Soy Boyero y digo lo que quiero

 

Este verano me leí “La desfachatez intelectual” de Ignacio Sánchez-Cuenca, un libro en el que me topé con la expresión “machismo discursivo”, que venía a poner palabras a la indignación que me provocan ciertos escritores “consagrados” que, por el mismo hecho de serlo, dicen lo que le da la gana sobre cualquier tema. Por supuesto, me indigno mucho más, y mucho más profundamente, cuando ese decir lo que les da la gana está relacionada con mujeres, feminismo, igualdad de género o decir “os/as”.

El “machismo discursivo” lo desarrolla el sociólogo Diego Gambetta, y se refiere al tono que utilizan ciertos varones que ocupan una posición social reconocida para acompañar sus argumentos. Bueno, más que para acompañarlos, para “disfrazarlos”, porque lo que hace este machismo discursivo es, según Sánchez-Cuenca, emplear “un tono sobrado, pleno de contundencia” para ocultar las fisuras o carencias en la construcción y exposición de dichos argumentos. Es decir, es un truco facilón que utilizan las mentes masculinas privilegiadas (y aquí me refiero a que ocupan un lugar de privilegio en la escala socio-cultural, no a la inteligencia) para que no se les note que de lo que están hablando con tanto convencimiento, saben menos de lo que a primera vista pudiera parecer.

El “machismo discursivo” lo desarrolla el sociólogo Diego Gambetta, y se refiere al tono que utilizan ciertos varones que ocupan una posición social reconocida para acompañar sus argumentos.

Lo de toparme con el “machismo discursivo” me ocurre continuamente. Y me pasó este domingo pasado cuando leí la crítica de cine del consagradísimo Carlos Boyero, en la que habla de varias películas, la primera de ellas, la recién estrenada El hombre de las mil caras del director Alberto Rodríguez.

La crítica de Boyero para esta película entra dentro de lo que yo espero de una crítica cinematográfica “profesional”, es decir, una crítica que me creo y que orienta mis expectativas a la hora ir al cine desde un enfoque que no depende del simple gusto del crítico en cuestión. Sin saber si la comparto o no, porque aún no he visto la película, de primeras la crítica me parece seria, se la compro.

A continuación, Carlos Boyero, hace una breve alusión al remake también recién estrenado de Los Siete Magníficos, comentando lo siguiente: “es una de la gilipolleces más planas y absurdas que he visto en los últimos años”.

Hala, ahora discútele tú eso a Boyero.

No he visto la película –y me da la sensación de que no la voy a ver a no ser que un día me la pongan en el Ave y me coja sin sueño o sin datos en el móvil- pero estarán de acuerdo conmigo en que una cosa es una crítica debidamente razonada, avalada por la experiencia y conocimiento de este señor, y otra es soltar esa frase tan cutre y malhablada. Porque, en el caso de que estuviera interesada en ver el western, ya iría una mal predispuesta a ver la película: “a ver qué tal, porque Boyero ha dicho…”. O, claro, dado lo caro que resulta ir al cine, puede que no fuera a verla directamente.

La frase, más que la de un crítico de seriedad incuestionable, parece la de un crítico que acaba de ser admitido en el selectísimo club de los machistas discursivos irreverentes y cabreados…

Y es que, vamos a ver: si tú cuentas con la inmensa suerte de poder ir a festivales de cine y ver pases de películas antes que el resto, se supone que tienes que comentar lo que veas en función de criterios serios y no de lo primero que se te ha venido a la cabeza, porque la película no te ha gustado. A no ser, claro, que tu tono de crítica cinematográfica sea explícitamente cómico, y puedas decir las tonterías que quieras.

La tercera película de la que habla Carlos Boyero es Orpheline, del director francés Arnaud des Pallieres, de la que dice que es “una cosita involuntariamente surrealista” (¿cosita?), y que resume con la siguiente frase: “historia de una treintañera puta y delincuente que ha sufrido maltrato de un padre desde que era niña”. No es que yo sea una feminista mojigata que no pueda escuchar la palabra “puta” sin taparme los oídos, pero la verdad, se me ocurren dos mil millones de formas de construir la sinopsis de esta película, y ninguna es la que ha utilizado este señor.

Desde luego, la frase, más que la de un crítico de seriedad incuestionable, parece la de un crítico que acaba de ser admitido en el selectísimo club de los machistas discursivos irreverentes y cabreados con las feministas en particular y con la igualdad de género en general, liderado por Pérez Reverte y Javier Marías.

Tampoco he visto la película y dado que lo primero que he leído sobre ella han sido las palabras de Boyero, así de primeras, no me orientan a que me parezca atractiva o, al menos, interesante. De hecho, sólo la vería por el coraje que me ha dado leer una crítica tan burda y machista. Pero Carlos Boyero no me conoce, no sabe que existo, y le va a dar igual si voy o no.

No es que yo sea una feminista mojigata que no pueda escuchar la palabra “puta” sin taparme los oídos, pero la verdad, se me ocurren dos mil millones de formas de construir la sinopsis de esta película, y ninguna es la que ha utilizado este señor.

No le ha parecido a Boyero suficientemente buena esta película francesa, no sólo porque es una “cosita” y no un film en condiciones, sino porque al parecer, el nivel de dureza (recordemos que trata sobre la historia de una mujer, puta y treintañera, maltratada por su padre) no tiene nada que ver con “esa autobiografía salvaje de James Rodhes”.

James Rodhes es un músico que, efectivamente, ha publicado una novela autobiográfica en la que cuenta cómo sobrevivió a los abusos y violaciones sexuales continuados que sufrió siendo niño. El listón de Boyero, desde luego, es de un nivel de salvajismo y violencia sexual muy elevado.

Para terminar, Boyero sigue destruyendo “críticamente” la película que, casualidades de la vida, está protagonizada por cuatro actrices, a las que “salva” de la catástrofe a la que ha sumido al film en menos de cinco frases, concediéndoles el que, al menos, “tienen morbo esas criaturas de boca sensual chupando los dedos de sus amantes.”

Como no aclara muy bien a quién se refiere cuando habla de las “criaturas”, una puede leer la crítica e ir a la ver la película esperando ver a cuatro criaturas supuestamente morbosas que pueden ser cuatro bebés , 4 niñas o 4 niños, o dos bebés y dos niñas, o cuatro aliens resurrection.

Porque al final no sabemos de qué va la película y, al parecer, no nos hace ni falta, porque Carlos Boyero ya ha decido por nosotros y nosotras. El mensaje de su crítica es claro: “no vayan a verla porque a mí no me ha gustado”. Y si la ven, que sepan que sólo les va a gustar, lo que me ha gustado a mí: ver a cuatro criaturas (sin especificar) chupando dedos de amantes.

Una crítica de lo más profesional. Porque la hace Carlos Boyero, que dice lo que quiere.

Y hala, discútele tú algo.

 

 

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