (quien no tenga contradicciones que tire la primera piedra) ni en sus posicionamientos socio-políticos. Nadie menosprecia a Kennedy ni a Johnson por haber propuesto y firmado la Ley de Derechos Civiles so pretexto de que ninguno pretendía acabar con la explotación capitalista de los negros. Sin embargo, muchas escupen sobre Hillary Clinton porque, a pesar de haber defendido el aborto, la sanidad, la educación de las mujeres, no es socialista (o algo que remotamente se le parezca). No digo que no se critiquen sus posiciones capitalistas (igual que criticamos a Kennedy y a Johnson por la guerra de Vietnam) pido que no nos tiremos a degüello contra Clinton ni neguemos su compromiso feminista (limitado, como lo son todos, incluso el de la más entregada, pero feminista). La mies es mucha y las obreras pocas (estoy bíblica…).

9.No es sororidad dar por buenas las opiniones de otras feministas si no se comparten. Al revés: el debate es un deber de sororidad y una marca de respeto hacia otras ideas. Las respeto, ergo me importa y me interesa lo que hacen, dicen o piensan. Las respeto, ergo me tomo en serio sus opiniones. Me siento concernida por ellas y  por eso espero convencerlas (o que me convenzan), lo cual implica que debo intentar debatir y rebatir las ideas que me parezcan incorrectas.

Y, por lo mismo, no debato sino que me enfrento con machistas empedernidos o torturadores, con quienes durante años y de manera contumaz atacan a las mujeres. Ni con los y las que se han montado su negociete defendiendo la prostitución, viven de ello y están subvencionadas por las mafias de proxenetas. Y no me arredra el hecho de que se autodenominen “feministas”, “antipatriarcales”, “revolucionarias”…

No se trata de ser, como antaño, “Hermanas en Cristo” o, como nos piden ahora, en la “modernez”, hermanas en el porno-puterío, sino hermanas en la insumisión ante la desigualdad y en la lucha contra el patriarcado.

Pienso lo mismo que la Plataforma Anti Patriarcado: “¡Que dejen ya de utilizar el feminismo para defender intereses particulares! El feminismo es un movimiento SOCIAL y POLÍTICO, se creó para liberar a las mujeres de su opresión no para que la acepten en nombre de la libertad”.

En resumen: la sororidad consiste en alianzas y apoyo entre mujeres, sí, pero se necesitan dos condiciones para que la alianza y el apoyo existan:

1. Han de basarse en la conciencia de que tenemos una opresión común.

2. Han de compartir un mismo objetivo.

¿Qué conciencia de opresión común y de objetivos compartidos tengo yo con quienes creen legítimo que los hombres puedan follar mujeres a cambio de una cantidad de dinero? ¿Con quienes reclaman libertad para sacarle brillo a las cadenas -como decía Mary Wollstonecraft-?

Mi sororidad hacia nosotras, las mujeres, y sobre todo hacia las más desprotegidas (las maltratadas, abusadas, traficadas, prostituidas, emigrantes, refugiadas, pobres) es justamente lo que me impide sentir ni un ápice de “hermandad” con esas pandas de buitres hipócritas carroñeros que se apropian de nuestros términos, los envilecen y nos piden, en nombre de la “sororidad” que no critiquemos su propaganda del machismo más cutre y envilecido.

Pues no. No se trata de ser, como antaño, “Hermanas en Cristo” o, como nos piden ahora, en la “modernez”, hermanas en el porno-puterío, sino hermanas en la insumisión ante la desigualdad y en la lucha contra el patriarcado.

 

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