No soy madre

 

Una de las mejores cosas que tiene la enseñanza del español en Egipto es que cuando cuentas con alumnos que tienen un cierto nivel de conversación, pero aún no dominan del todo el vocabulario, obtienes respuestas directas, sin que ellos se sirvan del lenguaje para esconder sus pensamientos machistas.

El otro día pregunté a un alumno si él cocinaba en casa, y aunque sabía su respuesta con antelación, sus palabras me parecieron aún más interesantes. “Yo no soy madre” contestó rápidamente. No dijo adulto, no dijo mujer, no dijo que no sabía, respondió claramente que él no es madre.

¿Y por qué me pareció interesante? Porque responde perfectamente a esas situaciones micromachistas que podemos ver alrededor de todo el mundo y que, sin embargo, no admitimos como tales. Él daba por supuesto que en casa quién hace la comida es su madre, y que por tanto, cuando se case, esa misma tarea será llevada a cabo por otra madre, la de sus hijos en este caso. Su respuesta fue sincera, no titubeó y no mostró ninguna sensación de culpabilidad, tenía muy clara la idea y sabía, o creía saber, que no era algo malo. Quise insistir por si había sido un lapsus en el lenguaje o por si acaso en ese mismo instante reflexionaba y me daba alguna otra respuesta. Entonces le pregunté:” ¿Y si tu madre se va de vacaciones?”, la respuesta fue aún más clara y contundente: “Yo compro algo en la calle” acompañada de una cara que me mostraba su incomprensión hacia mi insistencia y que dejaba claro que por muchas más preguntas que pudiera hacer, la cocina no era un terreno para él.

Él daba por supuesto que en casa quién hace la comida es su madre, y que por tanto, cuando se case, esa misma tarea será llevada a cabo por otra madre, la de sus hijos en este caso. Su respuesta fue sincera, no titubeó y no mostró ninguna sensación de culpabilidad.

Supongo que muchos al leer esta entrada pensarán aquello de “bueno, es que son países menos avanzados” o “su cultura es diferente”, en parte es verdad y en parte no. Al terminar la clase y camino de mi casa, recordaba otras dos situaciones similares con la cocina. La primera me recordó a mi infancia, una época de la que no hace mucho tiempo y que, por supuestos, se desarrolló en España. Recuerdo cuando mi madre salía de casa para cenar con sus amigas, ir al cine o acudir a algún curso o conferencia, y mi hermano y yo nos quedábamos en casa con mi padre. Ese día era una fiesta, los dos sabíamos que nos dejaría pedir comida a domicilio porque, por supuesto, no iba a entrar en la cocina.

La segunda anécdota, años más tarde, sucedió cuando me encontraba realizando mi beca Erasmus. En aquél entonces, casi llegando al año 2010 en un ambiente universitario y personas de “países desarrollados” recuerdo como uno de los compañeros nos contaba como en su casa cocinaba su madre, aunque el que realmente preparaba cosas deliciosas era su padre. ¿Por qué decía esto? Pues bien, mientras su madre tenía que cocinar a diario, realizar una dieta equilibrada, controlar las cosas que compraba cada día según el precio de los alimentos de temporada… su padre se limitaba a cocinar un domingo al mes, en alguna ocasión especial o cuando le apetecía. Cuando llegaba ese momento no dudaba en preparar platos con los alimentos que le apeteciera, independientemente de su precio o lo que afectaran a la salud.

El trabajo diario de su madre quedaba relegado a algo normal, una cosa habitual que ella debía realizar y por la cual no obtenía ningún reconocimiento, mientras que su padre por una simple ocasión, recibía todo tipo de elogios y aplausos.

De nuevo, el trabajo diario de su madre quedaba relegado a algo normal, una cosa habitual que ella debía realizar y por la cual no obtenía ningún reconocimiento, mientras que su padre por una simple ocasión, recibía todo tipo de elogios y aplausos. Por último, son las madres (tías, abuelas, amigas…) las que durante las fiestas de navidad realizan la mayor parte del trabajo cuando llegan los momentos de cocinar para toda la familia, mientras niños, niñas, adultos y mayores ríen, festejan o ven el programa de turno.

Por eso es tan importante el feminismo. Porque yo no quiero que mi compañera sea la encargada de realizar esas tareas mientras yo recibo los aplausos por “cocinar” una buena barbacoa, porque los niños no deben crecer con la imagen de su padre llamando a restaurantes de comida rápida en lugar de cocinar, porque el trabajo, esfuerzo y sacrificio diario debe ser más importante que un “buen día de inspiración”. Porque la igualdad la conseguimos con educación, en la escuela, en casa, en la universidad… y sólo gracias a eso todos y todas disfrutaremos de una sociedad más equilibrada.

 

 

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