Si no somos sólo cuerpos, ¿por qué somos vientres de alquiler?

 

Acción protesta de Femen contra el alquiler de vientres realizada en 2011 en Kiev

Acción protesta de Femen contra el alquiler de vientres realizada en 2011 en Kiev

Son muchas las veces que he visto aparecer en programas de televisión, webs, o en mi mismo muro de Facebook, noticias relacionadas con los vientres de alquiler o la también llamada gestación surrogada. En los últimos meses, un largo debate, especialmente en los círculos feministas, ha tomado relevancia en gran parte a causa de la feria de promoción de los vientres de alquiler que se llevó a cabo en Madrid.

No puedo comprender cómo mientras algunas personas dicen estar a favor del libre derecho de las mujeres a disponer de su cuerpo, de su maternidad, defienden el libre comercio de una parte de su cuerpo, tan vinculante para su condición política como es el útero, para beneficio de otros. No entiendo cómo en una sociedad en la que intentamos avanzar y defender la igualdad, algunos apuestan por explotar una vez más a las mujeres y su capacidad reproductiva cegados por la falsa promesa de progreso neoliberal… Si somos conscientes del gran daño que el capitalismo y el patriarcado han hecho a las mujeres y su independencia económica ¿por qué se defiende una práctica que no sólo comercia con el cuerpo de la mujer sino que también la ata a su papel tradicional reproductor?

Si somos conscientes del gran daño que el capitalismo y el patriarcado han hecho a las mujeres y su independencia económica ¿por qué se defiende una práctica que no sólo comercia con el cuerpo de la mujer sino que también la ata a su papel tradicional reproductor?

No está de más tener en cuenta que los países donde más se acude en búsqueda de madres de alquiler son países ampliamente afectados por la pobreza femenina, como Ucrania y Rusia. Tan sólo con teclear en el buscador del ordenador “vientres de alquiler” aparece rápidamente en sugerencias “precios”. Desde ahí, Internet conduce a un sin fin de webs de empresas donde anuncian este negocio como una verdadera ganga. “¡Éxito asegurado!”, “Precios asequibles”, y un largo etcétera de eslóganes comerciales que evidencian la auténtica naturaleza de lo que se debe llamar un negocio explotador.

El capitalismo brutal que trata nuestros cuerpos como parkimétros, donde poder estacionar sus intereses por dinero no va a arreglar nuestras desigualdades.

En este momento los vientres de las mujeres son un bien comercial automáticamente susceptible de ser explotado por el sistema, promotor de la primitiva idea patriarcal de la necesidad de un “vínculo de sangre paterno/materno-filial”. Una industria en crecimiento que esclaviza a las mujeres sobre su imagen de máquina reproductora al servicio de los intereses patriarcales de la idea de familia tradicional que, aunque muchas veces intente teñirse de progreso, no representa sino lo contrario. Un retroceso en la liberación total femenina, en la libertad económica libre de explotación sexual y reproductiva, articulando un tipo de trata 2.0 propia de la sofisticación que el patriarcado va tomando a medida que las mujeres van conquistando derechos y libertades. Todo ello con el fin de seguir controlando nuestros cuerpos por medio del capitalismo, y por ende, del poder económico masculino que ostenta el mayor porcentaje de riqueza.

Se vende una idea de falsa emancipación al encontrarse remunerada esta práctica, al supuestamente ser la mujer la que decide si se presta como vientre de alquiler o no, pero una vez más este juego sobre la libertad de decisión no se debe centrar tan sólo en el mundo ideal, sino en la realidad. Esa en la que las mujeres se encuentran empobrecidas, carentes de poder y limitadas por muchísimos otros factores sociales, religiosos y políticos en sus diferentes contextos, pero todos con el denominador común del machismo.

La promesa neoliberal de la independencia de las mujeres a nivel económico pasa una vez más por comercializar, explotar y gestionar nuestro cuerpo.

En definitiva, la promesa neoliberal de la independencia de las mujeres a nivel económico pasa una vez más por comercializar, explotar y gestionar nuestro cuerpo. Vuelve a vender una falsa ilusión donde decidir desde la igualdad no es posible cuando la mitad de la humanidad sigue cobrando menos, siendo discriminada a nivel laboral, y condenada a una conciliación impuesta que se torna imposible. En un mundo donde las mujeres carecen de suficiente representación política y puestos de poder donde se defiendan intereses comunes que busquen la independencia real y se garanticen los derechos básicos y la igualdad real. El capitalismo brutal que trata nuestros cuerpos como parkimétros, donde poder estacionar sus intereses por dinero no va a arreglar nuestras desigualdades, sino a acentuarlas aún más.

 

 

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