¿Pornografía feminista, pornografía antirracista y pornografía antiglobalización? Para una crítica del proceso de pornificación cultural

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pornificacionEn la (re)producción de lo que se ha denominado “pornificación” van de la mano el mercado, la cultura popular y secciones del ámbito académico, incluso una parte del feminismo. Este artículo plantea una (re)visión crítica de este fenómeno, así como de la alianza entre sexualización-transgresión-mercado-universidad. Primero se traza la genealogía de esta situación, partiendo de la “revolución sexual” de los años sesenta y su deriva capitalista y patriarcal; se sigue con las “guerras del sexo” de los ochenta, y finalmente se llega a la cultura pornificada del nuevo milenio y el auge de los Porn Studies. En una segunda parte, el artículo propone una aproximación al proceso (y éxito) de la pornificación cultural en relación al neoliberalismo, entendido como una forma de gubermentabilidad profundamente generizada. Se introducen una serie de conceptos críticos que se consideran útiles para futuros análisis feministas de este complejo panorama, entre los que destacan: “feminismo desarticulado”, “emprendedoras sexuales” y “postfeminismo biologista”. En la conclusión dejamos planteados algunos interrogantes críticos sobre la posibilidad y deseabilidad de una pornografía feminista.

La pornificación se centra en convencer a las mujeres, y sobre todo a las jóvenes, especialmente a las heterosexuales, de que su vida personal, amorosa e incluso laboral mejora notablemente al abrir las puertas a la pornografía en la vida cotidiana.

Este artículo aborda el tema de lo que se ha denominado la “pornificación de la cultura”. Un fenómeno mayormente occidental en que van de la mano el mercado, la cultura popular y la cultura académica, incluso y por extraño que pueda parecer, una parte del feminismo. El objetivo de estas posiciones pilota sobre la idea de que la pornografía es no sólo inevitable sino una parte de lo que la filosofía denominaría “la vida buena”, un avance para la humanidad. En concreto, la pornificación se centra en convencer a las mujeres, y sobre todo a las jóvenes, especialmente a las heterosexuales, de que su vida personal, amorosa e incluso laboral mejora notablemente al abrir las puertas a la pornografía en la vida cotidiana. Y bien  irracionales serían si no se plantearan aceptar lo irremediable—que los hombres siempre ven y verán porno—y sacarle los beneficios correspondientes, incluso vivir de sus cuerpos o su “capital erótico”.

Esta reacción, bajo la apariencia de posmodernidad y empoderamiento individual vuelve a colocar a las mujeres en el sólido imaginario patriarcal: cuerpos bien preparados y disciplinados al servicio del placer de los otros.

Nuestro artículo plantea este estado de cosas como parte de una reacción patriarcal y neoliberal contra los valores de una sociedad más igualitaria y humanista que estaban calando de forma lenta pero eficaz en el espíritu internacional. Un espíritu,  ligado a la necesidad de cambios estructurales en economía, política y educación. Un espíritu ligado a un movimiento feminista unido en una lucha sin cuartel contra la exclusión de las mujeres del Contrato Social que gobierna y define los límites de lo humano y lo político. De lo socialmente valioso y del sentido mismo de la vida. Esta reacción, bajo la apariencia de posmodernidad y empoderamiento individual vuelve a colocar a las mujeres en el sólido imaginario patriarcal: cuerpos bien preparados y disciplinados al servicio del placer de los otros. Eso sí, ahora lo hace bajo los  mantras  de la “libre elección” y del “sexo es vida”.

De este proceso, en el que la sexualidad se convierte en parte central  de la identidad personal, se siguen varias consecuencias. Una es la celebración de la conversión de la ciudadanía abstracta en identidades sexuales diversas como un claro avance social, difundiendo la idea de que toda diversidad es “buena” en sí misma y  neutralizando a priori una visión crítica de “lo que de hecho hay”. Otra es que en un contexto capitalista los sujetos emergen como propietarios de cuerpos y, en última instancia, como objetos troceados que pueden y deben circular por los mercados.

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